5 agosto, 2021

MONUMENTAL PETARDO… GRACIAS A LAS ABSURDAS IMPOSICIONES DE CASTELLA Y A LA MANSEDUMBRE DE LOS “BERNALDOS”.

Martín Fierro, extraño personaje cabalgante de las interminables pampas, creado con y por la pluma del genial José Hernández, de modo verificado dice que quien pierde la vergüenza jamás la vuelve a encontrar; y será difícil que la hallen quienes tuvieron la culpa de que en la Plaza México, que recibió a menos de la mitad de su imponente aforo, ayer se viviera una de las tardes más desangeladas de su historia ya que esa tercera función concluyó con un rotundo petardo. Y aún así, haciendo de la fiesta un bagazo, pretenden que sea declarada patrimonio inmaterial…

Martín Fierro, extraño personaje cabalgante de las interminables pampas, creado con y por la pluma del genial José Hernández, de modo verificado dice que quien pierde la vergüenza jamás la vuelve a encontrar; y será difícil que la hallen quienes tuvieron la culpa de que en la Plaza México, que recibió a menos de la mitad de su imponente aforo, ayer se viviera una de las tardes más desangeladas de su historia ya que esa tercera función concluyó con un rotundo petardo. Y aún así, haciendo de la fiesta un bagazo, pretenden que sea declarada patrimonio inmaterial…
Una persona que fue matador, Javier Bernaldo, pretende participar en el espectáculo taurino personalizando los conceptos a su gusto y satisfacción en vez de proyectar los elementos que le den seriedad y edificación, y deshonrosamente desembarcó a ocho reses como para señoritas, dispares en tipo, algunos de bonita lámina, sin embargo carentes del mínimo trapío; fue un conjunto de bóvidos que en el ruedo no embistieron pero si extrañaron a sus madres, ya que el recuerdo de éstas lo tenían muy fresco todavía. ¡Qué juventud aquella! Pero eso no fue todo; para pináculo de las burlas y el fracaso, llenaron de mansedumbre el anillo hasta enfadar y encrespar a las conciencias sensatas.
El paseíllo fue protagonizado por Sebastián Castella (al tercio tras petición, pitos y tibias palmas en el de regalo), Octavio García, “El Payo” (oreja protestada y división) y Juan Pablo Sánchez (al tercio, al tercio tras aviso y silencio en el de obsequio).
Lo siento por Juan Pablo, ya que es un joven fresco, distinto, muy preparado y no merece semejante trato como el de andar de vasallo de un galo diestro que se ha burlado de nuestra fiesta como ha querido.
La plaza México hace mucho que perdió su categoría y hoy quien quiera la puede clasificar como la más pachanguera del mundo, pese a que ayer ni eso les resultó bien a los que la tienen secuestrada.
Hace poco tiempo me atreví a escribir que la suerte de varas no tardaría en desaparecer; no me equivoqué. El primer animal de la tarde, un torillo que topeteó la coraza pasó sin ser picado; la almendra jamás penetró en sus carnes…
Los demás apenas cumplieron en discretos puyacitos.
Juan Pablo Sánchez, confirmante en esta desagradable corrida, evidentemente ha desarrollado el manejo de la capa; con ella lanceó suavemente, como quien acaricia con testales. Y, lo esperado, en el tercio de muleta se sufrió la inaceptable puesta de un inofensivo, discapacitado y manso bovino que no hubiera asustado ni a las madres de la caridad. Así, con eso delante, se calificó a un joven hacendoso y deseoso de triunfo pero frustrado, que apenas pudo dar un boceto de su preparación, temple y sereno valor y que no se vio bien con el acero. Solo salió al tercio. Repitió el trazo capotero en el sexto, y encuadrado en ese mismo contexto, el de la mansedumbre de toretes de carruaje, hizo con la sarga lo más valioso de la parte ordinaria de la función. Su esfuerzo lo dimensionó con serenidad, temple y largueza, quedando encima de la res, a la cual le hubiese cortado quizás un apéndice si no se hayan interpuesto varios pinchazos antes de la estocada y cualquier cantidad de golpes con la corta. Por desgracia apostó equivocadamente y en mala hora se puso a regalar un becerro grandote, bien engordado, tan manso como para uncirle los aperos de labranza, que lastimosamente pasó más de la mitad de su estancia en el foro tirado en el suelo. El espada hidrocálido hizo nuevamente el esfuerzo sin alcanzar la gloria.
¡A cuanta estética, arte, figura y desparpajo hubo por parte del sinvergüenza de Francia en el segundo! Pero mérito, honor y verdad, ningunos porque aquel becerro topetón fue candidato del arado y murió antes de una estocada desprendida.
El buey cuarto de la tarde era hasta como para iniciar el trasteo acostado; bueno, sentado en el estribo lo abrió Sebastián, quien pese a la figura y solvencia, más bien su rival ganó, ya que inspiraba ternura y lástima por lo que provocó el repudio y las risas de muchos.
Húbosele de aguantar al extranjero un obsequio, otro obeso cuadrúpedo a la más de manso e incrustado a la superficie. Esta vez no salió el numerito de los regalos.
La primera salida del Payo quedó sellada por sus bien hechas chicuelinas y por el petardo final, pese a la superficial alegría de un sector de la parroquia. Ante el intrascendente rumiante pegó bonitos pases; eso no es torear y como nunca metió a la muleta al antagonista, osciló entre episodios regulares y malos a más de instantes muy destanteados. Acabó con estocada tendida y caída. Su segunda propuesta fue de los más ordinaria, desgraciada, descoordinada y absurda, teniendo, para no variar, otro desbravado animal al que tenía que pinchar antes de la certera estocada. Su rostro manaba la mueca de ser consciente de que esta tarde fracasó. Se nota que sus intereses no están precisamente en los redondeles.

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