25 julio, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

Pese a que no se ha registrado la presentación oficial con su respectivo reunido protocolario en el que se aprovecha para dar y recibir cortesías, se encuentra anotado en las agendas de los veterinarios el III Congreso Iberoamericano de Veterinarios Taurinos.
El evento, cuyo cartel se desenrollará con pompas el 8 de este incipiente mes, tendrá cabida del 2 al 5 de noviembre.

Pese a que no se ha registrado la presentación oficial con su respectivo reunido protocolario en el que se aprovecha para dar y recibir cortesías, se encuentra anotado en las agendas de los veterinarios el III Congreso Iberoamericano de Veterinarios Taurinos.
El evento, cuyo cartel se desenrollará con pompas el 8 de este incipiente mes, tendrá cabida del 2 al 5 de noviembre.
Con sede en la Posta Zootécnica de una institución que está convertida en estético objeto de presunción del gobierno estatal y no en un proyecto real para lanzar y reconocer el trabajo de sus propios profesionales, es decir, la UAA (Universidad Autónoma de Aguascalientes), y que es, por otro lado, de las más onerosas de México en tratándose de las de su tipo, día a día se tendrán ponencias y conferencias vertidas por personas con títulos que les avalan como elementos de rango científico.
La fecha de inicio solamente tiene en alianza un brindis de bienvenida; ya el 3 y hasta rematar la serie los oyentes podrán absorber conferencias diversas, despegando con “El acornear del toro como elemento para crear arte, como parámetro de selección y función zootécnica y como componente en la cinemática del trauma”. Y así, se irán desgajando otros temas interesantes sumamente como “La nutrición del toro y su repercusión durante la lidia”, hasta mesas redondas tal como “La situación actual y perspectivas de la ganadería de lidia en México”, que será más bien una “sala de adulaciones y dinámica de coba”, dado que se sentarán los dueños de divisas José Joaquín Marrón Cajiga, Francisco J. Guerra Estebanéz, Francisco Javier Santoyo Pérez, Manuel Ramírez de la Torre (Juez de plaza con que Bailleres cuenta en sus cosos de Aguascalientes) y el MVZ Rafael Antonio Gómez Moreno.
En fin, de cualquier modo es un soberano esfuerzo del albeitar Gerardo Segura Bernal, jefe de los servicios veterinarios de las plazas San Marcos y Monumental de la capital de las aguas termales, el haber logrado que este Congreso tenga como sede la ciudad que se autoproclama como la más taurina de México.
La posición que me ha dado mi hermana siendo veterinaria y mi trato de siempre con animales, hace que le tenga preferencias afectivas a esa legendaria y bicentenaria profesión que ahora en la fiesta brava ha ido conquistando terreno rico y, lo mejor, en beneficio de los aficionados que tienen el privilegio de gozar y ser remunerados satisfactoriamente por cosos que si respetan la intervención científica en el ganado como Madrid o Bilbao, verbigracia.
Atrás de cada veterinario competente está un “desgaste físico y mental” de cinco años, amén de un posgrado que exige de dos a tres, y su formación nunca llega al fin: “Lo que se sabe es una gota de agua, y lo que se ignora… el resto del océano”.
Aunque en México no se ha trasplantado en las instituciones educativas superiores la especialidad de la veterinaria taurina, para adquirir “cierta autoridad” en el ambiente complejo de la fiesta de toros es necesario que quien lo pretenda se oriente en ella desde que se es alumno. Esto reclama, primero que otro requisito, ser aficionado y amar al bovino de casta como a un imponente y especial ser vivo que es parte de la madre naturaleza, antes que pensarlo como un “simple animal” que es sacrificado en un ruedo y bajo el guión de un ancestral ritual emanado del hombre.
La intervención veterinaria en la fiesta no está limitada a la inspección ocular de los encierros a su llegada a las corraletas ni al examen postmortem de los mismos –cuyos resultados cuando son desfavorables a los “patrones” nunca o casi nunca son publicados, lamentablemente-, no, la labor de los profesionistas se inaugura en el mismo instante en que nace el becerro, y continúa con su desarrollo, alimentación, genética, reproducción, sanidad, manejo, comportamiento y todos los incisos que de cada uno de esas asignaturas se desgajen.
La figura del veterinario se ha ido compactando paulatinamente y quizás ya no esté lejos de acabar de consolidarse en ese campo; empero para el interés de los aficionados, el crecimiento de la fiesta, el fin de su labor y lo necesario para legitimarla, desgraciadamente su título es vejado, desairado, despreciado y denigrado a mero requisito en la planilla de la mano gubernamental.
En ese aspecto falta demasiado trabajo administrativo y legal por hacer a la comunidad veterinaria. Mejor que ser tomados hoy en la mayoría de las plazas mexicanas como un objeto que cubre el requisito, tiene la obligación con el sector científico, las instituciones de educación superior donde se formaron y por su puesto con los aficionados, de blindar su figura contra las lacayunas acciones de tipos que imponen camanduleramente por medio de los indigentes taurinos ayuntamientos como jueces, pero que en realidad son “mayordomos” que cuidan los intereses ventajosos de las empresas. El reglamento, previamente legislado conforme a derecho, deberá de conceder autoridad absoluta al veterinario para admitir o rechazar los encierros.
Quien debe aprobar o desaprobar a rajatabla, con preparación y autoridad legítima para ello, un encierro tiene que ser el veterinario.

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