¡BRILLANTE PETARDO EN EL VIEJO POZO DE LAS LADRILLERAS!

A muchos años luz quedó la era en que la fiesta de toros mexicana era de hombres y no de nenas caprichosas traumadas y conmovidas con su primera menstruación; y ayer en la tarde todos los involucrados en la mala administración del espectáculo taurino que empeñados están en desaparecerlo del mapa de tradiciones nacionales, le agregaron otro palazo de tierra cooperador de su enterramiento.
La tauromaquia azteca, antes de blindarla contra ataques externos de idiotas animalistas, necesita ser curada de la gangrena interna que padece de manera profunda.
Tan grande como la plaza, me refiero desde luego a la México, fueron las desventuras vistas en ella durante la quinta corrida de la campaña. Este gélido edificio de cemento, ya sin el calor de las pasiones de antaño, está disminuido a foro de entrenamiento para los coletudos extranjeros, cuya columna encabeza el “bonito” de Francia, y para cubrir pretensiones de particulares.
La entrada a sus aguantadores escaños fue miserable, como miserable fue en presencia y maleabilidad el juego del encierro de El Nuevo Colmenar, al que estoquearon Manolo Mejía (tibias palmas y pitos), El Zapata (oreja protestada y oreja) y El Cid (al tercio, silencio y división en el de regalo).
¡¿Cómo pudieron soltarle a un torero tan grande como El Cid un torillo tan menudo!? Y con el que al fin no pudo, pese al sentimiento que traía por hacer con gusto el toreo. Lo incierto del cornicorto, al que mató hábilmente, y el escaso sentido del son del sevillano, detuvieron que rompiera mayor mención que los detalles.
Quizás desilusionado por el humildísimo cimiento del espectáculo taurino mexicano, se vio achicado ante un torillo renuente a pasar, su segundo, mismo que se ponía por delante y cuyos muletazos así se los ejecutó el diestro sin dar su gran fondo –no había por donde- como profesional. También se atrevió a regalar el sobrero, un enrome becerro mamón que si se le hubiese puesto una vaca en celo delante, mejor le había besado que husmeado la vulva… y ante el que, por supuesto, nada se le agradeció. Ningún mérito hay de un compacto coletudo cuando muletea reses indignas de ser vendidas como de primera.
Por su lado y parte Manolo Mejía correspondió absurdamente a su absurda imposición en el cartel, teniendo el atrevimiento de exhibir su demacrado cuerpo, sus robustas ventajas y su torpeza taurómaca como afrenta del toreo mexicano, muy a pesar de las bondades del pobre torete que facilidades dio inocentemente para que se le hicieran chuladas y que “murió con dignidad” de una buena estocada.
¡Vaya modo de “mejorar” lo hecho antes! Quien pregunte lo que es el “destoreo”, el de Tacuba explicó en una enciclopedia el tema. Aquello fue para carcajearse de tristeza y para llorar de risa. La estocada resultó consonante con lo presentado: “Camandulera labor, ventajosa muestra en la que nunca entró a la suerte”. Jamás debió decidir vestirse de seda y oro…
Las francas intenciones de redituar el precio del boleto a la clientela, dimensionadas en los primeros tercios, los sembró El Zapata en la infértil parcela del manejable e inofensivo tercer torillo, al que con la muleta trató de interpretar un toreo populista con sus respectivas ventajas, derivando chapuceros desplantes y pases pegados salidos de su retorcido cuerpo. Finalizó con decisión de un bajonazo, pese a lo que se le dio una oreja inentendible.
Atropellando el portentoso trazo de los gigantescos banderilleros clásicos –Gaona, Armilla, Liceaga, Arruza, etcétera- con gran potencia y creyendo su propia mentira de banderillero formidable, clavó tres pares variados, estrellándose después con la sarga, avío romántico y legendario que usó nunca quieto él, encorvado siempre y firmando hueca labor, como huecas ovaciones le acompañaron a lo largo del vulgar hacer, el cual finalizó de aceptable estocada.
Ahí tienen, el bagazo seco de una fiesta que antes fue orgullo de un país que tenía mejor proyecto que el que hoy han incrustado ahora el grupo de malandrines que tienen el accidente de ser “dirigentes”.

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