24 julio, 2021

QUE ESTUVE LLORANDO… NO PUEDO NEGARLO. CÓMO NO HACERLO CUANDO DUELE EL CORAZÓN.

ARRASTRE LENTO… En la turbulencia del inesperado despertar alenté la esperanza que fuera el final de la pesadilla de un tormentoso sueño. Algo me decía que mis afanes eran totalmente infructuosos pues en estos momentos la vida no estaba facultada para mentir. Era realidad.

ARRASTRE LENTO… En la turbulencia del inesperado despertar alenté la esperanza que fuera el final de la pesadilla de un tormentoso sueño. Algo me decía que mis afanes eran totalmente infructuosos pues en estos momentos la vida no estaba facultada para mentir. Era realidad.
Enojado, sumido en un desconcierto total, embriagado de dolor, y aturdido por la sorpresa, desafiante me planto ante la prosa despiadada del misterio inexplicable de la muerte para preguntarle el porqué de su traicionero proceder.
¡Responde hechicera satánica, bruja maldita! ¿Por qué obras con tal saña y traición?
Fue el timbre del celular el que me despertó ayer lunes; en la somnolencia, advertida la gravedad del caso, me puso en alerta. ¡Hey tú! dormilón que acabas de ver el sol por primera vez en el día, escucha bien lo que te voy a decir… y en el susurro de su palabra de carbón terminé reconociendo que hay ocasiones en las que, ¡cómo duele el corazón!
Si bien la expresión corresponde a la esfera de lo imaginario, es bastante para dar una idea del sentimiento real que ocasiona el dolor encendido. Desperté para recibir de golpe la noticia que me hizo flaquear al grado de no poder contener los cristales del alma vertidos en silenciosas perlas que sobresalían sobre mi demacrada palidez. Y en el recogimiento de la oración estuve llorando, no voy a negarlo. Cómo no hacerlo… ¡cuando duele el corazón!
Uno cree que, como al corazón no le afectan las cosas externas, es el alma la que registra los dolores íntimos que enturbian el ánimo: alma traicionera que no sabe guardar la fiel compostura del hielo cuando ella se siente de acero. Que estuve llorando, no voy a negarlo. Cómo no hacerlo… ¡cuando duele el corazón!
Y es que hasta el ama más vigorosa reciente cuando hay pérdidas que al asumir materialmente el carácter de lo irreparable se las extraña, se las evoca y se las recuerda con un amargo tufo de dolor encendido. Que estuve llorando, no voy a negarlo. Cómo no hacerlo… ¡cuando duele el corazón!
Nos duele el corazón a quienes con el alma sorprendida vemos que el cuerpo de un amigo tan sólo queda en las guarniciones de cristal que se desliza sobre el rostro del recuerdo imborrable. Cómo no conmocionarse cuando en veloz y apresurada fuga el hermano torero sin decir adiós se fue para siempre. Que estuve llorando, no voy a negarlo. Cómo no hacerlo… ¡cuando duele el corazón!
Que estuve llorando… el rostro me delata. Las guarniciones de cristal, lágrimas endurecidas por la violencia sorpresiva del trance conocido que permanecen sobre las mejillas me impiden negarlo.
Con el corazón abatido, y sofocado el llanto, no puedo más que recordar a José María Luévano dándole el pecho al toro para vencer a la muerte y clamar en júbilo el prodigio de la vida. Así lo conocí, y así le admiré, creando la reciedumbre de su arte torero, portento que le ganó el respeto y el cariño de la afición que le conoció y admiró. De él aprendí que, así me lo dijo alguna vez en un tentadero, no es bueno darle la espalda a la realidad a pesar de que haya cosas en la vida que hacen a uno asombrarse con estremecimiento y dolor.
Que estuve llorando… no voy a negarlo. Cómo no hacerlo… ¡cuando duele el corazón!.

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