24 julio, 2021

LA VERDADERA HISTORIA DE SALVADOR SANCHEZ “FRASCUELO”… 2a PARTE.

II
El viaje en tílburi desde Torrelodones a Chinchón era un paseo recordando aquel que había hecho en el carro del tío “Bigote” casi treinta años antes. A don Salvador le gustaba visitar regularmente el pueblo que le había hecho su hijo adoptivo y pasar unos días con aquellos amigos que siempre le demostraron cariño, admiración y agradecimiento recíproco. Porque Salvador siempre había escuchado decir aquello “ser agradecido es de bien nacidos” y no quiso olvidar nunca lo que el Tío Tamayo y su familia hicieron por él. Y consideraba que no tenía ningún mérito el haber comprado para ellos la posada de la plaza, ni haber acogido en su casa a su hijo Valentín cuando fue herido, ni todos los regalos que siempre les traía cuando venía a Chinchón.

II
El viaje en tílburi desde Torrelodones a Chinchón era un paseo recordando aquel que había hecho en el carro del tío “Bigote” casi treinta años antes. A don Salvador le gustaba visitar regularmente el pueblo que le había hecho su hijo adoptivo y pasar unos días con aquellos amigos que siempre le demostraron cariño, admiración y agradecimiento recíproco. Porque Salvador siempre había escuchado decir aquello “ser agradecido es de bien nacidos” y no quiso olvidar nunca lo que el Tío Tamayo y su familia hicieron por él. Y consideraba que no tenía ningún mérito el haber comprado para ellos la posada de la plaza, ni haber acogido en su casa a su hijo Valentín cuando fue herido, ni todos los regalos que siempre les traía cuando venía a Chinchón.
También quiso siempre agradecer a todo el pueblo su cariño, organizando festivales benéficos, como aquel del 26 de octubre de 1871 y, sobre todo, el del 21 de septiembre de 1880 con motivo de las Fiestas del Rosario.
Recordaba ahora el estoque con empuñadura de oro, costeado por suscripción popular, que le regalaron con ese motivo. En la hoja del estoque había gravadas varias escenas de la lidia y una inscripción en la que leía: “Chinchón a su hijo adoptivo”. Se lo entregó el teniente de alcalde D. Dionisio González, en una comida que organizaron el el Casino. Su amigo, el alcalde D. Víctor Marcitllach, no pudo asistir porque estaba de viaje.
Subiendo, ya a la caída de la tarde, por la calle de los Huertos, recordó aquellos meses que había pasado convaleciente en aquel pueblo, y se admiró del trabajo de rehabilitación de las calles que se había llevado a cabo durante aquellos años por la Sociedad de Cosecheros. Daba gusto ver la limpieza y el esmerado mantenimiento que se podía observar del alumbrado público con farolas de petróleo. Tenía que decir a las autoridades que ya era tiempo de pensar en cambiarlas por el alumbrado eléctrico.
En la posada del tío Tamayo habían preparado la mejor habitación, como siempre que venía, para el maestro. Y también, como siempre, después de la cena fueron llegando todos sus viejos amigos y se formó la tertulia que siempre duraba hasta altas horas de la madrugada.
-¿Cómo llevas tu vida de torero retirado?
– !”Mu” tranquilo y “mu” a gusto..! Viendo los toros desde la barrera, y dando mi opinión, mal que les pese a algunos… y cada vez más contento con la casa que me hice en la “Finca Monte Gasco” de Torrelodones…
– Hemos oído hablar que has escrito un decálogo del buen torero…
– ¿No me digas que ya lo conocéis aquí?
– Conocerlo, no, pero algo hemos oído…
– Pues escuchad:
Aquí van mis diez mandamientos del toreo:
“Primero: amar a Paquiro sobre todas las coletas.
Segundo: No jurar que vas a meterte en el morrillo de los toros para luego no arrimarte nada.
Tercero: Santificar la fiesta española, entendiéndose que santificarla no es tirar el pego.
Cuarto: honrar a la afición que da cuanto se le pide y más de lo que puede.
Quinto: no matar como Rafael El Gallo.
Sexto: no amolar tanto a los toros ni a los espectadores.
Séptimo: no hurtar las ingles a las arrancadas de los astados, ni hurtar tantos billetes como se viene haciendo.
Octavo: no decir en los telegramas que tú estuviste colosal y tu compañero desastroso.
Noveno: no desear la cupletista o super-tanguista de tu prójimo.
Décimo: no codiciar el contrato del colega; ni el colchón del zapatero, del hojalatero y del tapicero, cuando el colchón va a la casa de empeños para luego no ver más que huir a los toreros de arriba, de abajo, de la derecha y de la izquierda”.
– Pues esto no va a gustar demasiado a algunos…
– Yo soy un matador de toros, aunque esté ya un poco mayor y retirado. Pero, tal vez por eso, estoy libre de toda servidumbre o compromiso con las empresas y mis propios compañeros. Creo que tengo fuerza moral para denunciar algunos de los males que aquejan a la fiesta… Sé que no es habitual encontrar entre las figuras del toreo, voces tan críticas y alejadas del acostumbrado corporativismo que siempre ha existido en el gremio…
Pero esto no es importante, contadme cosas de Chinchón…
Se fueron haciendo un repaso de las novedades del pueblo y recordando hechos importantes que habían vivido juntos.
Con los beneficios del festival del año 1880, en el que se lidiaron 4 toros de la ganadería de Veragua, tres por Frascuelo y uno por Valentín Martín, y que ascendieron a 21.301 reales, se compró una barrera, similar a la de la plaza de Madrid, que fue fabricada en Aranjuez, y para colocarla, fue necesario que la Sociedad de Cosecheros realizase las obras para reducir el ruedo.
Aunque el diestro intentó que no se supiese, era conocido por todo el pueblo que todos los inviernos daba dinero para repartir pan entre los necesitados… era “el pan de Frascuelo”.
Uno de los contertulios era su amigo Aureliano Serrano, gran aficionado a los toros, que incluso llegó a torear en una becerrada que se organizó el 19 de junio de 1879 en la plaza del castillo de Chinchón.
– ¡Mucho miedo pasaste aquel día, Aureliano…!
– Pero nos divertimos mucho. La idea de hacer una corrida de toros en la plaza del castillo, fue todo un acontecimiento. Se preparó todo muy bien y fue un gran espectáculo.
– Yo me lo pasé muy bien. Cuando recibí la invitación de mi amigo D. Tomás Ortiz de Zárate, el señor alcalde, para presidir la becerrada, no dudé en acudir, como siempre que me llaman de Chinchón.
Hizo un día espléndido. La banda de música colaboró, como todos, de forma altruista, y amenizó la tarde con las piezas más escogidas de su repertorio. Actuaron como matadores, Juan Aguado y Aureliano Serrano. Los picadores fueron Joaquín Asensio y Manuel Olivas. Actuaron como banderilleros, Tomás Díaz, Maximiano Caraballo, Gerardo Fernández y Amando Salgado. El despeje de plaza lo hicieron los jóvenes alguacilillos Gonzalo Marcitllach y Pedro del Nero. Actuaron como directores de lidia los diestros Victoriano Regatero y Valentín Martin, grandes amigos de Salvador que actuó como puntillero.
– ¡Fue un día inolvidable….!
-¡Anda, Salvador, cuéntanos lo del teatro…!
– No tiene importancia… Pues nada, que hace unos años, estaba yo aquí pasando unos días y llegó a la posada una compañía de variedades para hacer unas funciones en el teatro del Alamillo. El primer día no tuvieron muchos espectadores porque el precio de la entrada era caro para los del pueblo porque que ese año no habían sido buenas las cosechas… Me invitaron al día siguiente y cuando llegué al teatro había varias personas en la puerta, pero, parecía que no con demasiadas intenciones de entrar…
Se me ocurrió que no era bueno que mis paisanos perdiesen esta oportunidad y empecé a comprar entradas para todos los que allí estaban… No sé cómo pudo correrse tan pronto la noticia, porque al rato tuvieron que poner el cartel de “no hay billetes” y me dijeron que no conocían un éxito de taquilla tan importante en toda la historia de la compañía…
Y así, contando anécdotas y recuerdos trascurrió otra de las tertulias que siempre se organizaban en la posada del tío Tamayo, cuando recibía a su “hijo” Salvador.

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