23 julio, 2021

TALAVANTE, UN ARTISTA SIN ESPADA.

La “Gigante de Expo-Plaza” entregó el interior ayer tarde para que en su foro de arena se actuara la primera corrida del XVII Festival de las Calaveras; y sus escaños atendieron a menos de la mitad del amplio aforo. La casa ganadera de Celia Barbabosa dedicó siete ejemplares de presencia buena, variados en tipo y más bien descastados; sin embargo el billete grande venía, quizás sin saberlo nadie, en el primer reserva, un toro que por casta, nobleza, recorrido y clase, que con la espada clavada en su cuerpo dobló no sin antes sostenerse de pie por extensos y emocionantes momentos como los bravos, hasta hacer llorar, ganó las honras de la vuelta al ruedo, acto que se vivió entre el ensordecedor sonido de las palmas francas de los entendidos.

La “Gigante de Expo-Plaza” entregó el interior ayer tarde para que en su foro de arena se actuara la primera corrida del XVII Festival de las Calaveras; y sus escaños atendieron a menos de la mitad del amplio aforo. La casa ganadera de Celia Barbabosa dedicó siete ejemplares de presencia buena, variados en tipo y más bien descastados; sin embargo el billete grande venía, quizás sin saberlo nadie, en el primer reserva, un toro que por casta, nobleza, recorrido y clase, que con la espada clavada en su cuerpo dobló no sin antes sostenerse de pie por extensos y emocionantes momentos como los bravos, hasta hacer llorar, ganó las honras de la vuelta al ruedo, acto que se vivió entre el ensordecedor sonido de las palmas francas de los entendidos.
La tercia de a pie –hubo equitador sin fortuna y con pitos-, perdió un ramo de apéndices porque sus armas no llevaron el filo necesario, pero merecen atención varios de sus pasajes con las telas.
El de Badajoz, Alejandro Talavante está convertido en un artista… sin espada. Su total fue el de un par de orejas con la ventaja del obsequio.
Joselito Adame igualmente se proyectó solvente, capaz con los avíos pero esta tarde fallando en la suerte suprema.
Por su lado Mario Aguilar fue el que en la lidia ordinaria cortó un auricular. Mantiene con esto su buen nombre.
Con la solvencia de quien trae en sus estadísticas rico número de corridas profesionales en la península, Talavante, delante de un animal dúctil hasta el empalago, firmó un primer trasteo de arte, son, buen gusto y estética que se le hubiese distinguido con una oreja, empero apareció el fantasma de la espada y se minimizó todo en un cortés silencio.
Detalles con belleza al desdoblar su capa y al armar la muleta teniendo enfrente al segundo; valor envuelto en la fina tela del arte, temple, variedad, sitio e intuición entregadas en una faena derechista, destruyendo la sosería de una res que se quedó desnivelada y soldada a la superficie. Contradictorio a la labor con los legendarios engaños fue su uso del arma, perdiendo por ello las orejas, en cambio saliendo al tercio.
Cuando soltaron al obsequio, primer reserva quemado con la marca de la ganadería titular, creó verónicas a modo de serie fina, irrumpiendo en el ruedo como génesis de una faena muletera larga, de pases así, con punto inicial aquí y final hasta muy allá, en correspondencia soberbia a un formidable burel, buen ejemplo de fijeza, clase y nobleza, virtudes equilibradas en la combinación de su raza. Un pinchazo primero antes de la estocada recibiendo le hicieron perder el rabo pero le dieron autorización para empuñar dos orejas.
Un antagónico juego ofreció el segundo; en el primer tercio hasta oliendo las maderas y en uno de muleta incluso exigiendo a Joselito Adame, quien presumiendo sitio y arrestos predicó con una faena breve por las condiciones del ungulado, pero valiosa, unida y seria de la que perdió la oreja por el par de pinchazos, prólogo de la estocada defectuosa y los descabellos. El segundo acto se lo llevó en la línea de lo variado y apresurado: porta gayola, revoleras, chicuelinas andantes, mandiles y banderillas fueron una serie dilatada. Bien en el segundo tercio pero lo mejor y esencial lo dio con la sarga, manejándola atinada y templadamente, ganando el partido a un toro sin casta, de patas pesadas que buscó el sitio de tablas y al que igualmente pinchó privándose de un auricular.
Sin objeto regaló un noveno, éste del Junco, feo de tipo, caballón, detestable y de comportamiento insulso que únicamente permitió que el joven José firmara su permanencia en el buen nivel de los diestros jóvenes aztecas.
Mecido en el juego de brazos y petrificado el tronco, con la suavidad de la pelusa que se desprende en otoño de las estrellitas del campo, Mario Aguilar veroniqueó a su primero, un toro sin clase, que por ello exigía intenciones distintas en los pases, no los derechazos y naturales estandarizados y sin creatividad que exhibió rígidamente, del que puro quede su comedimiento en busca de robar algún partido valedero. De cualquier modo fue llamado al tercio cuando finalizó su intervención con una estocada trasera, tendida y atravesada.
El toro se iba muy largo, ya su segundo, y otro fue su proyecto; mejor y de más óptimos resultados. Hubo partes para el aficionado y otras para el vulgo, todo amenizado por las notas del sudamericano Juan S. Garrido, esas que ponen a la parroquia en estado anímico incontrolable. Lo torero se dio en efigies de pases templados, variados y exponiendo, por esto fue que se le ordenó un apéndice después de que pinchó y dejó un espadazo caído un punto.

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