28 julio, 2021

LA CULTA AFICION DE AGUASCALIENTES PRENDADA CON LOS COQUETOS RIZOS Y LOS OJOS NEGROS DE LA TAPATÍA.

ARRASTRE LENTO… Guadalajara, gramaticalmente femenina, obedeciendo puntual la norma del código de la más fina coquetería, como toda mujer, antes de cubrirse se adorna. Y engalanada para recibir al turismo deportivo, así se presenta a nuestros sentidos. Bella, regia, artísticamente orlada, dispuesta a la galantería, también se prepara para dar la bienvenida a los taurinos que quedarán pasmados con los rasgos y la compostura del rostro de la ciudad.

ARRASTRE LENTO… Guadalajara, gramaticalmente femenina, obedeciendo puntual la norma del código de la más fina coquetería, como toda mujer, antes de cubrirse se adorna. Y engalanada para recibir al turismo deportivo, así se presenta a nuestros sentidos. Bella, regia, artísticamente orlada, dispuesta a la galantería, también se prepara para dar la bienvenida a los taurinos que quedarán pasmados con los rasgos y la compostura del rostro de la ciudad.
Y aunque madura por la edad, conserva la fresca jovialidad de sus alegres primaveras rociadas con la fragancia de sus aromas que huelen a tradición. La “feria de octubre”, tradición con tufo de verbena y sus parrandas tapatías es un ícono simbólico en el toreo mexicano que, al tenerla presenta, despierta una sucesión de recuerdos que, cual hojas de rosas preservadas en el baúl de la memoria, se tornan reliquias de un viejo amor.
¡Cuántos recuerdos de lo pasado, cuantas escenas miro volver! Confieso que, no conociendo dicha más grande que la que siento con recordar, me remito a la desaparecida plaza El Progreso toda vez que, como golondrina, hice mi nido en las ruinas de su evocación. Qué dulce ilusión es revivir aquel pasado. Aún conservo el clavel que, dando la vuelta al ruedo, atrapé como se atrapan las alas sin polvo de las mariposas rumbo al caleidoscopio de la fantasía.
Lo cierto es que por arte de magia Guadalajara –bocanada de duendes- conserva el incienso que depura la religiosa devoción al toreo; de ahí que la nutrida feligresía taurina se sienta atrapado, sin poderse resistir, por los aires ambientales de la plaza que, tenida como la más exigente de México, eleva de categoría a los que triunfan en ella.
Lamentablemente ahogada la afición por las turbiedades de una economía volátil e impredecible, aunada al rubro de la seguridad, no será una extensa caravana automotriz la que haga el viaje de mi tierra Aguascalientes a la “Perla de Occidente” para ver al paisano Fabián Barba, hombre empecinado en creer que puede alcanzar el estrellato del toreo moderno, aún carente de grandes ídolos y personalidades nacionales. Le irán a ver quienes creen que su creer no es vano.
Y aunque el cartel, completado por El Conde y Antonio Barrera, en la cotización del prestigio luce modesto, quienes acudan hoy a los tendidos del coso monumental ya miran las visiones de su fantasía: miran a Barba salir a hombros del coso creando no una falsa apariencia, sino una rutilante realidad.
Por lo menos así lo he mirado: De ahí que, quienes quieran comprender lo que he mirado, que retenga en su mente mis visiones. En ellas sobresale, cual firme signo de Aguascalientes, la construcción de una obra torera que es envidia sana de muchos otros polos de taurinismo mexicano. Y es que, al respecto de Fabián, torero con sesgos de virtuosismo técnico deslumbrante, en el diseño de su arquitectura psicológica se trasluce su ideal conquistador. De ahí que, dicho cual jaculatorias piadosas, “ahí le va un gallo para su Feria”.
Que bella es Guadalajara. Y que seria su Fiesta de toros. Por eso, cuando suena el clarín, y rasga el aire el pasodoble, la plaza se llena de misteriosa y alegre solemnidad. ¡Suerte señores!
Yo, si por azares del destino no puede ocurrir a los festejos de la Feria, continuaré embelesado con el recuerdo, dejándome seducir por la fina coquetería de tan linda ciudad que, luciendo despampanante, y con frescor de primavera, retocó su rostro, y remodeló su figura. ¡Al toro que es una mona!

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