24 julio, 2021

“LA OBEDIENCIA AL DEBER ES ANTE TODO UN ESFUERZO SOBRE SI MISMO” Y EL MEJOR EJEMPLO ES JUAN PABLO SÁNCHEZ.

Falta poco, minutos en suma, para que un torero demuestre que la formación de hábitos es el pasaporte para ingresar al país del triunfo. Falta poco –son las ocho de la mañana del domingo 20 de noviembre cuando, contra mi inveterada costumbre, me siento a escribir la reflexión que una llamada telefónico vino a motivar. ¿Será por la suerte que va a triunfar Juan Pablo Sánchez hoy en la México?, me cuestionó la voz.

Falta poco, minutos en suma, para que un torero demuestre que la formación de hábitos es el pasaporte para ingresar al país del triunfo. Falta poco –son las ocho de la mañana del domingo 20 de noviembre cuando, contra mi inveterada costumbre, me siento a escribir la reflexión que una llamada telefónico vino a motivar. ¿Será por la suerte que va a triunfar Juan Pablo Sánchez hoy en la México?, me cuestionó la voz.
Decía, falta poco para que el aludido se presente en el gran coso llevando sobre sus hombros la representación del los toreros modernos que dejando de ser producto de la generación espontánea, sometidos a orden y método, son la consecuencia de una rigurosa formación teórica y práctica. Confieso que me siento extraño toda vez que, a estas horas, según la rutina diaria, debiera andar trotando por ahí para desterrar la fastidiosa persuasión y consejo de las sábanas de una cama que me sugiere continuar en actitud parasitaria. Lo cierto es que al deshacerme de la modorra se abrió en mi mente la celosía por donde pude apreciar el perfil de mis sueños.
En mis fantasías vi al gran luchador naciente –Juan Pablo- que, como un revolucionario –vamos hombre que hoy es el día de tan revoltosos actores de la vida social mexicana-, revolucionario real y no de papel de china como los que cuelgan en la barriada, se quiere poner al frente de los jóvenes toreros que vienen sorprendiendo a la comunidad taurina mexicana que hoy vive, como consecuencia de un ayer inmediato destartalado, desorientada, absorta, extrañada, ensimismada, anhelante de vivir en la vorágine de nuevos horizontes.
Al grano.
¡La suerte!
No creo calumniar a ningún torero si afirmo que algunos padecen de gran estrechez de visión. Los ojos de esos profesionales de han debilitado tanto que llegan a hacerse menos aptos para apreciar la belleza de un horizonte esplendoroso, reduciendo su potencial para escudriñar en los aspectos de notable miniatura.
Pareciera que en nuestra época contemporánea los toreos carecen de grandiosidad hasta en sus concepciones. Lastimosa, a fuerza de ser ridícula, ha sido la pueril explicación de los diestros que todo achacan a la suerte. La miopía de sus ojos no les da para más. Tan limitados están sus órganos visuales que, cuando buscan la síntesis de su historial, no pueden proporcionarles sino la visión del apresurado ascenso de un cohete rasgando con estruendo en la oscuridad, haciéndoles caer en una embriaguez que se deleita en un foco de luz fugaz, pero que pronto muere.
Los toreros, no todos por fortuna, parecen unir sus gemidos, todos lastimeros, en amargo lamento: ¡ay, la suerte!
Sin embargo quienes entienden la vida de los toreros no consideran tan chocante es irritante culpabilidad de la suerte, sobre todo porque, habilitados los ojos para ver con nitidez de la razón, comprenden que en realidad la suerte es un poderoso –poderosísimo –factor de influencia que en ocasiones resulta determinante. Y aunque no la temen, por lo menos la consideran.
Aún así, solo un mentecato deja su destino, sin hacer nada por él, en manos de tan veleidosa figura fantasmagórica que, por lo menos en la mitología, fue llamada diosa Fortuna, finalmente representada como mujer pues, quiénes sino éstas son las auténticas reinas de la vorágine e incertidumbre caprichosa y veleidosa.
Cierto es que la suerte es imprescindible para los toreros. Así de simple.
Es por eso que en la diversidad de las creencias personales, para que les brinden la mejor de las influencias, los toreos invocan al santo de su devoción suplicando su intervención para ser merecedores de la buena suerte en el ruedo. Los profesionales desean una suerte encadenada a sus efectos colaterales que, fuera de las disposiciones voluntarias, y siguiendo su muy personal deseo, contribuya a la formalización de un todo anhelado.
Quienes están empapados en los pormenores que forman el cuerpo de la tauromaquia lo entienden, pero con toda seguridad para los que no lo están será bastante curioso, si es que por tan estrecho vector han hechos su finas observaciones, el hecho de que a los buenos toreros, a los que lucen mayor pericia, capacidad técnica, y artística, para los que, en suma, salen mejor capacitados al ruedo, se dicen les acompaña la buena suerte. No así a los que no siendo conscientes ni profesionales, a éstos siempre se les atraviesa un gato negro en su camino.
Decía que algunos taurinos padecen de una gran estrechez de visión, y no precisamente por la bien deseada o repudiada surte del mago: la experiencia taurina no puede identificarse a plenitud si, padeciendo de la vista, se comete la bárbara mutilación de los valores, dejando que el destino aplique el desenfreno de un futuro impredecible e indomable.
Y es que la complejidad de la suerte no rebasaría los términos comprensibles si el torero se limitara a entender que la perica –hábitos- la inteligencia, el talento –dones de la naturaleza- el dominio técnico -hábitos- y no se diga el buen arte, pueden en ocasiones imponerse a los locos y caprichosos designios de la temible fortuna.
Ante tal perspectiva es válido argumentar a favor de la creencia de que la buena suerte es posible adquirirla mediante la subordinación de los elementos inferiores a los superiores, es decir, mediante la jerarquía.
De donde se desprende que, al menos en su carácter teórico, el torero estará por encima de la suerte solamente cuando subordine todas sus energías inferiores a la norma de su naturaleza racional: la conciencia. Y es que solamente en la conciencia se podrán eliminar temores y angustias, sólo en la conciencia se podrán sofocar las llamaradas de la vibra negativa que incendia y colapsa al torero. Solamente el diestro que tiene conciencia de sus limitaciones y capacidades podrá ser dueño de sí para arrostrar a la suerte; quien no es dueño de sí, pues no tendrá manera ni recursos para evitar las consecuencias. Estas serán semejantes a las que estará sujeto el ingeniero que pretende prescindir, en sus construcciones, del principio de gravedad, las consecuencias catastróficas serán escombros y ruinas.
Lo claro es obvio: lo cierto es que hay un hecho por demás elocuente y significativo. Los toreros, sobre todo los grandes toreros, a pesar de que pudieran ser aprensivos en cuanto a sus temores, angustias y supersticiones que les acechen, antes de escudriñar la suerte, antes de intuirla, antes de esclarecerla, la respetan como el niño repta a las sombras de la noche.
En fin, de todo este enjambre de ideas y palabras me brota el convencimiento que Juan Pablo Sánchez, capacitado para ser aliado de la buena surte, y menguar los estragos de la negativa, está apto para salir airoso y triunfador hoy en su confirmación. Y es que, como revolucionario dueño de una visión clara y optimista, sin petulancias ni soberbias ociosas, puede imponer su determinante deseo de convertirse en figura del toreo.
Qué raro me siento: siendo las ocho con cuarenta minutos del mañana, debiendo estar corriendo, por primera vez en mucho tiempo me puse a teclearlo lo que finalmente a nadie le interesa. Ni a la suerte.

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