LAS ESQUINAS Y APARADORES REPLETOS DE LOS CARTELES QUE ANUNCIAN LOS DOS FESTEJOS DE LAS TÉTRICAS CALAVERAS.

De nuevo el calendario comunitario se expresa puntual, y, atentos y obedientes, estamos bajo los escandalosos humores de la llamada festividad de las “calaveras”. Atmósfera vagamente mexicana: mito, fantasía, colorido, fanatismo.
Así las cosas, el folclore, en su pretensión de institucionalizar las más enraizadas prácticas populares, le ha concedido a la prosaica osamenta humana la gracia de inspirar un desbordado mercantilismo que raya en la más vana superficialidad.
Con el argumento de darle seguimiento cultural al legado del célebre Guadalupe Posada, las mentadas calacas con su humor macabro se quedan con el turno de alabar las sombras de la tradición. Las calaveras y el tétrico esqueleto, siendo símbolos tan viejos como el fanatismo del pueblo mexicano, dejan de ser sustancia filosófica para convertirse en arrebatado y peregrino producto del tiradero de un mercado.
Lo cierto es que la celebración de “Las Calaveras, al llegar arrasando con las ráfagas del viento de folclore, se vuelve pretexto para que los taurinos exijan –para esa fecha- cartel –o carteles- de postín a la empresa que, obediente, mas no sumisa, arma combinaciones para la complacencia de la amorfa y ambigua afición local.
Pero como faltan muchas horas para que con el habitual entusiasmo que nos caracteriza asistamos a la Monumental, los aficionados divagamos en torno a la constitución de las desdentadas y anti solemnes caricaturas que no experimentan la muerte, pero que nos sumergen en la sugerencia de su evocación lejana. Máxime que el “día de Muertos”, otra ruidosa celebración que no escatima alardes sonoros, estará en el intermedio de las dos corridas anunciadas.
“Calaveras”, “Muertos”, y toros… ¡vaya combinación! En el fondo hay un argumento que me da gusto ponderarlo con clamores de victoria. La Fiesta en Aguascalientes, aunque ya siente la vibración de la onda expansiva de la bomba que quiere matar al toreo en el planeta terrícola, está viva y –mejor todavía- contradiciendo el deseo de los enemigos mortales del toreo que creen ciegamente que ni para carbón de herradero habrá de servir el saldo del esqueleto de la Fiesta cuando ésta retoce en el armario de la eternidad.
¿Quiénes aplauden la realización de las dos corridas anunciadas para celebrarse, la primera, el último sábado de octubre, y, la segunda, el primer sábado de noviembre en la despampanante Monumental de Aguascalientes?
Los aficionados que teniendo una sensibilidad muy especial para detectar los signos del bueno toreo, se muestran sino indiferentes, como sujetos que tampoco le guardan retozona simpatía a las “calaveras” toda vez que a unos les resulta chocante el estridente borlote en torno a la osamenta de mentiras, en tanto que a otros les parecen elementos naturales de un cuadro de hilarante comicidad festinado con el brío de la popularidad. ¡Vaya que si son famosas las “calaveras” mexicanas!
Lo mejor es esperar el momento en el que el clarín suene y rasgue el aire el timbre del pasodoble para que la plaza se llene de misterio, un misterio que nada tiene que ver con las calaveras desdentadas no con los tétricos esqueletos que, al son de maracas, bailotean en descompuesto júbilo que a nadie atemoriza, ni a nadie enriquece como argumento filosofal.
Pues sí, dos cosas me dan gusto: la primera es volver a ver las esquinas y aparadores repletas de anuncios de corridas de toros a celebrarse, y la segunda, la que celebra con intensidad el triunfo del la Fiesta sobre los que quieren ver cadáver a tan maravillosa manifestación que, elevada a una categoría superior, y ponderada en el solar de la antimuerte, lo conozco como milagrosa revelación.
arrastrelento@gmail.com

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