27 julio, 2021

¡QUE HERMOSO ES EL MILAGRO DEL TOREO CUANDO BRILLA CON LA INTENSIDAD DEL SOL!.

ARRASTRE LENTO… Al tomar la punta de la carretera iba abstraído en un mundo de ideas pues llevaba prendida la emoción. Así de grande era mi interés por ver a Diego Ventura. ¡Había que verlo de cerca, y a como diera lugar! Y al calor de las prisas ya estábamos en el camino rodando rumbo a donde las campañas tañen dejando en el alma el eco lejano y solitario de la campiña.

ARRASTRE LENTO… Al tomar la punta de la carretera iba abstraído en un mundo de ideas pues llevaba prendida la emoción. Así de grande era mi interés por ver a Diego Ventura. ¡Había que verlo de cerca, y a como diera lugar! Y al calor de las prisas ya estábamos en el camino rodando rumbo a donde las campañas tañen dejando en el alma el eco lejano y solitario de la campiña.
Manolo Ayala, conductor de la camioneta, al santiguarse y poner en manos de la Providencia el destino del vehículo y sus ocupantes, garantizó que, como respuesta al acto piadoso, misterio de fe, a nuestro lado iría de compañera, presta a hacernos el quite en caso necesario, la protección celeste.
Como suele suceder en los mementos de apremio, parecía que nos llamaba la prisa y el nervio. Fue a eso de las diez de la mañana que emprendimos el viaje a Juchipila el pasado jueves. De ida, de la mano de la excitante inquietud que provoca la esperanza no resuelta y el ajetreo que se desdibuja en las curvas del asfalto y su alarma de riesgo, alternaron los fecundos silencios con el revuelo encendido de las alas de la imaginación. Llegamos a donde todo era silencio, pero que los toros lo inundaron de bullicio. Y el color musical había desplazado a la monotonía cromática de todos los días. Era día de fiesta. El rumor expectante aludía al fenomenal torero a caballo al que había que ver.
De regreso, borrados los colores en la ausencia de la claridad del día, y guiados por la intensidad de la luna llena que se derramaba en lo alto con su carácter fantasmal y su manto de optimista melancolía, fueron las siluetas de las sombras preñadas de revelaciones las que, al ritmo del cante y el flamenco, me hicieron sentir que el viaje había valido la pena. Las galas que había visto en el ruedo valieron un cardenal.
Qué agradable sentimiento se experimenta abandonar una plaza de toros viendo a los diestros retirarse al hotel respirando con la amplitud pectoral de las tardes de triunfo. ¡Y qué bien ha estado el excelente rejoneador Ventura! No le importó la poca o nula nombradía de la plaza para esmerarse como todo un profesional, y tan se esmeró que el concierto que brindó fue digno de las galas de cualquier palacio dedicado a un arte mayor.
Para fortuna de la animada concurrencia, y de los propios toreros, proporciones guardadas, igual suerte corrieron Téllez y Antonio García “El Chihuahua”. Viendo el entusiasta desempeño de estos jóvenes que, desbordada su afición, caen en trances de poca pulcritud y aparente torpeza, es cuando uno entiende que no es el toro el que coge y prende a los diestros, sino que es el torero el que, con su arrebato y ansia, se deja prender. En suma, aunado el esfuerzo de los actores a la complicidad de los astados de Puerta Grande, qué tarde tan agradable vivimos en Juchipila. Se van a necesitar muchos vientos para que barra el olvido la triunfal presentación de Diego Ventura en esa miniatura de pueblo escondido con fragancia a serranía, olor a milpa y a monte, y sabor a fruta silvestre.
Son las tardes en las que el triunfo con amistosa violencia reparte dulzuras para los ánimos fatigados por la hosquedad polvorienta de los campos y la aspereza callejera de la provincia con alardes de vejez. Tardes en las que los aficionados construimos castillos de ilusiones pues ya tenemos la disposición para ver de nuevo a Diego Ventura y a seguir muy de cerca el evidente crecimiento de dos profesionales con hambre de gloria: Téllez y “El Chihuahua”.

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