24 julio, 2021

DÉCIMO CUARTA CORRIDA DE LA TEMPORADA DE LA PLAZA DE TOROS MÉXICO. SEXAGÉSIMO QUINTO ANIVERSARIO DE LA PLAZA MÁS GRANDE DEL MUNDO.

Toros infumables, El Zapata en torero grande, y Castella desoreja al de regalo.
Sábado 5 de febrero del 2011… Toros: Seis de Teófilo Gómez, segundo, tercero, cuarto, quinto, sexto y séptimo. El sexto, segundo de Ponce, fue devuelto por falta de trapío. El tercero y el séptimo tuvieron algo de presencia, los otros eran vergonzosos. Dos de Julio Delgado, primero y octavo: anovillados, feos, débiles y sosos.

Toros infumables, El Zapata en torero grande, y Castella desoreja al de regalo.
Sábado 5 de febrero del 2011… Toros: Seis de Teófilo Gómez, segundo, tercero, cuarto, quinto, sexto y séptimo. El sexto, segundo de Ponce, fue devuelto por falta de trapío. El tercero y el séptimo tuvieron algo de presencia, los otros eran vergonzosos. Dos de Julio Delgado, primero y octavo: anovillados, feos, débiles y sosos.
Dos de Garfias, sexto bis y el segundo de regalo. Al onceno le dieron arrastre lento, el otro fue una burla. Uno de Campo Real, primer toro de regalo, o sea, el noveno lidiado y el décimo en salir al ruedo: un novillote indigno.
Toreros: Eulalio López “Zotoluco”, mató al que abrió plaza de entera caída: silencio y pitos al toro. Al quinto lo despachó de media tendida y trasera: silencio y pitos al toro.
Enrique Ponce, un pinchazo y buena entera en el segundo: oreja protestada y palmas (?) al toro. Al sexto bis lo mató de entera habilidosa: silencio. Regaló uno al que liquidó de entera caída y trasera, le cortó una oreja sumamente caritativa.
Uriel Moreno “El Zapata”, al tercero lo mató de media trasera en buen sitio y un golpe de descabello: aviso, oreja y división. Al séptimo lo pasaportó de dos pinchazos, casi media estocada y dos golpes con la corta: silencio.
Sebastián Castella, al primero de su lote le recetó un pinchazo y un golpe de verduguillo: pitos a ambos. A su segundo le endilgó una pavorosa estocada a paso de banderillas: silencio. Al último del festejo se lo quitó de enfrente con media a la media vuelta: dos orejas.
La plaza México festejó su LXV aniversario con un lleno impresionante, todo el numerado y tres cuartas partes de general, unas cuarenta mil personas. Y todo para presenciar un maratónico festejo donde no hubo toros y sólo un torero que pudo lucirse con verdad: El Zapata.
El torero de Tlaxcala recibió al tercero de la tarde con espaldinas y tafalleras en tablas. Llevó al destartalado animal de Teófilo Gómez al caballo con templados mandiles para luego coger los palos. Con dos pares en las manos se fue a los medios y combinó el par Monumental con un quiebro al violín. Eso le valió dar la vuelta al ruedo entre el júbilo popular antes de cerrar el segundo tercio. El tercer par consistió en un recorte elegante y peligroso en tablas y un colosal sesgo por fuera. Brindó al cónclave y nos puso los pelos de punta con el pase del imposible en los medios, seguido de un cambiado por la espalda y un gran pase de pecho. Uriel venía a refrendar su categoría de torero grande y lo logró. Sin embargo, fue una tristeza ver cómo el burel se apagaba después de un par de templadas tandas al derechazo. Cortó una oreja que paseó entre los aplausos de la mayoría, sólo algunos malinchistas absurdos se atrevieron a pitar.
Con el segundo de su lote, El Zapata estuvo aun más fabuloso en los dos primeros tercios. Recibió al toro con tres medias largas afaroladas de hinojos en tablas, que fueron un compendio de clase (cosa difícil con ese lance) y valor. Ya de pie nos regaló una larga cordobesa total, seca y pura. Quitó por chicuelinas modernas, pasándose al astado en la faja; hasta ahí parecía que el de Teófilo iba a llegar con algo más de motor que sus hermanos a la muleta.
Con las jaras, Uriel volvió a dar cátedra y a poner a la gente de pie. Hubo quiebros, pares al violín, por dentro, de poder a poder, recortes, y desplantes de dominio absoluto. Con el público al rojo vivo, Zapata se colocó en tablas e instrumentó de nueva cuenta el pase creación de Antonio Campos “El Imposible”. Sólo era cuestión de que el cornúpeto aguantara con algo de raza dos docenas de muletazos, pero no, era como pedirle peras al proverbial olmo. Después de que El Zapata le obligó a embestir en dos tandas de mano bajísima, el rumiante se desfondó como una bolsa de papel mojada; terminó rebrincao y manseando, vendiendo cara su muerte.
Inexplicablemente, nadie se acordó de aplaudir a uno de los mejores toreros que ha dado este pobre país en décadas, ni siquiera para que saludara en el tercio. Quizá el populacho quería pasar ya a la parte bufa del espectáculo, al torito de regalo de don Enrique el de Chiva y a los afrancesados telones de Castella, o simplemente el respetable sólo reacciona cuando regalan orejillas desde el biombo.
Pasemos a reseñar brevemente lo hecho por El Zotoluco. Su primero, el que inauguró el magno acontecimiento, fue del inefable y pundonoroso ganadero Julio Delgado: un refrigerador con cuernos, con esa movilidad y esa casta que caracterizan a los muebles y a los aparatos electrodomésticos de buen tamaño. Eulalio porfió hasta aburrirse y aburrir, punto.
La cosa no mejoró con el segundo de su lote. Zotoluco estuvo bien, muy bien, pero ¿para qué? La vaca lechera con cuernos, ahora procedente de las bravas dehesas queretanas de legendario Teófilo Gómez López, nos hizo reflexionar sobre lo lento que puede ser el paso del tiempo: una faena de diez minutos pareció durar lustros.
Es hora de abrir un pequeño paréntesis. Quizá usted, avezado lector, haya examinado la ficha del festejo y con sorpresa se hay enterado de que, pese a lo que pregonaban los carteles, sólo se lidiaron dos toros (si me permite el eufemismo) de Julio Delgado y seis de Teófilo Gómez, no cuatro y cuatro. ¿A qué obedeció esa infracción al reglamento? ¿A los caprichos de Ponce y Castella? Quizá…
Bueno, Ponce estuvo empeñado en demostrar que a él no le importa que le protesten a sus becerros en La México. Sabe que con un lance pinturero perpetrado con su kilométrica manta zamorana, o con un pase elegante pergeñado con su enorme mantel, la gente le perdona todo. Y así fue la cosa, con un toro devuelto, uno de regalo y dos orejitas ratoneras.
Castella estuvo en figurita displicente toda la tarde, pero tuvo la enorme fortuna de regalar un animal de Garfias que fue aun más noble que el de Juli el domingo pasado. Sebastián se hartó de pegar medios pases. Eso sí, con gran temple. Luego buscó un indulto fantasma que no consiguió, y mató con eficacia. Dos orejas para que la gente se fuera, sonámbula, engañada y feliz, a casa.
Terminemos la crónica con este bonito verso, sacado del Diccionario de Términos Taurinos de Luis Nieto:
“Dos aficionados duchos
dicen leyendo el programa:
-¡Que haya ocho toros me escama!
-¡Y por qué!- Porque son muchos.”
Y once son un martirio que ningún ser humano debe sufrir.

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