20 septiembre, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

Hoy, que falta bien poco para que llegue a su episodio agónico el 2011 (realmente es el 2012, desatendiendo la errática cuenta de Dionisio El Exiguo), han pasado tres cosas: el planeta no ha sufrido ningún trastorno que ponga en peligro la existencia humana, la empresa de la “Señora de Insurgentes” ya anunció un par de carteles punto más que absurdos, y estamos viviendo en México el toreo más corto de la historia.
Corto en el trazo de los pases, obligados los espadas a ello dada la mansedumbre insulsamente impuesta por coletudos ajenos a la patria azteca.

Hoy, que falta bien poco para que llegue a su episodio agónico el 2011 (realmente es el 2012, desatendiendo la errática cuenta de Dionisio El Exiguo), han pasado tres cosas: el planeta no ha sufrido ningún trastorno que ponga en peligro la existencia humana, la empresa de la “Señora de Insurgentes” ya anunció un par de carteles punto más que absurdos, y estamos viviendo en México el toreo más corto de la historia.
Corto en el trazo de los pases, obligados los espadas a ello dada la mansedumbre insulsamente impuesta por coletudos ajenos a la patria azteca.
La sensación visual, cuando las consideradas grandes faenas actuales, es que el muletazo se extiende a dimensión tal que cataliza los oles prolongados en un canto que solo se escucha en México. Sin embargo y según las leyes de la ciencia física, no pude ser tan largo un pase cuando el diestro lo inicia al frente, a la altura de su cuerpo, que adquiere para el caso punto medio en el trayecto, y lo remata atrás de su cadera, lo más lejano que su brazo le permite. Extenso será de verdad cuando lo amanezca “allá”, lejos de su tronco el miembro superior diestro o siniestro, “atore” justo ahí la embestida del adversario, se lo lleve luego sobre las cercanías del ceñidor, lo prosiga pasada la frontera establecida con la posición en que se trasplantó y no lo remate hasta que, ya no pudiendo alargarse más el brazo ni el encaje de la tela, la acometida haya rayado imaginariamente sobre la carpeta de arena, muchas, pero muchas varas.
Así se planteaban los formidables trasteos, sobre la bravura que impulsaba a los toros a acometer de largo y no volver la cara al sitio del reto hasta haber sido burlados por un cambio en el rumbo de los engaños. Era lo que emocionaba a los grandes públicos y los toreros se consagraban interpretando tales actos.
Cada cual con sus originales modos, Capetillo, Huerta, Camino, Martínez y Rivera fueron algunos de los mejores ejemplos de esos quehaceres muleteros.
Se llenaban los anillos de compases abiertos, pechos “echados” adelante, muletas ondulantes, movimientos acompasados, espectros que se insinuaban, sentimientos que como romanientes sin permiso se escapaban, pretensiones que sin explicar sus lógicas de se realizaban y milagros que en cuerpos de clores, sombras, luces y miedos hacen el mito del toreo.
Sin embargo paulatinamente el guión fabuloso fue cambiando. Los diestros, como correspondencia a las pasadas –que no embestidas- lentas y cortas, comenzaron a reducir el trazo de los muletazos al grado de tener que ser tasados como medios pases, curiosamente en consonancia con los medios toros, la media bravura, las medias entradas y las medias figuras…
La pasiva y mediocre actitud de todos los involucrados en el espectáculo, dictaron la sentencia condenatoria al treo de hoy, que tiene que estar expiando, la mayoría de las tardes, ese tipo de faenas estandarizadas en el formato de los toretes descastados que no pudiendo muchas veces mantenerse de pie -menos embestir de largo- obligan al diestro a encimárseles, ponerles los engaños pegados a sus pitoncitos y suplicarles encarecidamente que pasen en acción retardada. Esas diligencias, entonces, hacen que el público y hasta los “cronistas” confundan la lentitud con el temple.
Ensoberbecidos y autoconvencidos los empresarios y los “ganaderos”, “respaldados” con el maldito cuento de que el toro mexicano es el ¡mejor del mundo!, Acomodan a rajatabla a su conjunto de dueños de divisas, así heredadas como adquiridas, que ponen a disposición de los comodinos y perezosos espadas de las primeras posiciones, cientos de vejados rumiantes acongojados, forzados biológica y genéticamente que primero, agachados, huelen los pies a sus matadores antes que embestir y pelear por la historia de su estirpe.
Que corto es el toreo en México hoy.
Corto porque siendo chica la medida de las pasadas, no existe espacio para que el cuerpo de los actores se disloque, “se extienda” y se “vaya” a dimensiones lejanas y se quede en las palpables , aquellas del alma, estas de la plástica, como ejercicio físico-espiritual que es dar lidia a un ser irracional.

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