28 julio, 2021

A PEPE LUÍS VÁZQUEZ.

El entorna así los ojos
y está un segundo muy quieto,
en una mano el capote,
la otra en el burladero
y la vista en los toriles
donde asoma el toro negro…
El entorna así los ojos
y dice: “¡Déjalo, déjalo,
que el toro ya vendrá solo!”
y el toro que aún está lejos
escucha esa voz y la
quiere prender en los cuernos.

El entorna así los ojos
y está un segundo muy quieto,
en una mano el capote,
la otra en el burladero
y la vista en los toriles
donde asoma el toro negro…
El entorna así los ojos
y dice: “¡Déjalo, déjalo,
que el toro ya vendrá solo!”
y el toro que aún está lejos
escucha esa voz y la
quiere prender en los cuernos.
El sol de la Maestranza
para su carro de fuego
porque la luz se esté quieta
sobre el alamar torero.
Pepe Luis –celeste y plata-
inmóvil, niño, flamenco,
le está mirando, mirando,
sin perder un movimiento,
y el toro lo busca, busca
y él, esperando en el tercio,
le abre el abanico grana
de su capote pequeño.
Todo el calor de la tarde
se deshace en blando céfiro.
Torear así, parece
muy fácil. Es como un juego…
Pero no. Es lo más difícil,
porque es torear sabiendo…
Tener en el corazón
el justo presentimiento
de lo que va a hacer el toro
cuando el toro aún está quieto.
Es adivinar, sentir
la voz del toro por dentro
y saltarse a la garrocha
los taurinos evangelios,
sin que tengan que enseñárselos
porque ya nació sabiéndolos.
El torna así los ojos
y dice: “¡Déjalo, déjalo”…
Y el toro va donde él quiere,
y es tan ágil el torero
y es tan sabio y tan gracioso
y tan rubio y tan pequeño
y tan hombre y tan barbián
y tan valiente y tan diestro,
que la cuadrilla obedece
sus imperceptibles gestos
-banderilleros de seda
y picadores de hierro-
y todo parece como
una danza de aire viejo
bajo una batuta de oro
entre palmas y requiebros…
Las verónicas de olor,
el molinete de fuego,
la chicuelina de nardo,
la gaonera de incienso…
-Pepe Luis, Pepe Luis Vázquez,
anda, dime tu secreto…
-Si he nasío en San Bernardo…
¿es que no basta con eso?
El entorna así los ojos
-la espalda en el burladero,
el corazón en las manos,
la mirada en los chiqueros-
le dice al peón de turno:
“¡Déjalo, déjalo, déjalo
que el toro ya vendrá solo…!”
Y el toro sale corriendo,
olfateando, mirando,
ciego de sol y recelo,
con nostalgia de olivar
caliente y de río fresco…
Pepe Luis le llama: “¡Toro!”,
y el toro clava los cuernos
en el aire de la tarde
y se funden sobre el ruedo,
en un milagro de gracia
capote, toro y torero.
-Los ángeles hacen palmas
desde los palcos del cielo!

Deja un comentario