5 agosto, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

Cuando con autenticidad y enrazadamente un coterráneo en tierra muy ajena -lejana según la geografía, el concepto y visión del toreo- fragua reciamente diligencias bizarras, gallardas y sentidas, sellando con bronce los valores raciales e inmateriales del mexicanismo, entonces hierve la sangre, se calienta la carne, el corazón siente la pretensión de ser expulsado del cuerpo, el alma se hincha y los ojos se inundan y desbordan como cuando el mar no puede contenerse y a veces rebasa los límites que Dios le señaló.

Cuando con autenticidad y enrazadamente un coterráneo en tierra muy ajena -lejana según la geografía, el concepto y visión del toreo- fragua reciamente diligencias bizarras, gallardas y sentidas, sellando con bronce los valores raciales e inmateriales del mexicanismo, entonces hierve la sangre, se calienta la carne, el corazón siente la pretensión de ser expulsado del cuerpo, el alma se hincha y los ojos se inundan y desbordan como cuando el mar no puede contenerse y a veces rebasa los límites que Dios le señaló.
En tanto que en Aguascalientes se desgajan en tramposa publicidad tratando de crear un mito que sea beneficioso a un mediano grupo de la comunicación local que está haciendo empresa, como lo fue en la primera versión desatada el año anterior, chantajeando sentimentalmente por medio de una imagen religiosa –con la complacencia de un soberbio quien ha ambicionado la jerarquía de obispo y no lo ha logrado gracias a viejas rencillas presbiterianas-, y grupos políticos ladran “en defensa del bienestar animal”, ante lo que los mismos taurinos no hemos respondido (las encuestas nos llevan dos a uno…), en la España que ha tomado la recta final de esta campaña que quedará firmada como la de la “última” corrida en el coso barcelonés, han sucedido gratificantes hechos para el amenazado toreo azteca.
En un modesto coso de la provincia de Teruel, en el que sin embargo se apreció una decente presencia del ganado matado a estoque, un joven aspirante a figura fue herido en la zona del escroto y perineo; era el espigado jalisciense Arturo Saldívar, quien por un pasaje de inocencia taurina quedó a merced de la res la cual le empitonó y le trajo colgado del pitón por un tiempo angustioso y que pareció eterno. Cuando el de Zalduendo le soltó por fin, la taleguilla estaba deshecha y lacerada la carne del juncal espada que ya no tuvo la facultad para moverse, mucho menos incorporarse. Rápidamente sus colegas, así de oro como de plata, le llevaron a la aledaña finca que hace de enfermería. Ahí se le exploró de primera mano y se declaró que la cornada era de 20 a 30 centímetros de extensión y, después de otras explicaciones técnicas, se etiquetó como de grave.
Mientras tanto en el eje del toreo mundial, La Monumental del barrio de Las Ventas en la capital ibérica, se estaba desarrollando una corrida, la de la Hispanidad, con un cartel más bien modesto. Como corrida externa al episodio alto, la entrada al bello inmueble de estilo mudéjar fue escasa, quizás de más de un cuarto. Ello no enchuecó los lineamientos que la empresa tiene para la organización de sus festejos y en el departamento de toriles estaban cinco torazos imponentes del hierro de Valdefresno y uno de Fraile Mazas.
Con el objeto de ratificar su investidura en rango de doctor en tauromaquia, Fermín Spinola se apersonó en el tercio y fue entonces que Carlos Escolar “Frascuelo” ante la persona testificante de Andrés Palacios, le cedió la lidia y muerte del primer burel de la función. El quehacer del mexicano tuvo el decoro del educado cumplido; empalado sin percusiones que llorar, se desempeñó hacendosamente para granjearse manifestaciones aprobatorias de parte del público. Pero estaba intacto su segundo, soltado en el sitio de honor; un toro hondo, largo, ancho, fino, cuajado y soberbio de naturaleza con cuyos argumentos gritó que la bravura y la nobleza no están administradas por el tamaño y/o vastedad, como pretenden justificar los “ganaderos” mexicanos, si no por el equilibrio que se respete entre la genética y el desarrollo pleno. Y fue el toro de la tarde y del grupo de los mejores del abono madrileño; y fue claro a las jergas, abajo, con bravura, casta y clase, lento y a son de vals desmitificando que el toro mexicano es ¡el mejor del mundo! En España también hay reses que permiten el toreo desencajado, emergido de las profundidades.
Ese ramo de virtudes fue correspondido; era preciso. Fermín entonces se traslució distinto. Era otro. Si antes esta misma pluma le evaluó como de “buen torero” pero seco, frío, parco e incoloro, hoy declaro que se trazó en distinto y radical perfil. Armó la sarga y la recorrió con temple, abierta, haciendo volar sus encajes en tramos con entornos perfectos y aptos para embonar. Trasteó al mero estilo de la “Escuela Mexicana del Toreo”, no como una doctrina entendida si no como una herencia. Hubo desenfado, desgarro y sentimiento y de no haber herido con la toledana en la región baja con referencia a la cruz, hoy estaríamos leyendo el corte de por lo menos un valioso apéndice auricular…
Y cuando la prensa peninsular especializada no le restaba méritos pero chabacanamente ponderaba a un “Frascuelo” por una faena mediocre, deshidratada de emociones y desunida, con muletazos en los que podría haber pasado una locomotora entre él y el astado, Fermín había firmado una primera carta de visita elegante, diferente, modulada y muy superior. Si, de este modo si se puede aspirar a la reconquista. El sostenerse es lo más difícil… pero lo único necesario para el triunfo internacional.

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