24 julio, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

¡HASTA SIEMPRE TORERAZO! Sí, porque los arlequines de seda y oro que han hecho del toreo un conmovedor acto de ofrenda, nunca mueren; su cuerpo biológico es entregado al proceso de cambio, solamente. Esa es otra cosa.
Y físicamente el organismo de Diego Puerta entró en un trance que no pudo ser compatible con la existencia terrena y en las fronteras del 29 y 30 del mes recién pasado inició su eterno y sublime desmayo en el domicilio que tenía en Camas, localidad implacablemente taurina.
El valiente diestro había nacido el 28 de mayo de 1941 en la ciudad de Sevilla, en el taurinísimo barrio de San Bernardo, mejor seña.

¡HASTA SIEMPRE TORERAZO! Sí, porque los arlequines de seda y oro que han hecho del toreo un conmovedor acto de ofrenda, nunca mueren; su cuerpo biológico es entregado al proceso de cambio, solamente. Esa es otra cosa.
Y físicamente el organismo de Diego Puerta entró en un trance que no pudo ser compatible con la existencia terrena y en las fronteras del 29 y 30 del mes recién pasado inició su eterno y sublime desmayo en el domicilio que tenía en Camas, localidad implacablemente taurina.
El valiente diestro había nacido el 28 de mayo de 1941 en la ciudad de Sevilla, en el taurinísimo barrio de San Bernardo, mejor seña.
Afectado por el llamado mal de montera, jamás se detiene y debuta en público el 16 de septiembre de 1955 en la localidad de Arcena.
Pronto subió al Olimpo del cual nunca se bajó; ya de novillero se le puede escalonar en un rango de primer nombre en los carteles. Con una carrera bien entonada llega al doctorado, para lo cual se escoge como escenario la arena dorada de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, en cuyo tercio el 29 de septiembre de 1958 lo apadrina Luis Miguel Dominguín, cediéndole al primer adversario de la tarde, “Zambombero”, con la divisa de Ricardo Arellano, ante la vista de Gregorio Sánchez.
A los dos años, el 20 de mayo de 1960 llega a Madrid para confirmar la alternativa; ahora hace papel de padrino Manolo González y de testigo “Chamaco”; el burel del protocolo fue llamado “Malagueño”, que estaba quemado con la marca ganadera de D. Bernabé Fernández.
Su menudo cuerpo contrastaba con su gigantesca entrega que orientaba con el único objeto de presentar honradamente el toreo en cada pase. Nunca disminuido ante ningún alternante, tomaba formas como venero inacabable de vergüenza.
En la lista de triunfos tiene anotadas ocho puertas grandes en Madrid y en su cuerpo tuvo la huella de 55 cornadas –cuatro muy graves-, solo tres abajo del diestro más castigado por las astas de los toros en toda la historia, Luis Freg.
Curtido ya, bien cimentado como figura en el papiro de matadores, se plantea el proyecto de venir a México, lo cual cumple, y el 1° de enero de 1963 ratifica su alternativa en la gigantesca plaza de la “Ciudad de los Deportes”; esa tarde estuvo apadrinado por Manuel Capetillo quien le cedió la lidia y muerte de “Platerito”, toro de los potreros de Torrecilla al que para honrar la presentación ante la afición azteca, le traza una faena estupenda que provocó petición de oreja la cual le fue negada. A su segundo, “Cuquito”, le reedita sus maneras tan toreras y le corta un apéndice, cuando merecía los dos, no sin antes, en el cuarto que pesó 610 kilos y que correspondía al padrino, haber escrito estrujante quite por gaoneras.
Era un México taurino con matadores lidiadores antes que estilistas, donde no aparecían los duendes graciosos y en el que los abusos no contemplaban la disminución de la casta, si no por el contrario, los ases preferían las dehesas que mantenían un decoroso promedio de toros que embestían –reflexiónese en los hierros de los que estoqueó bureles en la capital el sevillano-. Habiendo firmado una primera muy buena impresión, retorna al Cono de Insurgentes el día 13, en la sexta corrida de la serie y entonces sí, detona totalmente su potencial taurómaco. Para la función se contrató un encierro de Tequisquiapan, del cual “Tortolito” y “Bandolero” son arrastrados sin orejas; éstas fueron a parar a manos del diestro como signo del par de formidables trasteos.
El 10 de febrero el titular de Las Huertas dedicó un encierro duro, que desarrolló sentido, lo que lo hizo peligroso en serie y en serio (todavía salían astados así en la México) –otro ejemplo de los planteamientos distintos que se extendían de la fiesta mexicana para con los iberos-; ante aquello, Puerta se dio como valiente y poderoso, lo que angustió y emocionó al cónclave, el cual le reconoció aprobándole dos sendas apariciones en el tercio.
El espectáculo, aquella temporada, se trasladó al Toreo de Cuatro Caminos, y hasta allá fue el valeroso Diego para presentarse el 10 de marzo. Del ganado se encargó Valparaíso y del triunfo el renombrado diestro que a “Limoncito” le cortó una oreja y tras la faena a “Soñador” dio cuatro vueltas al redondel después de que le negaron las orejas que evidentemente merecía –así como ahora en Madrid niegan algún apéndice a los exponentes mexicanos-.
1963 acabó para el sevillano con otra corrida en el embudo de la Noche Buena, el 6 de octubre desorejando a “Jerezano” de Valparaíso. Si alguien quiere ratificar la diferencia entre lo que entonces pedían las figuras para su lucimiento a lo que imponen absurdamente hoy, el resto del encierro se completó en tal función con dos de Torrecilla y dos de José Julián Llaguno.
Queda parte de la lista de triunfos de Diego Puerta sin velar; este fue solamente un boceto de su primer año en México, en donde ganó fama y reconocimiento como pleitesía a su profesionalismo y entrega, hoy que se le recuerda cuando al morir su cuerpo ha crecido su figura torera.

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