2 agosto, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

Milagro la vida, milagro el toreo, milagro el arte y milagro el mundo.
Y el milagro de hacerse figura en México ya no se manifiesta. Porque para fraguar toreros se necesitan otras condiciones radicalmente distintas a las que hoy han patentizado los caprichudos empresarios de las plazas más importantes de nuestro país. Los toreros, en otras tierras como España, se hacen toreando, llevando atrás una administración sensata y dinámica, siendo recompensados por cada éxito, promoviéndose, preparándose y dando el rostro al toro –no al novillo manso y de engorda, víctima que es de biológicos- en los cosos de peso y exigencias. Mientras tanto en el México balaceado que nos han dejado, se van formando indisciplinadamente, con trastabilleos y desaires, y dig

Milagro la vida, milagro el toreo, milagro el arte y milagro el mundo.
Y el milagro de hacerse figura en México ya no se manifiesta. Porque para fraguar toreros se necesitan otras condiciones radicalmente distintas a las que hoy han patentizado los caprichudos empresarios de las plazas más importantes de nuestro país. Los toreros, en otras tierras como España, se hacen toreando, llevando atrás una administración sensata y dinámica, siendo recompensados por cada éxito, promoviéndose, preparándose y dando el rostro al toro –no al novillo manso y de engorda, víctima que es de biológicos- en los cosos de peso y exigencias. Mientras tanto en el México balaceado que nos han dejado, se van formando indisciplinadamente, con trastabilleos y desaires, y digiriendo dos y mil frustraciones.
Los empresarios, ante la complaciente aprobación de “ganaderos”, aduladores, cronistas lacayunos, habladores-merolicos taurinos –como los que empuñan micrófonos televisivos cada domingo en la vejada plaza de la “Ciudad de los Deportes”- y demás fauna involucrada directamente con el espectáculo, mejor que implantar y reforzar desde sus cimientos un proyecto integral que protegiera y garantizara sus interese y los de los demás actores, respectivamente se inclinaron desmesuradamente en importar espadas ibéricos, acceder a sus abusivas pretensiones –cuyo mejor y reciente ejemplo es Ponce-, reblandecer el organismo y los adheridos de prensa, lejos de generar opinión y tratar de formar criterios, dieron coba a una masa que redundó en un público consumista y no en una afición pensante.
Con una nostalgia quizás no madura todavía, se adentró mi pensamiento en esa terrible realidad; se refrescó un sentimiento y se desenrolló nuevamente la desgraciada historia de los toreros aztecas de los últimos quince años, algo más, algo menos.
El taurino Adolfo Guzmán, apoderado que fuera de los finados Valente Arellano y José María Luévano –ambos acaecidos en trágicos accidentes de tráfico…-, anunció con modos oficiales que estará administrando la carrera del matador de toros poblano Jerónimo Aguilar. Es una realidad que este formidable coletudo no está en edad biológica como para pretender adquirir el título de “Mesías” de la fiesta, sin embargo el haber decidido tratar de reintentar conquistar mejor sitio, como decisión personal, es vastamente respetable.
Jerónimo, sobrino nieto de aquel “Ranchero” dislocado, sentimental, sabroso, enterregado, lejano, profundo y heredero de la Madre Tauromaquia Mexicana, fue elemento de una generación que llena estaba de jóvenes interesantes; la planilla se conformaba por un ramo variado y nuevo que otorgaba ofrecimientos satisfactorios de estilos, conceptos y temperamentos.
En general se trataba de la materia suficiente para continuar siendo independientes taurinos de la Europa voraz, y en lo particular de un Jerónimo sellado con esa figura clara. Era un torero a cuyo nombre estaba el testamento de la que se llama escuela mexicana del toreo.
Jerónimo es un espada con un olor antiguo embriagante, dueño de un temple dorado y de un perfil artístico tan bueno como el mejor. Es más, eso de siempre lo tuvo.
Una corrida nocturna en la Monumental de las Flores, lo recuerdo muy bien, “El Juli” otorgaría el doctorado al norteño Javier Gutiérrez, “El Cachorro”, ante la testificante persona del diestro que trato; y entonces, evocando aires de viejo toreo se ofrendó poderoso y artista ante un toro maldito, resabiado y exigente al que de modo cabal, tras una faena recia, de excelente caligrafía, una vez absorbido en los encajes misteriosos de sus avíos rancios, desorejó con maneras cabales. Y a sabiendas de la proyección y dimensiones del mestizo, previniendo cualquier contingencia, ¡como se iba a ir por delante un “mexicanito!, le tenían al ibero un becerrote bien cebado, proveniente, como no, de los potreros de Teofilito Gómez al que aprovechando su ingrata ductilidad, hasta indultó; pero lo torero y legítimo, con antelación genuina, ya se había quedado grabado en el redondel.
Como este, hubo varios triunfos más; sin embargo el camino para él y para sus compañeros de generación aguardaba entramados dañosos, como partes de un sistema que, es claro, no ha funcionado. Y así, se difuminaron valiosos elementos.
Sabrá Dios cuantas generaciones de buenos toreros ha desperdiciado nuestro sistema.
Jóvenes excelentes, frescos, dinámicos y con despejados horizontes taurinos, sí hay de naturalidad mexicana; milagrosamente siguen naciendo en esta tierra de la serpiente de crótalos y bajo el cielo del águila real; ahí están para quienes quieran algo de ellos. Son otra generación formidable; cromatizados del verde más puro refulgen en el paisaje turbio de la fiesta mexicana, empero no se han formado aquí, “si no allá”, en donde, pese al blindaje que le tienen a su profesional y serio espectáculo, la fórmula les permite explayar y dimensionar sus aspiraciones.
Hay pocos taurinos que han aprendido que la patria mexicana, su patria, hoy, no está preparada para formar figuras de contexto mundial; por ello han trazado planes diferentes y se han ido al viejo mundo y se seguirán yendo, -los que cuenten con los recursos- hasta que los que forman el sistema sean beneficiados con la medicina que cure su miopía.

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