27 julio, 2021

VALIOSOS AURICULARES PARA RIVERA Y AGUILAR.

Un cartel interesante para los aficionados y sin atractivo para el público fue el que formó la séptima corrida de la serie grande en la “Señora de Insurgentes” que recibió en sus maltratados escaños a una muy mala entrada.
Esta vez Villa Carmela fue la dehesa jalisciense que se encargó de vender a la empresa un encierro más hecho que lo que se había soltado en las anteriores funciones, no faltándole un colado novillote, el tercero. Hubo algo de uniformidad en su tipo pero disparidad en cuajo. De seis, cuatro cumplieron en la suerte de varas y dos recargaron, tercero y sexto, sumando el conjunto un encierro intrascendente, no obstando ello dos de los diestros de la tercia ganaron auriculares.

Un cartel interesante para los aficionados y sin atractivo para el público fue el que formó la séptima corrida de la serie grande en la “Señora de Insurgentes” que recibió en sus maltratados escaños a una muy mala entrada.
Esta vez Villa Carmela fue la dehesa jalisciense que se encargó de vender a la empresa un encierro más hecho que lo que se había soltado en las anteriores funciones, no faltándole un colado novillote, el tercero. Hubo algo de uniformidad en su tipo pero disparidad en cuajo. De seis, cuatro cumplieron en la suerte de varas y dos recargaron, tercero y sexto, sumando el conjunto un encierro intrascendente, no obstando ello dos de los diestros de la tercia ganaron auriculares.
Por esta tarde fueron el potosino Fermín Rivera y el aguascalentense Mario Aguilar los premiados con oreja cada uno como pago cabal a sus esfuerzos y deseos de figurar en fiesta tan compleja.
El nieto y sobrino de toreros tuvo notada paciencia a un animal con patas de plomo al que paulatinamente fue descifrando hasta forjar muletazos deletreados y plenos de estética. El espigado joven declaró que tiene mucho para desarrollarse entre los de oro. Satisfecho finalizó su labor levantando una oreja, idéntico trofeo que izó un Mario que estaba obligado a recalcar lo que hizo en su primera aparición en esta campaña.
Breve y delicada fue la propuesta capotera de Fermín Rivera, dada en chicuelinas que firmaron la media basada en la lentitud y el aguante. Con la sarga en las manos entendió bien el lenguaje de un bicorne –muerto con estocada defectuosa- pasivo, débil y desrazado sobre el cual quedó gracias a la estructura que implantó, obsequiando instantes de calidad, sin embargo careciendo de la emoción que se da solamente por medio de la bravura.
Limpieza dio a ver al capotear por verónicas al cuarto, empero no diciendo mucho en sentimiento; mejores fueron sus gaoneras y posteriormente por poco el aplomo y buen gusto del potosino se impactan ante el marmolillo al que con paciencia torera desgajó un partido que se antojaba imposible y al que mató entonadamente a toro parado.
Mandones y a la vez tersos fueron los ajustados mandiles coronados por bella media de Daniel Luque.
El temple es una virtud en el toreo que además de dimensionar la estética, apuntala la técnica. El sevillano lo usó y corrigió las medias embestidas de un toro bastante inferior a él y con el que logró pases de mención, sin embargo impidiendo mejores diligencias las malas condiciones de la res laguense.
Con cierta gracia sevillana veroniqueó como saludo al quinto, suavizando más aún el son al jugar los brazos en el quite. Eso sería lo único bueno, toda vez que en el último tercio se entroncó con una res encajada a la plataforma arenosa y que medio iba con la cara en alto, como asentando su sosería. Acabó el acto de pinchazo y bajonazo.
El aguascalentense Mario Aguilar posee un sentido del ritmo del toreo capotero, fresco y luminoso; una vez más demostrado se presentó en el escenario muleta presta para dar una actuación tediosa en la que no halló ni son ni distancia correctas delante de aquel novillazo descastado, inofensivo y maleable al que despeñó de un espadazo delantero.
La mayor disposición fue el cimiento de su segunda aparición en el círculo para como utilidades adquirir las gracias de un público que vio como toreó parsimoniosamente con el percal y valientemente, bien plantado, con la tela roja, sobreponiéndose a un toro incierto que amenazaba con dejar ver una cornada y que murió de buen volapié.

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