2 agosto, 2021

EN OTRA TARDE LARGA Y POCO MEMORABLE, EL PAYO Y SALDÍVAR DEMUESTRAN TORERÍA.

Segunda corrida de aniversario, décimo quinta de la temporada de la Plaza de toros México.
Lunes 7 de febrero del 2011. Toros: Dos de Garfias para rejones, buenos, nobles y embestidores.
Siete de Barralva, chicos, poco armados, mansos y feos, con excepción del cuarto, que tenía edad y algo de casta.

Segunda corrida de aniversario, décimo quinta de la temporada de la Plaza de toros México.
Lunes 7 de febrero del 2011. Toros: Dos de Garfias para rejones, buenos, nobles y embestidores.
Siete de Barralva, chicos, poco armados, mansos y feos, con excepción del cuarto, que tenía edad y algo de casta.
Toreros: Miguel Ángel Perera, en el segundo de la tarde, un pinchazo en lo alto; un pinchazo en el chaleco, un metisaca, un aviso, otros dos pinchazos, otro metisaca, otro aviso y un golpe de descabello: pitos fuertes. En el sexto, espadazo en sedal que asomó por la paletilla izquierda del pobre bicho, y entera caída y trasera: palmas al toro y pitos para el torero. Regaló un noveno ejemplar de Barralva, al que liquidó con muchos trabajos: metisaca en los blandos, cuatro pinchazos, aviso y entera. La gente le ovacionó en el tercio.
Octavio García “El Payo”, al segundo de la lidia ordinaria lo mató de entera en buen sitio: oreja que algunos le protestaron. Al segundo de su lote lo despachó con una entera. El bicho se amorcillo y dobló tiempo después, le tocaron un aviso y dio una vuelta al ruedo con división de opiniones.
Arturo Saldívar: al tercero del festejo le pegó un pinchazo y una entera. Hubo petición de oreja que no fue acatada y salió al tercio con mucha fuerza. Al octavo de la tarde le despenó de pinchazo y estocada ligeramente caída: pitos al toro y silencio para el diestro.
Diego Ventura: en su primero, bajonazo artero que atravesó, palmas al toro y a él. Al quinto le cortó dos orejas sumamente benévolas e inmerecidas después de colocar un rejón de muerte caído y a medio lomo.
En otra tarde larga como un día en canoa, ante un lleno en numerado y algo de gente en general –unas 30,000 personas-, el toreo serio corrió a cargo de los dos mexicanos: El Payo y Arturo Saldívar; Perera le hizo una gran faena al consabido becerro de regalo, y Ventura demostró que ha llegado al límite de lo circense y de la soberbia. No hubo toros bravos, aunque el tercero de Barralva tenía mucho que lidiarle. Pero, vamos por partes.
Ventura estuvo toreando a la grupa, toreando al público, arrojando el sombrero con fruición, ordenándole a sus caballos que se dejaran coger y obligando al pobre “Morante” a que mordiera al toro. Todo normal, en una demostración más de que este señor portugués desconoce la clase y el arte de Marialva. Nada más le cuento que a su segundo le recibió, según él, a porta gayola y le clavó un enorme rejón de castigo en las vértebras lumbares, lo que no obstó para que cosechara ovaciones mil de los badulaques. Está visto que, como reza el adagio popular, el que no conoce a Dios a cualquier barbón se le hinca.
Perera estuvo mal en sus dos primeros “enemigos”, matando fatal e intentando vender la quietud y la suavidad en porfías dignas de mejor causa. Regaló una novena sabandijita, con la que deleitó al respetable con grandes muletazos tentando de luces. Lástima que encogió el brazo y se perfiló de continuo fuera de cacho.
El Payo volvió por sus fueros, demostrando que lo de la semana pasada fue un desliz. A su primero, un toro grandón con algo de casta, le pudo a base de conocimiento y aguante.
Sobresalieron los cambios de manos por delante y las dosantinas. La oreja no es discutible si tomamos en cuenta la petición y los despropósitos auriculares de tardes anteriores para con los espadas peninsulares.
En el séptimo de la tarde/noche, Octavio estuvo asentado y largo, codilleando para lucir más, en tandas de cuatro y hasta cinco derechazos ligados y templados. Pero el animalito noblón se negó a doblar con rapidez y la gente –siempre atenta y enterada en estos festejos de postín- se olvidó pronto de lo hecho por el diestro queretano.
Arturo Saldívar, la joven promesa de Aguascalientes, demostró hambre y torería. Al cuarto de la tarde lo recibió con enormes medias largas afaroladas de rodillas. El toro era encastado en manso y, obviamente, complicado. Arturo se fajó con él y haciendo gala de pundonor logró espectaculares naturales tragando lo suyo. Hubo una dosantina muy a tiempo y ceñidísima, y un doble ¡Olé! que acompañó a un muletazo invertido con la derecha. En un momento dado, remató una tanda con un pase de pecho rodilla en tierra, algo que nos habla de que el muchacho gusta del toreo verdad. Abrochó el trasteo con manoletinas ajustadas y reminiscentes de cierto añorado monstruo de Galapagar. Aquí, el juez Gilberto Ruiz Torres, tan dadivoso con el del caballito, se apretó absurdamente los machos y el pañuelo, y no concedió una oreja que valía más que las de, por poner tres ejemplos, Ponce, Capeíta y Castella.
Ya en el octavo, el que misericordiosamente debía haber marcado el fin de estas “corridas” de aniversario, Saldívar no logró gran cosa, pues el animalito de Barralva parecía uno de esos bichos decimonónicos: secos, disecados y muy tristes. Y así, ni el mismísimo Mazzantini.
¿Cómo ha llegado la Fiesta en México a estos extremos de ramplonería, chabacanería y embustes, en donde los toreros mexicanos con hambre de gloria piden toros bravos y las figuritas extranjeras –con la anuencia de la empresa y las autoridades- imponen novillos indignos? Pues muy sencillamente, como decía don Ernesto Hemingway: gradual y luego súbitamente.

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