29 julio, 2021

JOSELITO ADAME PAGA CON SANGRE UNA OREJA.

Domingo 27 de noviembre del 2011.
Cuarta corrida de la temporada de la Plaza de toros México.
Toros: Dos de Rancho Seco para rejones, buenísimo el primero y manso el segundo.
Cuatro de La Punta para los de a pie, bien presentados y dejándose. Inclusive, el tercero y el sexto fueron bien al caballo.
Rejoneador: Diego Ventura, silencio y silencio. Regaló uno, pero fue superior a mis fuerzas y ya no lo vi. A sus dos de la lidia ordinaria los mató mal y de mala manera.

Domingo 27 de noviembre del 2011.
Cuarta corrida de la temporada de la Plaza de toros México.
Toros: Dos de Rancho Seco para rejones, buenísimo el primero y manso el segundo.
Cuatro de La Punta para los de a pie, bien presentados y dejándose. Inclusive, el tercero y el sexto fueron bien al caballo.
Rejoneador: Diego Ventura, silencio y silencio. Regaló uno, pero fue superior a mis fuerzas y ya no lo vi. A sus dos de la lidia ordinaria los mató mal y de mala manera.
Toreros: José Luis Angelino, la municipal y descabello certero en su primero. División al toro y silencio para él. El quinto se le fue vivo en medio de una bronca de las de antaño. Al sexto, que mató en lugar de Joselito Adame, le despachó de un pinchazo, una casi entera y variopintos golpes de descabello para otro aviso y volver a ser abroncado.
Joselito Adame, gran estocada entregándose, a pesar de llevar ya una cornada en el pecho: oreja. Pasó a la enfermería para ser atendido y ya no lidió al sexto.
En una tarde gélida entraron a la plaza unos doce mil parroquianos que aguantaron el frío polar, la compañía de morsas y pingüinos en el tendido, y la lluvia pertinaz para ver triunfar al cuarto torero hidrocálido de la temporada. Estos muchachos de Aguas están que no creen en nadie y sólo falta un empresario con visión que tenga amigos que críen toros bravos para armar carteles de verdadero tronío, sin recurrir a las aburridísimas vacas sagradas de ultramar.
Joselito demostró que está más puesto que el proverbial calcetín. En el único que mató, tercero de la tarde, le regaló a la gente una faena de pundonor y exposición que tuvo sus momentos de clase. El toro, un tío bien armado, que portaba el legendario sombrero de charro, vendió cara su existencia. Joselito se lo cambió por la espalda para iniciar la faena. Lo hizo una y otra vez, y en el segundo envite el aire le descubrió, cosa que el de La Punta aprovechó para echárselo a los lomos espectacularmente, infiriéndole una cornada en el pecho que pudo haber tenido consecuencias funestas. El diestro de Aguascalientes ni se vio la ropa y le endilgó al burel una serie de derechazos de gente grande, toreando como si ahí no hubiera pasado nada. Había que ver cómo se sentaba en los riñones y templaba en muletazos largos y completos. Luego el toro se agarró al piso y Adame resolvió con trincheras, de la firma y desdenes muy toreros. Abrochó el trasteo con espléndidas manoletinas, pasándose al cornúpeto en la faja. Se perfiló en la cuna y se tiró a matar a toma y daca. El bicho derrotó con saña y a punto estuvo de volver a calar al valentísimo coleta. Joselito, sin hacer aspaviento alguno, todavía dio la vuelta al ruedo portando su merecida oreja, aunque ya no podía mover el brazo derecho.
Aquí está otro integrante de la baraja nacional que vale mucho la pena, un muchacho que no escatima valor y que tiene arte del bueno. Señalemos también que puso el mejor par de banderillas de la tarde –su segundo-, en donde aguantó y se asomó al balcón. José Guadalupe puede y merece estar nuevamente en esta plaza, y la gente que le gritaba ¡Torero, torero! le vería con sumo gusto.
Lo demás del festejo fue una soberana farsa. No por los toros de La Punta, ni por el primero de Rancho Seco, sino por la actitud de Ventura y de Angelino.
José Luis Angelino dio una cátedra de cómo se puede haber sido bueno y llegar a ser malo. No moralmente, por supuesto, sino como torero. Todo lo que hizo en sus tres toros, tanto con el capote como con los banderillos (don Andrés Luque Gago así les llama) fue anodino y mediocre. Con la muleta nunca se fajó, nunca dejó ver clase ni reposo. Además, tuvo la mala idea de disgustarse con el segundo de su lote y de martirizarlo a base de golpes de descabello casi en la cruz y huyendo. Algo pudo lucir con el capotillo –si queremos ser generosos y rescatar algo-, pegando largas cambiadas y faroles de panza a porta gayola, pero una golondrina no hace verano.
Ventura estuvo gritando como un poseso y bastante fuera de cacho. Lo de siempre, a sus caballos les pegaron puntazos, se molestó con todo y con todos, y mató de forma deplorable. Por ahí hubo algún quiebro doble y hasta triple con el primer toro ya mareado de tanto correr el maratón dentro de la plaza. Quizá clavó bien algún par de banderillas a dos manos, pero a mí me dejó frió, pensando en el cartel del averno, ese que nos va a tocar como castigo –por no apreciar la cursilería y el mal toreo postmoderno- durante toda la eternidad: Diego Ventura, Enrique Ponce y Sebastián Castella, lidiando ad aeternum becerros de Bernaldo de Quirós.

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