31 julio, 2021

ARTURO SALDÍVAR BAÑA A SUS ALTERNANTES: CUATRO OREJAS Y UN RABO A LEY.

Domingo 6 de noviembre del 2011.
Primera corrida de la temporada de la Plaza de toros México. .
Toros: Ocho de San Isidro, de chile, de dulce y de manteca. Fueron pitados en el arrastre el primero, el segundo, el tercero y el sexto. Al octavo le dieron inmerecido arrastre lento. El segundo de la tarde fue devuelto por su misérrima presencia y sus pitones desmochados.

Domingo 6 de noviembre del 2011.
Primera corrida de la temporada de la Plaza de toros México. .
Toros: Ocho de San Isidro, de chile, de dulce y de manteca. Fueron pitados en el arrastre el primero, el segundo, el tercero y el sexto. Al octavo le dieron inmerecido arrastre lento. El segundo de la tarde fue devuelto por su misérrima presencia y sus pitones desmochados.
Toreros: Enrique Ponce, media sin pasar en el segundo bis de la tarde: silencio. En el cuarto, media y oreja sin petición mayoritaria. Regaló un séptimo, al que despachó de pinchazo y entera. Hubo leve petición y el juez no concedió nada. Su peón, Antonio Tejero, dio cariñosa vuelta al anillo por su despedida.
Arturo Saldívar, dos pinchazos y estocada entera y bajita en el tercero: al tercio. Al quinto lo mató de estoconazo y le cortó dos orejas. Regaló un octavo ejemplar y después de otro estoconazo le fue concedido el rabo.
Diego Silveti, quien confirmaba su alternativa, estuvo mal con el acero. Al que abrió plaza lo despenó de dos pinchazos, entera y un golpe de descabello: silencio. Al sexto le atizó tres pinchazos sin pasar y casi media. Quiso regalar un toro pero no fue posible porque ya no había más.
La Fiesta es muy grande, hay toreros convencionales hasta la intrascendencia, hay coletas que necesitan madurar, y hay sorpresas agradables por el pundonor y la raza. Hoy, un muchacho de apellido Saldívar, hizo las delicias del respetable por su sitio, su temple, su variedad y su valor espartano, y ese es un gigante de la torería donde los haya. Es decir, el de Aguascalientes sorprendió. Silveti demostró valor, clase y quedó bien sin más. Ponce demostró que ya está para irse y quedó entre azul y buenas noches.
El ganado fue bastante despreciable. Pero, vayamos por partes.
Abrió plaza el confirmante, el quinto matador de apellido Silveti: Diego, bisnieto de Juan “El Meco”, nieto de Juanito “El Tigrillo”, hijo de David y sobrino de Alejandro. El muchacho estuvo a la altura del compromiso y dejó patentes su torería y su arrojo, pero no redondeó.
Hay que recordar que a “Rey David”, su primer enemigo, un toro zambombo e inútil, le hizo un quite por gaoneras –precedidas por un tafallera- que nos hizo revivir las imágenes del gran Garza, por la pierna tan adelantada y el ceñimiento. Le exprimió al gordito de San Isidro los cuatro muletazos que traía y pare usted de contar. Diego no mata nada y eso es un problema que le va a pesar mucho si no se entrega.
Al sexto le hizo un muy buen quite por cordobinas y ahí se acabó lo que se daba, pues el bicho no tuvo un pase. También nos quedamos con dos péndulos en los medios: ¿un guiño a su tío Alejandro? En la confusión de los toros de regalo, Silveti anunció un noveno ejemplar de obsequio, pero el juez nos informó amablemente, a la muerte del octavo, que ya no había toros en los corrales.
El maestro Ponce no las tuvo hoy todas consigo. De hecho, si usted se pone exigente, pegó un buen petardo. Para comenzar, el astuto coleta valenciano echó por delante a un novillo que no estaba ni reseñado o al menos no aparecía en el programa de mano. La gente se puso exigente y pitó hasta que el pobre roedor afeitadísimo fue devuelto a los corrales. Anunciaron a otro, lo cambiaron sin decir agua va, y salió un novillo espantoso de hechuras. El respetable que había pagado caro en la reventa su boleto no tragó la farsa. La faena de sustos, pasitos pa’trás y desplantitos absurdos fue aquilatada justamente con una bronca de plaza grande.
Vino el cuarto, un ejemplar cómodo, bobo y muy a modo para toreros que están en vías de retirarse. Ponce toreó de perfil, codilleando y hasta intentó las execrables poncinas. Algunos parroquianos se desmelenaban, mientras que otros le pedían al de Chiva que se arrimara. ¿Arte o engaño? Para mí un compendio de marrullería y teatro. Mató aseadamente y le tumbó una orejilla de oropel.
Por puro pundonor, o por nostalgia, el diestro valenciano regaló un séptimo astado.
La tauromaquia poncista postmoderna hizo su aparición y enfervorizó a sus incondicionales, que todavía los hay. Hubo momentos de lucimiento sin exposición y diálogo mendicante con el público. Lo que faltó fue echar la pata buena adelante y completar aunque fuese un muletazo. Pinchó Ponce, cosa rara, y el populacho se desentendió y perdió la memoria.
No hubo premio, pues el juez, Gilberto Ruiz Torres, ahora sí se apretó los machos. Don Enrique tuvo que conformarse con acompañar a Antonio Tejero a dar la vuelta al ruedo, pensando quizá que en otros tiempos bien hubiera podido cortarle dos patas al de San Isidro.
La estrella real del festejo fue el hidrocálido Saldívar. ¿Por qué? Pues porque se arrimó como un león, templó, mandó y mató. Al tercero de la tarde le saludó con una media larga y un farol de hinojos que nos dieron la pauta de la decisión del ex-alumno de Tauromagia.
El morito fue incierto, débil, pero con peligro. Arturo le plantó cara y de pronto sacó de la chistera dos derechazos y uno de pecho larguísimos y en un palmo. Vino a continuación una demostración de que se puede torear, ya no sin enmendar, sino sin moverse, algo así como lo que predica el monstruo de Galapagar. Lástima que el toro no ayudó a la hora buena y que todo quedó en una valiosa salida al tercio.
En el quinto, al iniciar la faena de muleta, Saldívar, después de encelar al toro con la montera, tragó en un cambiado por la espalda impresionante. El nuevo ídolo de la afición capitalina se entregó al máximo, cargando siempre la suerte y no perdiendo ni un paso. Grandes derechazos, una dosantina y las joselillinas -una de ellas cambiada- pusieron a la gente de pie. Vino una estocada grande, hecha de decisión y oficio, que le hizo cortar dos orejas. Claro, si a Ponce le habían dado una por nada, este niño merecía dos o más.
El primer espada, el legendario don Enrique, no asimiló bien el asunto y salió a regalar un toro. Saldívar lo asimiló aun menos bien y regaló otro de inmediato.
A ese último de la tarde le hizo cosas por mí nunca vistas, como tres dosantinas con las zapatillas atornilladas en la arena. Los gritos de ¡Torero, torero! Eran ensordecedores. Todo, desde el capote, fue pasarse al bicho por la faja, parar, templar y mandar. ¡Qué derechazos! ¡Qué cartucho de pescado por la espalda en los medios! ¡Qué cambios de mano por delante! ¡Y la estocada! Entregándose, pasando y dando el pecho. Eso es cortar un rabo a ley, aquí, en Madrid y en China.
Poniéndonos un poco bíblicos diremos que Arturo Saldívar es aquella piedra que despreciaron en un momento los constructores y que hoy es la bloque angular, punto.

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