5 agosto, 2021

JOSÉ LUIS PARADA O LA SUERTE DE UN AMIGO…

A José Luis Parada lo conocí una noche en su Sanlúcar de Barrameda. En la tierra de su aire y,… su sangre. Fuimos a participar en un coloquio en su peña de la calle Trasbolsa y desde aquel preciso instante supimos el norte de uno y del otro y hasta hoy.
Aunque nos veamos de higos a brevas, siempre que nos encontramos nos fundimos en un cálido abrazo torero (sobre todo por su parte, ya que a José Luis, se le transparenta el toreo hasta en los momentos más prosaicos).

A José Luis Parada lo conocí una noche en su Sanlúcar de Barrameda. En la tierra de su aire y,… su sangre. Fuimos a participar en un coloquio en su peña de la calle Trasbolsa y desde aquel preciso instante supimos el norte de uno y del otro y hasta hoy.
Aunque nos veamos de higos a brevas, siempre que nos encontramos nos fundimos en un cálido abrazo torero (sobre todo por su parte, ya que a José Luis, se le transparenta el toreo hasta en los momentos más prosaicos).
Tenía el torero sanluqueño un compromiso de los que quitan el sueño: a escasos días toreaba en la Maestranza. Desde Sevilla a Sanlúcar se establece con el hilo del río universal una corriente más sentimental que de pura agua. José Luís es uno de los toreros que mejor han descifrado los silencios imponentes del coso del Baratillo.
Decir Sevilla era torear entre la manzanilla y el azahar.
Aquella noche primeriza en la amistad con el torero, tocado por no sé qué viento mágico, –uno que nunca tuvo espíritu de adivino– le auguré restregándole la mano por la espalda: “José Luís habrá triunfo. En uno de los dos toros llegará el lucimiento. Ya lo verás”. Y así fue. A veces el azar y las buenas intenciones se confabulan. Una oreja con sabor a gloria en una faena que salió todo el mundo comentando por la Puerta del Príncipe. Le tocaron palmas por bulerías. Le soltaron palomas al vuelo. Y se veía al torero con terno azul Picasso y remates negros con la faz iluminada por el calor y el peso del triunfo, caminando toreramente, salpicado su paso por rosas y claveles que volaban desde el tendido. Una metamorfosis de flor en pájaro.
A la salida de los toros –entre la bulla– oí decir a una mujer jerezana: “Me emociona mucho Parada, porque torea como habla: con mucha dulzura”, una versión del archidicho belmontino que se torea como se es.
Hablar con José Luis Parada es imaginarlo toreando. La palabra justa y templada. Y todo ello desde un poso y pozo de buenos sentimientos. Es natural como la espuma del mar. Sereno como la brisa de Bajo Guía. Nunca en la vida ni en el toro se le ve artificioso. La alharaca no existe en su devocionario y diccionario cotidiano. Se presenta siempre sin falsos ropajes “desnudo como los hijos de la mar” en el numen de Antonio Machado. Es discreto –como todos los talentos– y sencillo por bienaventuranza. En cualquier orden de la vida los genios o las mentes privilegiadas son gente cercana, porque no son fatuos y saben percibir con toda claridad la línea imaginaria entre la realidad y lo ficticio.
José Luis Parada, del éxito atronador ha pasado sin solución de continuidad a la soledad escogida de la vida del campo. Viviendo cada día el espectáculo de la naturaleza. De la solanera al levante y viento sur; de la escarcha o el rocío a la hervina y a la herriza; de los claros a la apretada umbría del monte; de las aves de invierno reflejada en los charcos al vuelo del pájaro en las marismas. De la brisa camperomarinera al rebordeo inquietante del toro bravo en la celera de la primavera.
Parada sabe lo que es subirse a la barca del triunfo y a la barca del humilde pescador. Por eso, –si los duendes son propicios–sabe cantar por derecho, porque se acuerda y se acordará de lo echado atrás y toreado.
Siempre que puede el torero marismeño se da una vuelta por los orígenes para abrazar a la gente de la infancia de su Sanlúcar, que son esa misma gente que le tiraban palomas al vuelo en la Maestranza.
Ha pasado el tiempo. ¡Cómo han corrido los números negros y los coloraos!. Me invisto de nuevo –con mucha ventaja– de profeta de secano y bravío: “Nuestra amistad va a durar para siempre, José Luís y cortaremos orejas”. Seguiré siendo tu talismán; aunque ya no vistas de luces. Mañana o cualquier otro día, nos daremos otro abrazo y al menos por esos breves instantes, se me habrá pegado tu torería. Y allá arriba en el cielo purísima cruzará siempre una paloma blanca de nube confundida.

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