28 julio, 2021

LA GUADALUPANA VISTO COMO FENÓMENO DE FUSION Y CONJUNCION DE CREYENTES EN EL MILAGRO DEL TOREO… ¡A LA MEXICANA!

ARRASTRE LENTO… Queda claro que el fenómeno “guadalupano” y la tradición no son un simple referente folclórico para el mexicano. Pareciera que éste, al no poderse abstraer de su gentilicio primitivo y original, con tolerante bondad acepta alternarlo con el que hinca su raigambre en un simbolismo histórico, el cual, a pesar de su longevidad, no es algo disecado para perdurar tan sólo de manera nominal puesto que el sentimiento que produce es vivo, latente, capaz de adaptarse a cada vuelco de la volubilidad histórica.

ARRASTRE LENTO… Queda claro que el fenómeno “guadalupano” y la tradición no son un simple referente folclórico para el mexicano. Pareciera que éste, al no poderse abstraer de su gentilicio primitivo y original, con tolerante bondad acepta alternarlo con el que hinca su raigambre en un simbolismo histórico, el cual, a pesar de su longevidad, no es algo disecado para perdurar tan sólo de manera nominal puesto que el sentimiento que produce es vivo, latente, capaz de adaptarse a cada vuelco de la volubilidad histórica.
Así las cosas, parece natural el paralelismo de mexicanidad del nopal, el águila y la serpiente con lo “guadalupano”. Finalmente los sociólogos afirman que es esa devoción “guadalupana” la que como ninguna otra cosa unifica a un pueblo extremadamente dividido. Y señalan que es todo un fenómeno la viveza con la que se manifiesta el espíritu sincretista de los muy diversos habitantes del México moderno.
¿El toreo mexicano también es “guadalupano”?
Por lo menos se nutre con los mismos ingredientes. Y el hecho no es casual. Tan es así que se habla de una fusión: fusión de lo español con lo mexicano a partir de lo “guadalupano”; fusión que adquirió una conciencia de profundo sentido socializador y poético; fusión que permitió admirar el águila con la serpiente en sus garras desplegar el abanico multicolor de sus alas en un vuelo triunfal hacia el azul de sus dominios abrazando sin resentimientos a los intrusos españoles que, convencidos de nuestra nobleza patrimonial, han gozado de la cálida hospitalidad del suelo azteca. Se puede inferir entonces que, a partir de entonces, las dos razas, española y mexicana, se hermanaron por el toreo aunque preservando sus respectivas idiosincrasias. El mexicano con perfil “guadalupano”, y el español con acento de “la Macarena”.
Empero en México los hechos hablan por sí solos. A mediados del siglo pasado, con su estandarte luminoso y multicolor de la “guadalupana” al frente, los aficionados mexicanos gustosos celebraban aquellas memorables festividades taurinas identificadas como corridas “guadalupanas”.
En aquellas, si bien quedaba establecida y confirmada una hermandad poética, en el íntimo decoro del ruedo rivalizaban la dignidad y el orgullo de toreros de la talla de Dominguín, Ordoñez, Litri, Capetillo, Córdoba, Rodríguez, enfrentamientos que, bendecidos por la mística protección de la “guadalupana”, eran vistos como una superproducción por los ojos deslumbrados de los aficionados de ese entonces.
Lo cierto es que el 12 de diciembre, fecha emblemáticamente mexicana a partir del día en el que en el Tepeyac se pactó nuestra identidad nacional, y se escribió el guión de nuestro destino religioso, en espiral vertiginosa se me agolpan las imágenes que, resguardadas en los anaqueles de los recuerdos, se conservan como antigüedades graficas y literarias para concederle voz a la explicación de nuestra propia Historia.
La Historia cuenta que un buen día unas velas peregrinas que el viento hinchaba en la cresta del inmenso mar, quedaron quietas frente al malecón de la Villa Rica –hoy Veracruz-. En las jarcias de las naves venían atrapados peregrinos, costumbres, sueños de esperanza, ideas, inquietudes, el dolor de la sangre traicionada, el doliente pesar de la desgracia y el abandono. Esa mínima parte “española peregrina”, cual polen floreciente transportado por aves e insectos extraviados, clavó sus tiendas en la hospitalidad abierta de nuestro suelo aborigen. Con su arribo, amputando catastróficamente el vernáculo brazo de nuestra cultura, y blandiendo cruz e ideas en una súbita cuanto desproporcionada invasión e injusta expropiación, se logró el tono clave del mestizaje que hoy constituye el cuerpo formal de Latinoamérica.
Con la fusión de dos civilizaciones se abrieron las rutas inexploradas a nuevas formas de vida, y es ahí, en tal principio, donde toma cuerpo y naturaleza la constitución misma del toreo a la mexicana.
Y luego, pues nace el toreo matizado con el acento y colorido. Siempre dolorido, del toreo al amparo de la Guadalupana.
Bueno, eso es lo que según textos de estudiosos, trajo el toreo español a México. La conjunción mítica de dos civilizaciones creyentes de dos de los milagros más portentosos: la Guadalupana y ¡el toreo a la mexicana!

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