5 agosto, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

A poco de entablarse con su meta este 2011, arriba al paisaje mental la imagen de brillantes taurinos que iniciaron en su transcurso el eterno y divino desmayo. Figuras de telas y estoques como “Antoñete” y Puerta resultaron pérdidas físicas invaluables para la fiesta brava mundial. Pero no solo hombres de sedas y brocados cumplieron con su ciclo biológico en este terrenal existir, también se acordó Dios de elementos egregios que atrás de las barreras, cuando no tuvieron la circunstancia de amalgamarse con la gloria en los diámetros de los escenarios, sumaron al espectáculo labores formidables para el orgullo y opulencia de su cultura.

A poco de entablarse con su meta este 2011, arriba al paisaje mental la imagen de brillantes taurinos que iniciaron en su transcurso el eterno y divino desmayo. Figuras de telas y estoques como “Antoñete” y Puerta resultaron pérdidas físicas invaluables para la fiesta brava mundial. Pero no solo hombres de sedas y brocados cumplieron con su ciclo biológico en este terrenal existir, también se acordó Dios de elementos egregios que atrás de las barreras, cuando no tuvieron la circunstancia de amalgamarse con la gloria en los diámetros de los escenarios, sumaron al espectáculo labores formidables para el orgullo y opulencia de su cultura.
Tal es el caso de Armando Rosales “El Saltillense”, hombre muy original que después de haber perdido el ojo siniestro, asunto de su físico que le dio mística, cuando llevaba el acto “cómico” de sentarse impávido en el eje del anillo leyendo un periódico mientras aparecía el bovino en el escenario, en funciones taurinas populares, y no amargado por el pago contrario al que buscaba en la fiesta, se colgó una cámara fotográfica y se dio a petrificar en cuadros todo lo que de místico tiene la fiesta de los toros.
Su rúbrica iba en los espacios inferiores de las fotos, y aunque el que de esta planilla se responsabiliza era un niño apenas, imantaba mi atención la grafía de aquello que decía “Saltillense” en letras delgadas y erguidas.
Paralelamente me hechizaban los momentos que enseñaban impúdicamente y con un sello terriblemente diferente, instantes dentro y fuera de los redondeles.
Las fotografías que veía en diversas publicaciones taurinas tenían una cortesía adicional que rebasaba la frontera “simple” de lo bien hecho y/o artístico. Mejor que la intuición, capacidad técnica, afición y conocimientos de la fiesta y sus movimientos, en los marcos invade un sentimiento majestuoso y un drama de harta dimensión.
Los momentos prisioneros en láminas diversas me hablaban de su misterio; juraba yo que atrás de cada foto había más que un hombre, un personaje genial que hasta me inspiró para en algún episodio de mi adolescencia abrazar el oficio de fotógrafo taurino.
Me inquietaba también el conocer su físico; me imaginaba que debería ser una persona con sobresaliente personalidad. Duré tiempo indefinido con aquel sentimiento de imaginación hasta que un día, ya enviciado en lecturas taurinas, compré en tal bazar un número atrasado de aquella revista titulada “ToreArte”, en cuyo interior encontré una foto a medio busto de Armando Rosales con casaca torera puesta y un parche “de pirata” en el ojo lacerado. No me había equivocado, “El Saltillense” despedía una personalidad llamativa. ¡Qué coincidencia el que justamente una res de casta le haya reventado un ojo y fuera eso motivo para dimensionar el arte en el que sufriera el doloroso hecho!
Quizás la carencia física le dio una perspectiva y un lunar de enfoque por el cual le descubrió los espectros al espectáculo taurino. A partir de haber conocido solo un poco de su perfil, fue nombre infaltable en mi círculo de referencias taurómacas.
Me movía el conocerle personalmente.
Se fueron recorriendo los calendarios y el guión de mi destino me condujo al campo de las crónicas en un diario aguascalentense y alguna tarde de corrida en el coso Monumental de las Flores, vi en el callejón al “Saltillense” y no dudando empuñé grabadora, me acerqué a él y comencé una entrevista sobre las llamas de la amenidad para mi proyecto radiofónico taurino “Oro, Seda, Sangre y Sol” (Domingos de dos a tres de la tarde, www.noticierotaurino.com.mx, y/o www.uaa.mx/radio).
Por su puesto se trataba de un ser que aportó ríos de cultura a la fiesta.
Corredor de la legua, cumplió como novillero, tomó la alternativa, fue apoderado del controvertido “Gleason” y se hizo figura entre los de lente taurina, su faceta más conocida.
Era un hombre con agudo sentido de la plástica y las manifestaciones artísticas. Creó una nueva asignatura con una técnica en la que usaba papel de fotografía derramando sobre él ciertos químicos y dando lugar a figuras abstractas que profundizan el espíritu de la fiesta.
En dicha entrevista me contó que tenía sin revelar la extravagante cantidad de diez mil rollos… algo que muchos no le creían.
Por sus enfoques pasaron infinidad de personajes taurinos, entre apoderados, mozos, novilleros, matadores, ganaderos y un extenso e intenso etcétera.
El referir en esta hoja alguna gráfica famosa del famoso artista, tómese como si se metiera la mano en el océano para extraer cualquier perla bella sin menosprecio de las restantes que quedan amparadas por las aguas mágicas. Dos de sus más conocidas instantáneas fueron la de aquel toro en el coso de Texcoco que al salir embistió a una delicada parvada de palomas… o la otra, cuando, según él mimos me contó en la entrevista, captó en el patio de cuadrillas a punto de salir al redondel a despejar cuadrillas, un contraluz de hechicero al momento que Manolo Martínez extendía la diestra a Curro Rivera, después de haber durado varios años sin hablarse…
Pese a la riqueza de su obra, por la indolencia maciza de quienes “administran” la cultura en México, no pudo nunca ver su libro publicado.
Solo pido al Supremo que la mejor oración que se le haga, sea que se valore en toda su realidad la robusta herencia que dejó en sus negativos este hombre.

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