¡ADIOS BARCELONA!

ARRASTRE LENTO… La del domingo pasado fue una noche que nunca olvidaré. Noche clara, lunera. Me parecía verla dichosa, tan dichosa como cuando el hombre ignora el temeroso día en el que al ser amado se deposita en la fosa fría. ¡Requiescat in pace!
La noche, comprendiendo la llama de mis dolores, me dejó sentir la suave caricia del viento mojado con chispitas de la tormenta que se fue pues, como torero apenado, no quería mostrar su rostro salpicado de llanto. Al mirar a manto nocturnal descubrí que, entre nubarrones rotos, andaba la luna de cuarto creciente como jugando a las escondidas. Pero no quería que nadie se diera cuenta que… también lloraba. No querían que yo las viera con el manto de tristeza sobre sus hombros. Ellas, la noche y la luna, se condolían del triste episodio de la tarde: ¡Requiescat in pace!
No pude definir si había luz en las gotas que tímidamente rociaban la noche, o si había chispitas de tristeza en la luz que no se pudo encender más allá de la fugaz luminosidad de las luciérnagas.
Todo me parecía un paisaje de lamento. Las sombras oscuras, caprichosas y extravagantes como sombras gitanas, se alargaban ridículamente para contraerse luego como las imágenes de los chiquillos despreocupados frente a los espejos mentirosos de los grandes aparadores de la ciudad que, pese a contemplarme vagabundear, nunca sospechó el fondo de mi lamento. Si, fue una noche en la que la luna en cuarto creciente jugaba a las escondidas, las sombras móviles, torcidas, como espasmos de sueño, me hicieron sentirla pesada, tan pesada como si unos lazos invisibles me ligaran a ella entregado al desconcierto.
Me esforcé por desechar las negras divagaciones, pero me fue inútil. El violento impacto que causaron a mi azorada sensibilidad las imágenes que, vistas por la televisión, me hablaban de un conmocionado diestro que entre lágrimas se aferraba al abrazo simbólico de los espectadores que habían bajado al ruedo. Era el catalán Serafín Marín tomando entre sus manos las dos últimas orejas que, cortadas al toro Duda-Alegre, fueron el epílogo triunfal de la tarde que clausuró la historia taurina de Barcelona.
La del domingo pasado fue una noche que nunca olvidaré. Noche clara, lunera. Me parecía verla dichosa, tan dichosa como cuando el hombre ignora el temeroso día en el que a ser amado se deposita en la fosa fría. ¡Requiescat in pace!
Con la sangre hirviente no podía tolerar que, dibujado el cuadro en la imaginación, las copas de otros chocaran celebrando el triunfo de la sinrazón catalana. Y sentí remordimiento por lo que pude haber hecho y no hice para evitar el cataclismo que hoy se desprende cual alud de la montaña de la cerrazón. Contemplando las sombras de tan tormentosa noche del domingo pasado y, vagando por las calles solitarias de mi ciudad, forcejeaba mi espíritu contra las nubes y las sombras que, ciñendo mi inteligencia, ahogaban mi alma.
Lo cierto es que, vaya noche la del domingo. En ella me sentí, viendo la sinrazón de Barcelona, como un ciego que va sin rumbo andando a tientas. Lo cierto es bajo el manto nocturnal de la noche del domingo, cuando los sentimientos encontrados se desbordaron por el requiescat barcelonés, las tempestades y tormentas de mi alma, aunque contenidas las lágrimas, ciego de rabia, y loco de desencanto, sentí vergüenza por no haber hecho lo que desde hace mucho debí hacer. Defender con el fuego de la pasión la intensa luminosidad del toreo.
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