24 julio, 2021

LA HILARIDAD FESTIVA DE LAS CALAVERAS Y LOS ESQUELETOS DISFRAZADOS DE MUERTE NADA TIENE QUE VER CON A LUMINOSIDAD DEL TOREO.

ARRASTRE LENTO… Me queda en el ánimo el dulce recuerdo de mi infancia. Era la época en la que todavía existía la presumible sospecha de que me asustaran las calaveras y los esqueletos de barro. Era la época en la que -lo cual nada tenía de presumible, pues era una terrible afectación emocional- asistía a la plaza San Marcos para estar cerca de los cajones del camión que transportaba los toros para ser depositados en los corrales de la antañona y recoleta placita de mis amores.

ARRASTRE LENTO… Me queda en el ánimo el dulce recuerdo de mi infancia. Era la época en la que todavía existía la presumible sospecha de que me asustaran las calaveras y los esqueletos de barro. Era la época en la que -lo cual nada tenía de presumible, pues era una terrible afectación emocional- asistía a la plaza San Marcos para estar cerca de los cajones del camión que transportaba los toros para ser depositados en los corrales de la antañona y recoleta placita de mis amores.
El estruendo de los movimientos sí que me producía escalofríos y temores. Quienes veían mi asombrado espasmo, me decía que parecía a una “calavera”. De ese tamaño era mi perturbado registro emocional.
No como el que me producían las calaveras que pronto pasaron a ser golosina de traviesa constitución de azúcar, de papel y de barro.
Lo cierto es que, al celebrar el Día de Muertos, la reflexión se desprende como piedra rodante desde la ladera de la dulce evocación. Confieso que, aunque dentro del sano ejercicio mental del análisis, a unas horas de haberlo vivido, me quedó con el primor de las verónicas –amén de sus sendas faenas de gala- instrumentadas el sábado pasado –en el ruedo de la Monumental- por Talavante y Mario Aguilar, y me quedo con la frescura de la disposición de José Guadalupe Adame.
Eso nada tiene de tétrico. Muy por el contrario, la luz es lo que queda en el recuerdo que ninguna relación tiene con la muerte y su patético día… Pero el motivo es ahora tocar la celebración folclórica, del Día de Muertos. ¡Adelante!
A pesar de haber perdido su origen en el pasado, la tradición del Día de Muertos tiene la virtud de revivir a perpetuidad. La celebración da pie para que, teniendo sus raíces en nuestra memoria prehispánica, el polvo y el olvido sorprendan a los vivos con una imagen nueva de los muertos, y en su aparecida resurrección se les llore con la aflicción de la pena, y se les hable y festeje con la animación del hallazgo.
Tan sorprendente paradoja es el glorioso origen da la devoción profana más folclórica del mexicano.
Y a pesar de su edad, la contradicción de la muerte viva me sigue causando deslumbramiento, sobre todo cuando esta toma la forma de esqueletos y calaveras que lloran, matan, roban, juegan a la lotería, se emborrachan, bailan, cometen injusticias, cantas decires y sones populares, se entremezclan en riñas callejeras, son causantes de milagros, de leyendas, y hasta vestidas de catrines y catrinas van a las corridas de toros.
La celebración del Día de Muertos ocurría en ciudades, rancherías, pueblos, y diminutas comunidades, empero no fue sino hasta el tratamiento que le dio el paisano Guadalupe Posada cuando la muerte fue despojada de la solemnidad al grado de que el pueblo, supersticioso y víctima de innumerables injusticias sociales, de inenarrables abusos de poder, pudo pasear con ella de la mano sin asombro ni escándalo.
Fue cuando el sentido burlón y humorístico de aquellas expresivas y caricaturescas contrahechuras se volvió lenguaje común, y su culto adoptó el giro de religión.
Y esa hora que el mexicano, fiel a sus nobles tradiciones, sigue hablándose de tú con la muerte, aunque tal vez no pueda hablarse de tú con la vida. Es ahora que el mexicano, inspirado en el legado de sus antepasados, hace de la muerte motivo de pachanga, y en ocasiones hasta la desafía porque, como pudiera pensarse de los toreros, no quieren a la vida, y por eso la juega tarda a tarde vestidos cual príncipes adorados.
Cosas de la vida: Usted me dirá si no. Ahora es común que corra más licor cuando el vivo le habla al esqueleto y acaricia con rezago del canibalismo hasta consumirlas que cuando el muerto le hace al vivo.
Así las cosas, será dentro de ese marco en el que, el próximo sábado, los vivos que gustamos del intenso colorido de la Fiesta de Toros, irónicamente celebraremos con un festejo postinero el culto a las calaveras y esqueletos que, disfrazados de muerte, se regocijan como matracas en un tétrico fandango a ritmo de eternidad.
Y si es común considerar que los toreros para triunfar y dar gusto a las multitudes deben morirse cada tarde en el ruedo, no me valdré en esta ocasión de esos toreros para dar vuelo a la imaginación pretendiendo retratar, como lo hizo el insigne Guadalupe Posada, la dureza y rigor de su profesión.
Me queda claro que a los diestros, pese a que se diga que para crear arte y fundirse con la eternidad tienen que arriesgar su vida hasta los bordes de la muerte delante de un toro, en verdad no los quiero muertos, ni pretendo coquetear pachangueramente con su calavera y esqueleto de barro o azúcar, ni tampoco adelantar grotescamente en burdos versos su muerte.
Quiero tan sólo que, imbuidos Sebastián Castella y Arturo Saldívar en su carácter profesional, y elevando al borde místico el riesgo de su oficio, se dispongan a darle perpetuidad, goce, estética, plenitud, testimonio y estremecimiento al toreo, una de las manifestaciones patrimoniales más solemnes, ricas, y plásticas del género humano.
Pues sí, ya lo ve el televidente, los panteones, llenos de lamentos y turbaciones, no impiden que las calacas y los esqueletos suenen como instrumentos atormentados en un carnaval macabro celebrado por los vivos en un día que no me parece en absoluto cortés.
Lo cierto es que la dignidad y altísima jerarquía del toreo me mueven a celebrar con cantos de gloria y fanfarreas a tanto torero que, habiendo sido ejemplo de virtuosismo en la tierra, hoy en el campo santo se conmueven hasta la risa con el fandango de los humanos ante la muerte.

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