24 julio, 2021

¿TENDRÁ ALGO DE MALO QUE LOS TOREROS ESPAÑOLES SE ENAMOREN DEL TORO MEXICANO.

ARRASTRE LENTO… -¿Las leíste?, me cuestionó mi compadre –ah, mi compadre del alma-.
-¡No sé a qué te refieres!, respondí intrigado por el giro que tomaría la charla. Claro, ya estábamos en el merendero de costumbre, allí donde René atiende de maravilla, degustando el recio sabor del vino de la casa. -“A las declaraciones de Alejandro Talavante”, respondió.

ARRASTRE LENTO… -¿Las leíste?, me cuestionó mi compadre –ah, mi compadre del alma-.
-¡No sé a qué te refieres!, respondí intrigado por el giro que tomaría la charla. Claro, ya estábamos en el merendero de costumbre, allí donde René atiende de maravilla, degustando el recio sabor del vino de la casa. -“A las declaraciones de Alejandro Talavante”, respondió.
El lector sabrá que el torero español, luego de haber saboreado la miel del toro mexicano, se declara impresionado por sus características, y así lo ha manifestado.
-Sí, afirmé. Me parece normal que los españoles se sientan a gusto lidiando lo que deja al torero recrearse en sí mismo, liberarse de la angustia tormentosa, e inspirarse hasta los límites del abandono. ¿Qué tiene de malo que así sea?
No acababa de expresarme cuando mi compadre, ah, mi compadre del alma, empezó con su cantaleta que, no por repetida, en ciertos aspectos deja de tener sentido y razón.
-“Para los aficionados que tienen tiempo asistiendo a los toros, vamos a decir cuarenta años, no es ninguna novedad lo que hoy ocurre. El torear con un ritmo inclinado a la lentitud ha sido una característica muy mexicana desde el siglo pasado, lo que me perece curiosos, decía mi compadre, es la manera como ven ahora al toro”.
-¿Qué quieres decir compadre?, inquirí con precipitada curiosidad.
-“Digo tan sólo lo que se ve: los españoles y los mexicanos felices con el toro actual pese a que lo consideren una novedad. Es una novedad sólo para los que no se atrevieron a sospechar hace unos lustros que el placer de torear bonito, con ritmo y cadencia de adormecido vals, a un animal que fue seleccionado por su docilidad temperamental y superior estilo, y cuya bravura junto con su vigor aparente se desploma con el roce de la puya, degeneraría en su más aguda expresión ante el pasmo sorprendido e indolente de los aficionados acostumbrados a la vibración del drama y la tragedia, esa que se pinta con tinta sangre, y que excita, hirviéndola, a la pasión por más serena que fuera”.
-Los tiempos cambian compadre, apunté en son de paz, y me parece justo que ahora el toreo más humanizado se perfile a la estética y al sentimiento, claro, siempre y cuando no se pierda el brío de la reciedumbre y el carácter.
Mi compadre, orgulloso de su lealtad al espíritu de los grandes conquistadores del toreo de la primera mitad del siglo pasado, de los que todavía canta su gloria y esplendor, luego de observar el panorama con la amplitud y visión de un experto, más raudo que un recorte en apuro me interrumpió para continuar con su elocuencia.
-“Lo que no quieren ver los aficionados que toleraron los excesos son las catastróficas consecuencias que esa degeneración trajo”.
¿Cómo cuáles compadre?, pregunté.
-“Compadre, hay que tenerle cuidado a los borrachitos de volantín. Le dan tantas vueltas al giro que al rato ya andan mareados, tal y como andan los aficionados modernos con las maravillas que hoy los deslumbran. Te haces compadre, sentenció con vigoroso énfasis, si bien sabes que esa degeneración trajo la multiplicación de la monotonía y la repetición igualada, siendo lo peor que ha sido dentro de un contexto en la que la ausencia de liderazgo es notable”.

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