5 agosto, 2021

CUENTO DE NAVIDAD, EL MUSEO DE CERRAJERITO.

En un día de diciembre, a las puertas de la Navidad, entre la neblina y el frío, una vieja vendedora de cupones no cesaba de pregonar la suerte. En la lejanía las campanas y los relojes se regocijaban con el tiempo. El pueblo aparecía tranquilo pero con un halo de presentida alegría, como si un espíritu hubiera bajado para teñir a la atmósfera de encendidos colores.
– ¡La suerte! ¿Quién quiere la suerte?
El chiquillo pecoso se acercó a la vendedora de la suerte dominado por una insólita curiosidad:
–Abuela, ¿dónde está el Museo de Cerrajerito?

En un día de diciembre, a las puertas de la Navidad, entre la neblina y el frío, una vieja vendedora de cupones no cesaba de pregonar la suerte. En la lejanía las campanas y los relojes se regocijaban con el tiempo. El pueblo aparecía tranquilo pero con un halo de presentida alegría, como si un espíritu hubiera bajado para teñir a la atmósfera de encendidos colores.
– ¡La suerte! ¿Quién quiere la suerte?
El chiquillo pecoso se acercó a la vendedora de la suerte dominado por una insólita curiosidad:
–Abuela, ¿dónde está el Museo de Cerrajerito?
–Vete a ver a Juan el del Trapecio. Te llevará hasta allí. Al final de ésta calle lo encontrarás, siempre está en la misma esquina; no te costará reconocerlo. Anda cojo y lleva una chaqueta de colorines de cuando andaba por los circos.
–Iré diligente. Muchas gracias señora de la suerte.
Allí estaba el hombre como un clavo, desafiando la furia del frío con una tufarada de aguardiente rancio.
–Sé muchacho a lo que vienes.
–Al museo del torero Cerrajerito –respondió el chiquillo con el semblante iluminado por la ilusión.
Después de sortear un laberinto de callejuelas largas y sombrías, el viejo trapecista y el chiquillo pecoso, dieron con una recoleta plaza en donde en el fondo en una destartalada y húmeda casa se podía leer:
“MUSEO CERRAJERITO. ABIERTO TODOS LOS DIAS. LA VOLUNTAD”.
En el interior se pintaba una oscuridad total. Olía fuertemente a naftalina. Como en un sueño, de pronto, aparecieron las paredes atestadas de viejos y amarillentos carteles de todos los tamaños y fotografías; cabezas de toros disecadas, capotes de paseo vapuleados por el tiempo; pero bellos todavía. Ajados ternos de torear, algunos conservaban todavía oscuros nubarrones de sangre vieja; cuadros al óleo de todas las facturas y calidades y un interminable acopio de objetos ilustrativos de un pasado glorioso. Llamaba la atención una gran fotografía en blanco y negro, en un lugar preferente, en la que aparecía un muchacho, con impecable terno y recibiendo los trastos de manos de un torero bajete y calvo. Al pie una placa de metal cantaba la ceremonia:
Plaza de Toros de Cádiz. 18 de abril 1916. Alternativa. Padrino; Rafael Gómez El Gallo. Soñador de Santa Coloma. Dos orejas.
Juan el del Trapecio, frotándose las manos rompió el silencio, en sus ojos había un brillo emocionado:
–A Cerrajerito le castigaron mucho los toros. Era valiente como él solo.
Verlo torear: un continuo sufrimiento. Cada tarde, se ponía los pitones en el pecho ¡Y con finura! ¡Hilo de seda! Hasta una marquesa se bebió los vientos por él. Era torero largo, aristocrático, le salía la clase por todos los poros. Llevaba el Toreo en la sangre. El mejor. Lo tuvo todo. Pero…
– ¿Vive todavía Cerrajerito?- preguntó el chiquillo sin quitarle la vista al monumental retrato de la alternativa.
–Sí; vive todavía. Está ciego por mor de una mala cornada. No tiene familia, ni salud, ni juventud, ni nada…Vive el pobre olvidado sin el calor de nadie. Por eso yo le puse éste museo para que la gloria que tuvo no se le espantara para siempre. Y de camino acarrearle unas pesetillas para que vaya tirando.
Un golpe de tos extravió la disertación del viejo trapecista, que no tardó en proseguir animoso la conversación con el chiquillo pecoso:
– Yo no fui, a pesar de las mentiras que voy soltando por ahí, más que un pobre titiritero de circo de mala muerte; pero él si fue grande ¿El más grande de todos los toreros! Toreó con los Gallos, Belmonte, Sánchez Mejías, Chicuelo, Niño de la Palma, Gaona… Ahora, mano a mano, vamos los dos, sin conocer el fracaso, aún persistimos en el empeño de soñar. Nadie nos ha olvidado, ¿sabes por qué?, porque no existimos. Sólo y nada más que el museo nos hace vivir y revivir.
Con alegre parsimonia Juan el del Trapecio, fue recogiendo las monedas del día, en la bandeja a la entrada del museo y luego fue apagando las luces. En la calle relucía el sol. Un día vestido de luces. A no mucha distancia un grupo de niños campanilleros, ensayaban una y otra vez el mismo villancico; “Olé, olé, Holanda, olé. / Holanda ya se ve…”
–La vieja vendedora de cupones terne en su cantinela:
– ¿Quién quiere la suerte? ¿Quién la quiere?
El viejo trapecista se dirige al niño pecoso, al tiempo que caminan por una alumbrada calle con bombillas de todos los colores.
– ¿Sabes qué pasa cada Navidad en el Museo de Cerrajerito?
– ¿Qué?
–Pues que un rayo de luz entra por la ventana iluminando el retrato grande de la alternativa.
El chiquillo pecoso con la mirada puesta en el infinito se pregunta:
– ¿Será el Niño Dios?
Luego, los dos desaparecieron por una calle iluminada fundidos en la misma idea: iban a visitar al torero Cerrajerito.
Mientras, en la atmósfera del pueblo iban arreciando el sonido de fondo de los villancicos.
Escrito por el autor cuando tenía 15 años; aunque se ha hecho posteriormente una corrección de estilo, la narración conserva el tono fresco originario.

Deja un comentario