5 agosto, 2021

TRIUNFALISTA RABO PARA SILVETI.

Ahí está otro argumento formidable para los “políticos” que en sus intereses de ignorantes pretenden prohibir legalmente las corridas de toros en el DF.
Es el conjunto de hechos anteriormente maquinados, de la sexta corrida de la temporada en la Plaza México, para la cual los dueños de Los Encinos mal escogieron un encierro de seis animales sin virtudes físicas, de aspecto joven, sobre engordados con forrajes y sospechosos de pitones de los que cuatro cumplieron en el examen de las puyas, uno engañó en su huída al derribar al varilarguero y otro recargó, el sexto, que además, muy a pesar de sus malas condiciones físico-biológicas, destapó cualidades de cierta casta y ganó la vuelta al ruedo a sus despojos.
Están deshechos los valores y el sent

Ahí está otro argumento formidable para los “políticos” que en sus intereses de ignorantes pretenden prohibir legalmente las corridas de toros en el DF.
Es el conjunto de hechos anteriormente maquinados, de la sexta corrida de la temporada en la Plaza México, para la cual los dueños de Los Encinos mal escogieron un encierro de seis animales sin virtudes físicas, de aspecto joven, sobre engordados con forrajes y sospechosos de pitones de los que cuatro cumplieron en el examen de las puyas, uno engañó en su huída al derribar al varilarguero y otro recargó, el sexto, que además, muy a pesar de sus malas condiciones físico-biológicas, destapó cualidades de cierta casta y ganó la vuelta al ruedo a sus despojos.
Están deshechos los valores y el sentido moral que pueda tener el espectáculo taurómaco.
Ahora, ante otra esquelética entrada partieron plaza en combinación escasa de dinamismo, Guillermo Capetillo (palmas tras aviso y pitos tras aviso), Alejandro Talavante (al tercio tras aviso, palmas y silencio en el de regalo) y Diego Silveti (palmas tras aviso y orejas y rabo).
Indolente y maldito para con los valores de una fiesta agónica, el actor de Televisa ocupó el escenario con una intención ahogada en su mediocridad taurina; tan grande es que forma mares de tristeza. Teniendo un obeso e inofensivo cuadrúpedo, dio segundos desengarzados de bonita planta, mismos que coreó un poco público cada tarde más resignado y conformado con los engaños.
Fueron sabanazos desalmados los que se le vieron al “bregar” a su segundo… y ¿qué decir de su hacer muletero? Condenada sea la hora en que se animó a calzar el terno, antaño signo y distintivo de una profesión de hombres y héroes.
Tan infectada está la fiesta mexicana que hasta contaminó ya a un Talavante artista y notado que ayer, descalibrado con el toreo pero entonado como comparsa de vulgaridades y ventajas, sin son ni proyecto claro, sobre relumbrones e irresponsable, no entrando a la suerte jamás, medio enderezó una faena de muchos pases y escasos muletazos cabales. Todo ello con un torillo sin gracia al que mal mató.
Igualmente, desbravado e indeseable le salió su segundo; y que decepcionante fue el comportamiento de él que, tan pronto amañado, hizo como que toreó pero más bien pegó pases, en todo instante a visible lejana distancia. Acabó con abominable espadazo y un descabello.
Metido al síndrome del obsequio, se le anunció otro regordete del hierro titular que no sirvió para llevar a buen fin el acto y la séptima propuesta aburrió tremendamente. El rumiante fue un minusválido al que muleteó por recado…
Siempre disimulando el paso atrás, Diego Silveti usó el capote de brega para recibir al tercero y para hacerle un quite. No obstante, si alguien mantenía la fe en su muleta, estrelló ésta con unas acciones desangeladas y ordinarias, además de en los cuernitos del ungulado. Asesinó así el profundo quehacer que significa el toreo como historia y tradición, que tiene valores éticos establecidos y consolidados. El pésimo uso del acero le es genético.
Despreciando la quietud como basamento del toreo genuino, recibió al sexto y dobló la capa hasta luego de hacerle un “quite”, rematando con el capote hecho taco. Entreverando mayor conciencia de que en el diámetro arenoso estaba una res estupenda, clara, fija y de clase en las embestidas, dio muchos pases y pocos muletazos dignos de ole y ovaciones hijas de la emoción. El bovino referido iba, acudía noblemente, daba tiempo y vértice a los momentos del toreo y por debajo de este conjunto se quedó el joven. Mereció la vuelta al ruedo el rumiante después de morir de una estocada que el vástago del “Rey David” atizó por accidente y no por entrega y convicción.

Deja un comentario