5 agosto, 2021

LA COLETA DE LAGARTIJILLA, CIEN PRIMAVERAS DESPUÉS… “EL ÚLTIMO TORO DIBUJA ENTRE PITÓN Y PITÓN UNA CORNADA CERTERA”.

Parece mentira que una cosa tan insignificante –en apariencia- tenga tanto significado en la vida de un torero. Hablamos de la coleta. Esa trencilla o mechón de pelo que figura situada en la nuca o en el cogote que en un principio tuvo más valor funcional –servía para proteger zona tan delicada de la cabeza- que de adorno como hoy en día. Del pequeño “adminículo capilar” –en la cursilería de los gacetilleros rancios– se puede escribir todo un tratado.
Los lidiadores antiguos lucen airosos la trencilla que delata a las claras su profesión; “por ahí va un torero” dicen la gente al verlos pasar. Hasta que Belmonte va y le dice a un atribulado peluquero de Madrid, “¡córtame la coleta!” Y desde entonces se cambió el pelo natural por el postizo. Un atrib

Parece mentira que una cosa tan insignificante –en apariencia- tenga tanto significado en la vida de un torero. Hablamos de la coleta. Esa trencilla o mechón de pelo que figura situada en la nuca o en el cogote que en un principio tuvo más valor funcional –servía para proteger zona tan delicada de la cabeza- que de adorno como hoy en día. Del pequeño “adminículo capilar” –en la cursilería de los gacetilleros rancios– se puede escribir todo un tratado.
Los lidiadores antiguos lucen airosos la trencilla que delata a las claras su profesión; “por ahí va un torero” dicen la gente al verlos pasar. Hasta que Belmonte va y le dice a un atribulado peluquero de Madrid, “¡córtame la coleta!” Y desde entonces se cambió el pelo natural por el postizo. Un atributo tan pequeño arma la gran revolución. La coleta sin duda marca toda la vida de un torero. Una línea imaginaria. Más que un distintivo es todo un símbolo.
El corte de la coleta marca la despedida o la tragedia de un torero. En definitiva el emocionado o triste adiós.
He aquí una sucinta historia para el álbum sentimental del toreo: el 8 de Marzo de 1879, hace ahora ciento veintisiete años nació Fernando Romero Lagartijilla en Alcalá de los Gazules, hijo de funcionario municipal y ama de casa o “las labores propias de su sexo”, según el papeleo oficial y significativo de la época. Jugó –como era costumbre en los chiquillos de antaño- al toro. Y en un santiamén cambia el torillo de mimbre por el toro de verdad. Un día con otro soñador del toreo –Agualimpia– toma barco de polizón en Cádiz rumbo a Méjico. Se enrola en una cuadrilla de toreros juveniles. Pasa el tiempo y Gaona se fija y lo confía de peón en su cuadrilla ¡qué cualidades tendría! Y juntos vuelven a España. Hace una escapada de unos días a Alcalá para ver a su madre. Y toma un último tren que le va a llevar a Madrid, donde lo espera el maestro para lidiar una corrida de Concha y Sierra, con Vicente Pastor y El Gallo. La fecha negra: 25 de abril 1909. Aquella tarde el invierno cae sobre la primavera convirtiendo las margaritas en crisantemos. El último toro dibuja entre pitón y pitón una cornada certera. El astado va a ser banderilleado por Rodolfo Gaona, pero quiere la malasombra que el maestro salga volteado de fea manera y Lagartijilla se ve precisado a cumplir con la suerte. Y la suerte –ésta vez– se troca en muerte.
Quiso la triste casualidad, – ¡increíble!– que aquella mañana se estrenara en un templete de Madrid, un pasodoble compuesto por el maestro Martín Domingo: Lagartijilla. Por la mañana la música alegre del pasodoble y por la tarde el responso. Ironías del destino o de la vida.
Los años según la gente antigua del campo y los poetas se cuentan por primaveras. Justamente el pasado 25 de abril se han cumplido cien años de la desgracia de Lagartijilla en Madrid. Y aquí viene la razón y espíritu que mueve éste artículo. El que escribe estas líneas se ha pasado muchos años rastreando por la memoria perdida y encontrada del infortunado torero alcalaíno y lo que en un principio fueron cuatro datos biográficos sueltos, hoy se ha reunido todo un corpus con interesante documentación –gráfica y escrita–, para hacer un libro. Una meta: localizar a los descendientes directos. A través de internet – a raíz de un escrito mío sobre Lagartijilla- empezaron a dar señales de vida las primeras voces de la sangre. Primeros contactos. Poco a poco algunas zonas de sombras de la vida de Fernando se fueron iluminando. Entró en el pensamiento de reunirnos en torno a la memoria del torero. Elegimos el lugar: Alcalá de los Gazules. Y una fecha: 25 de abril. Justo el día en que su cumple el centenario de la tragedia. Llega el momento. Al medio día con el sol de la primavera vestido con el mejor terno de luces, pisando ya el corazón del pueblo que le da la primera luz y los primeros vientos, se produce el encuentro con la tierra y el tiempo. Aparecen cuatro mujeres: Soledad, Luisa, Ana e Isabel, gran parte de la representación familiar. En sus semblantes se les transparenta la galopante emoción del momento. Cuatro mujeres como cuatro vientos que soplan por las venas de la memoria de un torero que arrancó a la vida en éste mismo paisaje. Que un día parte de aquí para la aventura del toro en un largo viaje y que resulta ser sin retorno en una maldita tarde. (Este mismo día hay bulla y suelta de vaquillas para celebrar el patrón de Alcalá y entre el tumulto y el ruido de la fiesta sonó el pasodoble a Lagartijilla dedicado a la familia presente. Un detalle).
Soledad, sobrina biznieta de Lagartijilla, trae una bolsa repleta de recuerdos marcados por la alegría y la tristeza. La solisombra de la vida. Una fotografía del torero vestido de luces, retratos de la madre y hermanos: la rastra familiar. Periódicos y revistas detallando aquella infausta tarde. El pequeño retrato al óleo y las cintas fúnebres que adornan las coronas dedicadas por toreros y amigos. En aquel revoltijo de recuerdos viene la vida entera de un torero, mientras que el sol de la primavera se vuelca allí arriba con toda su luz y todo su calor.
Pero el momento culminante llegó, cuando Soledad, con el fondo blanco e imponente de Alcalá, abre una pequeña cajita de terciopelo negro y aparece un pequeño mechón trenzado de pelo castaño con vetas de oro viejo. Es fácil adivinar: ¡La coleta de Lagartijilla! La misma coleta que le arranca o le corta a la fuerza el toro Merino de Concha y Sierra en Madrid. La coleta con el pelo intacto con su brillo natural desafiando al olvido a pesar que cien primaveras le hayan pasado ya por los caminos del tiempo. Una reliquia torera que mueve más a la ternura que a la tristeza. El dolor vencido por la buena memoria. Y su pasodoble sigue y seguirá sonando por él muchas primaveras.
Al final, siempre queda una certeza: la memoria grande del Toreo nunca le cortará la coleta a Fernando Romero “Lagartijilla”. Nunca…
Publicado el 16 de septiembre 2010. www.cuestarana.es

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