24 julio, 2021

LA VERDADERA HISTORIA DE SALVADOR SANCHEZ “FRASCUELO”… 1era PARTE.

En esta historia, también recogida en el libro “Chinchón Mágico” vamos a recordar hechos bastante conocidos, quizás porque ocurrieron en tiempos no demasiado lejanos.
Vemos a un joven Salvaor Sánchez, mucho antes de ser “Frascuelo”, camino de Chinchón, al encuentro de la fama y de la gloria.
En las fiestas de Santiago del año 1863, es corneado en una capea y durante unos meses es atendido por Florentino Catalán, el tío Tamayo, que era albañil y tenía un estanco, al que años después, cuando ya era famoso, su “hijo” Salvaor, le compró una posada en la plaza. Es la historia, de Salvador Sánchez, que había nacido en un pueblecito de Granada…

En esta historia, también recogida en el libro “Chinchón Mágico” vamos a recordar hechos bastante conocidos, quizás porque ocurrieron en tiempos no demasiado lejanos.
Vemos a un joven Salvaor Sánchez, mucho antes de ser “Frascuelo”, camino de Chinchón, al encuentro de la fama y de la gloria.
En las fiestas de Santiago del año 1863, es corneado en una capea y durante unos meses es atendido por Florentino Catalán, el tío Tamayo, que era albañil y tenía un estanco, al que años después, cuando ya era famoso, su “hijo” Salvaor, le compró una posada en la plaza. Es la historia, de Salvador Sánchez, que había nacido en un pueblecito de Granada…
Año 1863.
La verdadera Historia de Salvador Sánchez.
I
En la pequeña venta junto al puente que llamaban del ladrillo, en el camino de Madrid, esperaba ansioso Salvaor a que el arriero terminase de atalajar las mulas y uncirlas a los varales del carro para emprender el camino de vuelta a Chinchón.
Le habían dicho que allí siempre había ojeadores entendidos que te podían ayudar si demostrabas buenas maneras delante del toro. Era víspera de fiesta y en el carro sólo trasportaba los pellejos vacíos en los que había venido el buen vino de la tierra, y tres garrafas que aún desprendían el penetrante olor de aguardiente anisado que tanta fama le había dado al pueblo.
Manolo el arriero, al que se le conocía como el tío “Bigote”, le dijo al muchacho:
– Has tenido suerte, voy de vacío, y vas a poder hacer un camino cómodo, si pones tu capote sobre esos pellejos, te puedes preparar un buen asiento. Estaba amaneciendo y había que aprovechar las horas en las que el sol todavía no calentaba demasiado para hacer la mayor parte del viaje que venía a durar de cinco a seis horas en función de la carga.
Salvaor era un mozo bien plantao, de fina figura y de andar pausado, de mirada altanera y de hablar sentencioso. Su hermano Antonio siempre le dijo que un torero siempre tenía que comportarse con la distinción propia de un maestro y el joven se había aprendido muy bien esta lección.
De niño se había trasladado a Madrid con su familia, desde su Churriana natal, y desde muy joven había demostrado su afición a los toros, actuando de banderillero y toreando en mojigangas y charlotadas. Ahora quería darse a conocer y Chinchón bien podía ser su primer escalón para alcanzar la fama.
– Tienes que tener mucho cuidado, galán. Las capeas del pueblo son muy peligrosas, los toros están “resabiaos”, y hay mucha rivalidad entre los mozos que quieren lucirse.
Los dos hombres compartieron el almuerzo que traía el arriero y el vino fresco de la bota colaboró en que la conversación fuese fluida y amable y que el camino se le hiciese, al tío “Bigote” más corto que de costumbre, oyendo las mil aventuras taurinas que Salvaor le iba contando, con su gracejo granadino pero con una seriedad impropia de sus veintiún años.
Llegaron al pueblo a primeras horas de la tarde y el arriero le invitó a comer en su casa, pero Salvaor pensó que ya eran muchas las atenciones que había recibido y lo rehusó amablemente, aunque tuvo que aceptar un trozo de longaniza y un cantero de pan que le puso en la mano a la hora de despedirse.
Cuando llegó a la plaza recibió una fuerte impresión. La plaza lucía ya engalanada para la fiesta del día siguiente. Se había formado el ruedo con carros y se habían colocado talanqueras para ampliar la capacidad de espectadores. Algunas balconadas ya se habían adornado con mantones y colgaduras que daban la nota de colorido a la luz del sol implacable que caía de pleno.
Sólo bajo los soportales se notaba un vientecillo fresco que aplacaba los rigores del aire que casi se hacía irrespirable. Salvaor colocó su capotillo junto a una de las columnas y se sentó en la piedra reluciente y fresca de uno de los escalones. Sacó de su hatillo las viandas que le había regalado el tío “Bigote” y empezó a comer admirando la mole pétrea de la Iglesia que presidía todo aquel conjunto arquitectónico que más parecía un grandioso decorado que la plaza de un pequeño pueblo.
A su derecha, en la parte de arriba de la plaza, una fuente, sin duda, recientemente remozada, le ofreció las frescas aguas de sus chorros que caían monótonos y sin pausa en un gran pilón en el que abrevaban unas mulas que venían del campo. Se refrescó la cabeza y los brazos y quedó pensativo sin atreverse a beber.
Una mujer, que contemplaba entretenida la escena, dirigiéndose al maletilla, le dijo:
– ¡Bebe, sin miedo, ese agua, buen mozo, y serás torero famoso!
Esa tarde conoció a varios mozos del pueblo; Aureliano Serrano, Valentín Catalán, el hijo de la estanquera y otros aficionados que le fueron poniendo al corriente de los usos y costumbre del pueblo, en materia taurina.
– Tienes que esperar a que los mozos hagan los primeros recortes al toro, si no, no te van a dejar que torees… Luego ya no se meterán contigo…
– En cambio, si te ves achuchado por el toro, te puedes acercar a los carros que te ayudaran a subir, no como en otros pueblos que no permiten que nadie se suba a su carro…
– Aquí las mujeres chillan mucho…
Aquella noche, Salvaor durmió en uno de los carros de la plaza, arropado en su capote. A la mañana siguiente se desayunó unos churros y se dio una vuelta por aquel pueblo de calles estrechas, tortuosas y empinadas. Calles empedradas y con un albañal en el centro y a uno de sus lados una senda de ladrillo rojo por donde andar en invierno para no escurrirse con los hielos sobre las piedras. Un pueblo con castillo a medio derruir y con muchas iglesias y conventos. Un pueblo que se despertaba alegre porque era la fiesta del Apóstol Santiago al que llamaban “Matamoros”. La capea, por la tarde, estaba siendo muy animada, y la plaza registraba un lleno total. Las familias de los agricultores se acomodaban en el carro que cada uno había bajado el día antes, por la mañana, a la plaza. Las balconadas estaban ocupadas por sus dueños que muchas veces no eran los propietarios de las casas, que sólo en los días de fiesta tenían que franquear el paso a los dueños de los balcones. Los que no tenían carro o balcón, se procuraban una localidad en las talanqueras o se las ingeniaban para recibir la invitación de algún amigo.
En el ruedo, Salvaor observaba a los mozos del pueblo que, como le habían advertido, no dejaban que nadie se acercase al toro con capotes o muletas. Habían llegado al pueblo otros maletillas, también, con la esperanza de poder dar unos capotazos que les abrieran la puerta de la fama.
Era un toro chico, malencarao y tardo en la envestida. Los mozos se habían cansado de citarle sin resultado y uno de los maletillas se fue hacia él con su capote envuelto en un estaquillador a modo de muleta. No logró que el morlaco se arrancase, ante los silbidos del respetable que empezaba a impacientarse por el flojo juego del astado.
Su nuevo amigo Aureliano, le animó:
– ¡Ahora, Salvador!
El de Churriana, erguido, con andares garbosos y pintureros, la cara alta y arrastrando el capote detrás suyo, cruzó el ruedo hacia el toro que seguía inmóvil y amenazante sin perder de vista a cualquiera que se moviese a su lado. Echó el capote, a una mano, al hocico del toro. Con habilidad, más propia de un maestro, consiguió atraer al animal hasta el centro de la plaza. Allí, cogió el capote con las dos manos y perfiló tres verónicas ajustadísimas, cerradas por una media con los brazos caídos, que arrancaron el aplauso unánime de la concurrencia.
Otro maletilla quiso aprovechar el clamor para intervenir, pero los mozos que estaban alrededor no se lo permitieron. Salvaor, se echó el capote a la espalda y volvió a citar al toro. Fueron tres pases cerrados por una revolera que hicieron resonar, de nuevo, los aplausos de toda la plaza. Se sintió, en ese momento, figura del toreo. Elevó sus ojos al cielo azul y, por unos instantes, se sintió trasportado a la gloria, entre el clamor y los aplausos que resonaban en sus oídos.
De pronto, ese clamor y esos aplausos se tornaron en gritos. Salvaor había olvidado que a un toro no se le puede perder la cara y fue arrollado por aquel toro chico y malencarao que le dejó tendido en la arena con una fea cogida.
– Esta herido… ¡mira como sangra!
– Ha sido en el culo… puede ser grave…
El toro salió huyendo y se refugió en la querencia de los toriles. Varios mozos, que no se habían percatado de la gravedad de la cogida, corrieron a ayudarle y le animaban a dar la vuelta al ruedo para recibir el aplauso del público.
– No seáis brutos, ¿no veis que está herido? ¡Llevadle, inmediatamente, al hospital!
Era don Víctor Marcitllach, el señor Alcalde, que presidia el festejo.
No había en la plaza ninguna estancia habilitada para atender a los heridos. Tampoco era el hospital una garantía de buena atención sanitaria. En realidad, el hospital no era mucho más que un lugar de acogimiento de pobres enfermos, por lo que sólo eran llevados allí los que no disponían de medios para pagarse una atención sanitaria.
En uno de los carros, cerca del ayuntamiento, Florentino Catalán, albañil y buen aficionado, había apreciado el garbo torero del muchacho. Sin pensarlo, se fue hacia los mozos que portaban en brazos al muchacho, y les dijo:
– Nada, de hospital, ¡llevadle a mi casa…!
– ¡Es que ha dicho el alcalde…!
– ¡Pues así lo diga Dios en el cielo… Yo no consiento que a este mozo que tanto promete se le meta en el hospital como a “probe” de pedir…
Florentino Catalán, además de albañil y buen aficionado a los toros, era conocido en el pueblo como el tío “Tamayo” y tenía un estanco del que se ocupaba su esposa.
Cuando ésta vio llegar a la comitiva, se plantó ante su marido:
– Me figuro que lo piensas cuidar tú… ¡No tengo yo trabajos “pa” meterme en uno más!
– ¡Así será! Contestó el tío Tamayo, que era castellano viejo, hombre de pocas palabras y fuertes decisiones.
– Llegó el médico al estanco, hicieron vendas de unas sábanas que tenían guardadas en un cofre, ante las protestas de la mujer, y le hizo las curas pertinentes.
Después, ya en el ayuntamiento, dio el parte médico a las autoridades.
– Ha sido una cornada ascendente, en el recto, de veinte centímetros que ha interesado el músculo, y otra de quince centímetros en el glúteo izquierdo. La cogida ha sido grave, pero si no hay infecciones, ésta la cuenta el muchacho; pero tiene para unos meses, tendrá que dormir boca abajo, y no se podrá sentar en unas semanas…
El diagnóstico del buen médico rural era acertado. Florentino y su mujer se desvivieron en atenciones al joven Salvaor, que no sabía cómo agradecer lo que aquellas buenas personas estaban haciendo por él. No tardó mucho en salir a los soportales de la plaza a darse pequeños paseos, donde recibía el cariño de todos los vecinos, que empezaron a considerarlo como uno más de ellos. Trabó una entrañable amistad con Valentín, que era un poco más joven que él, y en cuanto pudo, colaboró en las tareas del estanco, para ayudar a la que, desde entonces, llamó “madre”.
Era el año 1.863 y a mediados de octubre, emprendía el camino de regreso a Madrid, en busca de la fama que había vislumbrado mirando el cielo azul, después de una revolera ceñida a un toro chico y malencarado en el centro de la plaza de Chinchón.

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