28 julio, 2021

MARIO AGUILAR LEVANTA OREJA EN LA MÉXICO. ZOTOLUCO Y TALAVANTE HACEN LO PROPIO CON ASTADOS DE OBSEQUIO.

Nuestros ganaderos no más no aciertan en criar el toro que de categoría a la amenazada fiesta y confunden nobleza con mansedumbre y gordura con trapío. Ayer a la Plaza México, que tuvo mala entrada, para la segunda corrida de la campaña le tocó a Marrón desembarcar un encierro descastado de verdad, heterogéneo de tipo en serio compuesto por ocho animales de escaso atractivo zootécnico. Algo menos pobre de presencia que lo remitido por San Isidro. Los ocho ejemplares guanajuatenses cumplieron con apuros ante los montados y en el juicio global.

Nuestros ganaderos no más no aciertan en criar el toro que de categoría a la amenazada fiesta y confunden nobleza con mansedumbre y gordura con trapío. Ayer a la Plaza México, que tuvo mala entrada, para la segunda corrida de la campaña le tocó a Marrón desembarcar un encierro descastado de verdad, heterogéneo de tipo en serio compuesto por ocho animales de escaso atractivo zootécnico. Algo menos pobre de presencia que lo remitido por San Isidro. Los ocho ejemplares guanajuatenses cumplieron con apuros ante los montados y en el juicio global.
Para estoquearlos se anunciaron al “Zotoluco” (división, silencio y oreja en el de regalo, Alejandro Talavante (al tercio, silencio y oreja en el de regalo) y Mario Aguilar (oreja y silencio).
Es un vicio sistematizado el regalar toros cuando los actores no son capaces de satisfacer y satisfacerse en la lidia ordinaria. Es extraña la corrida en la que no haya por lo menos un obsequio y en esta ocasión corrieron los regalos por “Zotoluco” y Talavante.
Sin gusto ni actitud cumplió el de Azcapotzalco la brega capotera de su primero para posteriormente usar la pañosa con un ejemplar francamente complejo, corto de sus embestidas descompuestas y con el que hizo amagos de darse esforzado, pero interponiendo demasiado espacio entre él y el adversario, al que despachó de estocada caída, escuchando el repudio de la parroquia.
Intervención más desgraciada y ventajista difícilmente se podrá volver a observar; fue clara su intención de hacer ver mal a su segundo, un astado que de inicio se arrancaba destapado y claro. Antítesis de la estética fue aquello dentro de una “faena” en que mejor se sufrió el síndrome del uso del pico del engaño y los pases de expulsión. Pitos, más que palmas, se escucharon al hacer el de Marrón de estocada delantera prologada con un par de pinchazos.
Con el insignificante torillo de obsequio, dócil como cuaco arrendado, entretuvo al cotarro según su desteñido estilo. Hasta hubo buenos pases, los menos, pero se “acavazó” y si por momentos el rumiante permanecía semiparado, él hábilmente “terminaba” el muletazo recorriendo lo que se supone que debe de recorrer de terreno el toro. Tales diligencias producen un efecto óptico que engaña a las mayorías. Mató de estocada caída y le dieron una oreja, la cual tomó no sin antes haber mendigado la segunda que se pedía en modo general.
Talavante, apenas dio un botón de su gran capacidad artística con el percal; empero mayor fue la de la sarga y aprovechó en lo que valía las embestidas largas y con clase del bóvido, segundo de la tarde, obeso, maltratado en varas, amable y de inofensivos cuernitos que pronto atracó en cualquier sitio del anillo. Quedaron ahí muletazos extensos y templados de un trasteo variado que hubiese costado tal vez una oreja de no haber aparecido un par de pinchazos previos a la buena estocada.
El quinto disgustó a todos. Con patas de plomo, impredeciblemente pegaba un arreón desentonado y ello evitó que se dimensionara el esfuerzo del español. Aguante, mando, arte y variedad emanaron a borbollones al capotear al regalo, un regordete bicorne inofensivo, tan maleable que le cuajó lo que quiso. Hay algo terriblemente distinto en su hacer; proyecta en directo la expresión que tiene del perfil artístico. A toro parado realizó cosas nuevas y de interés. Esta vez sí hubo espadazo que aunque trasero le valió cortar el trofeo acotado ya.
Apuntes bellos únicamente dio Mario Aguilar al recibir al tercero, sin embargo el quite fue cabal, de aplaudirse, cimentado en el juego de brazos y la inmovilidad de su tronco. Iba decidido y consciente de su compromiso y para cuando tomó la muleta se dejó ver ardorosamente planteando una faena interesante, por encima de su descastado contrario, y completada con una estocada acaso punto pasada que no amainó para que se le apreciara con un apéndice.
Su segundo resultó ser un maldito; allá pasaba, tirando facas de arriba abajo y de izquierda a derecha ante lo que el de Aguascalientes hizo un trabajo muletero sin laureles. Hoy nuestros toreros no se dan idea mínima de lo que son las faenas recias, plenas de doblones dominadores donde se reivindican los valores de la lidia en sí. Eso merecía justamente tan mala res a la que no mató bien para taparse en silencio.

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