CON EL ADIÓS A UN TORERO FASCINANTEMENTE POLÉMICO Y CONTROVERSIAL NACE LA LEYENDA.

ARRASTRE LENTO… El domingo pasado la afición mexicana se encontró en la plaza México, acaso sin opción a que la oportunidad se repita, ante el último torero mexicano con percha literaria. La inspiración bohemia del torero cuya singularidad está fuera de toda sospecha de artificialidad necesitará del soplo de muchos vientos para que sea barrida de la memoria de los taurinos que gustan embelesarse con la fascinación del gesto y del alarde viejo y romántico.
Desde luego que “El Pana” en su última etapa como profesional ejerció un incuestionable magnetismo para los curiosos y entendidos. Ambos, sorprendidos por la auténtica teatralidad del personaje, fueron convocados por el eco prodigioso del romance antiguo, argumento que le dio al diestro de Apizaco una imagen evocadora de un pasado en el que no existía división entre la prosa y la poesía torera.
Algunos dijeron que se trataba de un loco, otros lo miraron como un genio. Lo cierto es que Rodolfo, dicho sea con carácter de certeza, convertido en gran celebridad de la historia del toreo mexicano, pronto asumirá el papel de un celebrado personaje literario, y su vida será un eje transversal de algún cuento, de alguna novela, de alguna historia no solamente reveladora, sino hasta inspiradora.
Y vaya que si hay motivos para que “El Pana” trascienda las fronteras de nuestro entorno sin sospechas de ilegalidad. Su manera de protestar con ejemplar brío y sin miramientos por la actitud marginal hacia él de los empresarios le construyó el elevador hacia una leyenda tan incomprendida como orgullosamente mexicana. Al llegar a la cima de la popularidad demostró que su existencia no fue una estéril sobrevivencia con tufo de fantasía.
Pues sí, se va un declamador bohemio diferente, capaz de interpretar con prosa fresca el sabor viejo del toreo. Con pañuelos blancos en agitada ceremonia la afición de México le dice adiós a una personalidad que no estando aprisionada en las escalas de pesos y medidas se convirtió en el rostro ya olvidado del romanticismo en la Fiesta de toros mexicana. Ni hablar: así es la vida.
Y será con el tiempo cuando, notada su ausencia, comprenderemos que las excepciones son rarezas que por su natural consumo se agotan con inusual prontitud, y le echaremos de menos. Y sentiremos el vacío que deja, y estaremos ante los espejos rotos donde el mundo del toreo se mira destrozado en fragmentos que nunca se volverán a unir.
Ni hablar: así es la vida. Y con cierto pesar los aficionados mexicanos le dicen adiós al sueño inconcluso –puesto que no arribó al sitial de figurón que pudo haber sido- de “El Pana”. Lo bueno es que, al hacerlo, y dejar el vacío, las voces del toreo llaman a la juventud.
¿Soñar despierto puede ser síntoma de buena salud? Por lo menos es señal de que las aspiraciones están vivas. Lo cierto es que por el aire anda la fantasía de los taurinos soñando con que Rodolfo Rodríguez pueda hacer que, al conjuro de su nombre, la atmósfera se eclipse saturada con los pañuelos blancos que, en honor y despedida, le agradecen al diestro que, dotado con esos matices mágicos que la obsequiosa naturaleza le otorgó, su paso por el toreo le haya dado vida a la Fiesta mexicana.

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