MÉXICO CON PSICOLOGÍA GUADALUPANA.

El próximo lunes, cosa habitual en la puntualidad cíclica del calendario, se desprenderá de torres y campanarios el sonoro repiqueteo de badajos y metales. La animada estridencia del jolgorio se explica pues la celebración “guadalupana” no puede gozar de la discreta solemnidad que la turbulencia popular le arrebata. La fecha, 12 de diciembre, sobresale por la importancia de su simbolismo toda vez que es la venerada imagen que se adora la que explica a México.
Quienes la han estudiado, dicen que a la nación se le comprende por su psicología guadalupana. Por tanto no hay que divagar en sus afirmaciones aéreas que nieguen la historicidad de las apariciones que no se entienden si no es a través de la luz de la fe. Lo cierto es que, apegados al guión monástico que revela una significación extrahumana, conmueve con piadoso estremecimiento la presencia humana de Juan Diego.
No sé si por los efectos de la hambruna romántica que padece el mexicano en asuntos del toreo, y conducidos por la natural tendencia poética hacia la idealización de la tauromaquia, o es por la sugestión que nos inspira el humilde indígena, pero guardo la sospecha de que Juan Diego pudo haber tenido una afición por las posiciones taurinas.
No sé por dónde se llegue a otra cosa que no sea la de afirmar que el juandieguismo es amor y fidelidad, herencia viva de la cual goza todavía el alma popular de México. Y mire que, en boca de Juan Pablo II, el dicho es la síntesis de nuestra realidad: “México siempre fiel”.
Fiel a pesar del sufrimiento: cuánto debió sufrir el ya canonizado Juan Diego para que la jerarquía eclesiástica y mundana le creyeran. Puesto que no le creían los hombres, el abnegado, tímido, y desconcertado indígena quiso salir del paso cortando por el rumbo del Tepeyac para no encontrarse con aquella luminosa fantasía que podría reprocharle su ineficacia como mensajero.
Dispensado de la caballerosa hospitalidad de la fe, el embrujo y la tradición guadalupana, no puedo negar el juandieguismo taurino de México: el mexicano, tímido y abnegado, noble, tolerante y sumiso, ama y le es fiel a la tradición taurina. El torero mexicano, desconcertado aún toda vez que todavía es tiempo que no le creen, ha querido salir del paso cortando caminos por el rumbo del toreo para no encontrarse con el luminoso misticismo de su propia fantasía torera. Es hora todavía de que al mexicano no le creen que tiene indicaciones celestiales para construir su propio templo: vamos ni con el luminoso y sorprendente ayate de su arte, obsequioso manto de rosas, le toman en cuenta la pureza de su condición.
Estoy seguro que Juan Diego, como buen taurino mexicano, contuvo su amorosa irritación en la comprensión, y que en su canto sobresalía la melodía del sentimiento, la poesía, y la inspiración, virtudes teologales de la tauromaquia depositada en la fina y mágica orfebrería de Pepe Ortiz y Silverio Pérez. Por eso los diestros mexicanos no niegan su herencia juandieguista, siempre rebosante de ilusión, fe, y devoción.
El toreo a la mexicana, plasmado en doloridos colores íntimamente comprometidos con el romance, la poesía, la tradición, la nobleza y la cultura, es el reflejo de un sufrimiento religioso pues, no hay que negarlo, el torero sufre tal y como sufrió Juan Diego cuando quiso enseñar el intenso colorido de la imagen de su ayate tapizado de rosas. Pero cuando lo han visto se han maravillado con la hondura y sentimiento de su arte.
En consecuencia, quienes lo han visto, sentido y gozado como espectadores, sorprendidos no han tenido más que postrarse de rodillas ante el milagro que, junto al de la guadalupana, es el más mexicano de su propia historia: el toreo.

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