DIEGO SILVETI CORTA UN RABO Y LA BRAVURA SIGUE AUSENTE.

Domingo 11 de diciembre del 2011.
Sexta corrida de la temporada de la Plaza de toros México.
Toros: Siete de Los Encinos, cómodos, débiles y descastados. Al sexto le dieron la vuelta al ruedo por su nobleza., que no por su bravura. Al séptimo lo regaló Talavante y fue un verdadero buey con polio.
Toreros: Guillermo Capetillo, al que abrió plaza lo mató de encomiable media estocada: palmas al toro y al tercio el torero. Al cuarto se lo quitó de enfrente con dos pinchazos: aviso y pitos.
Alejandro Talavante, a su primero le atizó un pinchazo, casi media y tres golpes de descabello: aviso y ovación en el tercio. En el quinto, entera trasera: silencio. Regaló un séptimo de la ganadería titular, un becerrote inválido al que despenó de estoca casi entera con travesía: silencio.
Diego Silveti, al tercero de la tarde le pegó dos pinchazos y un golpe de verduguillo: aviso y silencio. Al sexto le mató de casi entera milagrosa: dos orejas y rabo.
Para presenciar un cartel de arte, con toros a la medida para el triunfo, la Plaza México registró una entrada paupérrima, quizá unos diez mil espectadores. Ahora sí, el juez Andrade pidió un minuto de aplausos para Diego Puerta y el fotógrafo taurino Armando Rosales El Saltillense, pero se olvidó del gran diestro venezolano César Faraco. Lo dicho, el biombo está ocupado por gente de una ignorancia enciclopédica: no saben nada de todo.
Comenzó bien el festejo, pues Capetillo se confió con el que abrió plaza y hasta se quedó quieto. Claro, el bicho era un ferviente admirador de la Madre Teresa de Calcuta y ahí hubo algo de arte pero nada de emoción. ¿Los instantes memorables? una verónica, un recorte, un natural amanoletado y un trincherazo.
En el segundo de su lote, un animal menos cómodo de cabeza que sus hermanos, al veterano coleta volvió a entrarle la jindama y jamás paró las zapatillas. Ni modo, hay que decir las cosas como son. Ese torillo de Los Encinos era de mucha calidad, como para haberle visto en manos de otro torero.
Alejandro Talavante se fue de vacío, no por falta de entrega, sino porque no estuvo fino con la toledana en su primero y porque al quinto no supo imponérsele. El torero extremeño estuvo variado y artista en el segundo de la tarde. Sobresalientes fueron sus lances a la verónica, las arrucinas y capetillinas ligadas, los cambios de mano por delante, y los cambiados por la espalda. También se gustó en enormes y larguísimos naturales, parecidos al que hizo vibrar a la Maestranza en el 2007. No pudo matar como Dios manda y el gozo se fue al pozo.
En su segundo no le encontró la cuadratura al círculo, debido a que el cornúpeta le salió respondón y listillo. Ahí Alejandro dejó bien claro que no siempre posee el poder necesario para someter a un astado con algo de fiereza. Hay faenas que han caído en el olvido, las que se componen de muletazos de castigo y de toreo seco, pero esas no están en el repertorio de muchas figuras actuales.
Cometió el error de regalar un séptimo bovino, mismo que no podía ni con su alma. Talavante se esforzó y se justificó, pero el toro claudicó de inmediato, rodando por la arena con gran entusiasmo. Otra vez será.
La gente bonita fue a ver a Diego Silveti, quien en su primero no consiguió encontrar la distancia y se vio un tanto superado por las circunstancias. El de Los Encinos fue débil sí, pero tenía veinte pases buenos. Lo mejor fueron las joselillinas cambiadas, pasándose los pitones en la barriga.
El que cerró plaza fue el legendario toro de la ilusión, un burel que tenía nobleza para dar y prestar. Diego quitó por ajustadas cordobinas y cuando entendió que el astado era de triunfo grande nos deleitó con muletazos de todas las marcas, aguantando y luciendo mucho. Hubo un momento mágico, un cambiado por la espalda en el que irguió la figura como su padre, el tan querido Rey David. No olvidaremos fácilmente los siete naturales ligados y templadísimos, algo fascinante, en los que cargó la suerte con alegría y elegancia. La parte final de su trasteo fue coreada por el respetable con el grito consagratorio de: ¡Torero, torero! mientras Diego se adornaba con molinetes reminiscentes del maestro Morante y más muletazos de cartel.
La gente comenzó a pedir el indulto y a Diego no le hubiera venido mal, pero el juez se apretó los machos y le obligó a entrar a matar. Si creemos en la Virgen de Guadalupe y en la intervención de fuerzas celestiales, atribuiremos a ellas la estocada, algo milagroso. Lo digo porque parecía que Diego había pinchado en hueso, pero en un instante providencial empujó el estoque y su fe tuvo justa recompensa.
El rabo fue un premio un tanto exagerado, pero nadie se lo reprochó. Como tampoco nadie pitó al ganadero cuando éste acompaño a Silveti en la primera de sus dos vueltas al ruedo.
El Tigre de Guanajuato puede estar orgulloso de su bisnieto, como de seguro lo están Juanito, David, y Alejandro, los integrantes de una dinastía torera sin igual en el mundo del toro.

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