1 agosto, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

La fiesta, antes brava, está penetrando en una nueva era en donde los conceptos y fundamentos que le han dado por siglos los elementos suficientes para ser un espectáculo emblemático y peculiar, han cambiado o han sido relevados por otros intrascendentes según su radical oposición.
Si que dejaron su indignación y coraje los cronistas de antaño asentados en pilares que hoy prosiguen de pie cuando entró el peto, coraza que mucho agradecerán los equinos y que disminuyó a menos tal vez del cincuenta por ciento el riesgo de los piqueros, jinetes heroicos que en medio de la barbarie que arrebataba los redondos foros, honraban gallardamente la estirpe de la que procedían.

La fiesta, antes brava, está penetrando en una nueva era en donde los conceptos y fundamentos que le han dado por siglos los elementos suficientes para ser un espectáculo emblemático y peculiar, han cambiado o han sido relevados por otros intrascendentes según su radical oposición.
Si que dejaron su indignación y coraje los cronistas de antaño asentados en pilares que hoy prosiguen de pie cuando entró el peto, coraza que mucho agradecerán los equinos y que disminuyó a menos tal vez del cincuenta por ciento el riesgo de los piqueros, jinetes heroicos que en medio de la barbarie que arrebataba los redondos foros, honraban gallardamente la estirpe de la que procedían.
Si, aquel cambio radical disgustó a los taurinos consolidados; la fiesta estaba siendo liberada de “impurezas”; se estaba limando y “civilizando” y por percusión lógica se le quitaba un punto de su ancestral salvajismo y peligrosidad. Para muchos perdería gran parte de la sustancia que le daba atractivo.
En un fin de semana -5 y 6 de este mes- se dieron varias corridas en distintos cosos de la república y más que triunfos dejaron algunas reflexiones y la transparente prueba de que en México el espectáculo taurómaco no tardará en ser una brutalmente predecible obra teatral.
En 10 años, poco menos o poco mas, el toro de nuestra nación pasó de la falta de casta a la casi domesticidad y, suma lógica, la suerte de varas es un mero simulacro en donde los filos de la almendra apenas cortan el pelaje de los morrillos.
De las funciones vaciadas, tres fueron prueba de semejante y doliente cambio: la de Aguascalientes el sábado 5 y las de la México y Guadalajara el domingo 6.
En la Monumental de las Flores se soltó un encierro de Teófilo Gómez, hierro impuesto por vicio, no por virtud; esta vez a gusto del galo Castella, quien como todas las figuras europeas viene a México –no así a Sudamérica- a gozar de vacaciones pagadas en alto precio ante la complacencia de las empresas que, desatinadas. no proponen un proyecto integral para el desarrollo de los toreros nacionales pero si se dan a importar espadas que tienen establecidas unas abusivas condiciones que dañan la integridad y virtud del espectáculo taurino mexicano, rico que es ya solamente en historia y tradiciones.
Aquella romería de siete rumiantes –contándose un obsequio feísimo de Fernando de la Mora-, la mayoría, si no que todos, novillos de segunda pero vendidos como toros de primera, invadieron de su recia mansedumbre el redondel. Hasta 18 veces rodaron por la arena firmando el inaceptable absurdo de quien se supone que en la arena debe ser vigoroso.
La función estaba siendo aburrida de verdad. Eso deja la falta de emoción en las diligencias, como flacos dividendos de unos cuantos que, ciegos e ignorantes, continúan empeñados en mantener a la fiesta sometida a sus ilegítimos intereses.
Pero el sistema trasplantado tiene “recursos” para “taparle el ojo a la mula”, y aprovechando que el público se traga la coba, siempre hay en las corraletas hasta dos, cuando no tres, toretes de “obsequio” –en realidad los paga el pueblo a precio de centenarios- que junto con ellos hace eficaz mancuerna la “Pelea de Gallos” para que “nadie” salga de la plaza defraudado. En medio de aquello se valoró la actitud hacendosa de Arturo Saldívar, joven diestro en busca de ser figura y con un proyecto muy claro para lograrlo.
En Guadalajara sucedieron cosas similares, según el Sr. Francisco Baruqui, una de las muy pocas plumas a las que leo y le creo, y en el anillo de la Monumental de Jalisco se reeditó la misma obra con seis ejemplares a la mar de mansos.
Remató la Plaza México, para corona de latón, con un octeto de impresentables ungulados –hubo “regalos”, barato recurso que se ha incrustado sistemáticamente-. Para deshonra del taurinísmo de Aguascalientes, quemado con un hierro justamente procedente de esa entidad, San Isidro, dehesa que ya bien metida en el esquema de la mafia y en busca de consolidarse en la hermética planilla, tuvo a mal desembarcar semejantes pobres reses. Mansas, además, muy a pesar de que, engañados por la borrachera colectiva del triunfalismo, dieran sus titulares satírica vuelta en paralelo a la raya del diámetro del vejado coso. Aquello era verdadera alegría colectiva generada, paradójicamente, por espejismos. Certeramente tituló e impartió el señor Leonardo Páez hace tiempo una conferencia, palabras más, palabras menos: “La fiesta mexicana, fabuloso mito o triste realidad”…
Ahí está el guión de nuestra fiesta y quien sabe la dimensión de los daños que algún día se cobrarán y sabrá Dios quien vaya a pagar la cuenta.

Deja un comentario