20 septiembre, 2021

AQUELLOS MALETILLAS…

Al decir adiós al otoño y con las primeras señales del invierno a la par que las avefrías, se dejaban caer por los cuatro costados de Alcalá de los Gazules –un pueblo gaditano, en el corazón de la Ruta de los Toros Bravos– toda una furia de soñadores con hatillos al hombro se quedaban hasta el alba de la primavera o cuando el resuello de las tempraneras golondrinas. Eran los maletillas.

Al decir adiós al otoño y con las primeras señales del invierno a la par que las avefrías, se dejaban caer por los cuatro costados de Alcalá de los Gazules –un pueblo gaditano, en el corazón de la Ruta de los Toros Bravos– toda una furia de soñadores con hatillos al hombro se quedaban hasta el alba de la primavera o cuando el resuello de las tempraneras golondrinas. Eran los maletillas.
Nunca se vio –ni se verá- tantas promesas juntas; aunque fueran muy pocos los que fueron besados por la esquiva gloria. Se retrataban de una y mil maneras: los había con más o menos posibles; pero iban por derecho. Conscientes y que cada día había que sudarse el triunfo como el pan bendito. Jugarse la costosa fama a cara y cruz lo mismo con la bulla del reloj que con la vaca avisada y cornalona. Idealistas lidiadores de la amable o cruda realidad cotidiana según viniera la veta. Se “orientaban” como nadie al husmo de las faenas de tienta. Con las ilusiones intactas venteando el espectro del miedo. Esperando –tiempo al tiempo- de que le saliera el toro azul. (Ese toro misterioso que muy poquitas veces llega).
Eran seres a contracorriente, distintos, románticos hasta la locura de jugarse la vida en los claros de la noche. La figura del maletilla forma una parte importante del temperamento de un pueblo. Un auténtico fenómeno social, cultural y antropológico que rebasa lo puramente taurino. Una imagen universal de luz en un paisaje bello y duro a la vez. La cruel realidad que partía brava –superando los tópicos– de unos muchachos, sin más escuela que el hambre, la luz lunar o el furtivismo, la tapia en los tentaderos; el salto de espontáneo, la oportunidad a la puerta de la plaza; tragando carretas y carretones; con fondo de romances de valentía, talanqueras; tendidos gárrulos y torazos moruchos catedráticos en latín en los ruedos de mala muerte; la sangre derramada y la fatalidad aliada con el sino que señalaba a veces con el dedo al más pintado.
En Alcalá de los Gazules, –lo mismo que en la salmantina Ciudad Rodrigo y otros pueblos– en la década de los sesenta, con el revulsivo y paradigma de Manuel Benítez ‘El Cordobés’, tuvieron parada y fonda e intemperie también, centenares de maletillas –muchos dormían al raso bajo un capote aliviador de escarchas–. Concentrados en unos mismos vientos. Todos comiendo en el mismo plato de los sueños; pero con distinta cuchara. Unos pocos vistieron de luces con desigual suerte. Algún que otro coronó la cumbre como Miguel Márquez, (y otras figuras más).
Otros en cambio, volvieron por el camino del desengaño con mil porrazos en los cueros; pero salieron luego triunfadores en la vida, cortando las orejas y el rabo en otros menesteres. Pero todos merecen un respeto imponente, porque sacrificaron una gran parte de su juventud tras la rastra de unos sueños imposibles. Muchos tuvieron por unos instantes, el globo de la ilusión en las manos; pero un día se les escapó o voló por el aire hasta verlo desaparecer por las entrañas del cielo. Cosas de la suerte.
Alcalá, quiere reconocer y recordar siempre a aquella marabunta de muchachos, en la flor de la edad, que por unos años colorearon e iluminaron al pueblo con sus sueños románticos. Aquellos maletillas –como las golondrinas en la rima de Becker– ya… ¡no volverán!
Por tal motivo y razón el pueblo de Alcalá de los Gazules, en su inmensa mayoría, quiere convertir a aquella ilusión vivida en un vuelo inmortal o en tres maletillas fundidos en bronce para que toreen –con todos los duendes de la tierra– al toro marrajo del olvido y salir siempre, llueva o venteé o sople el Levante, por la Puerta Grande de La Memoria.

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