¿SERÁ CIERTO QUE EN LOS TOREROS TAMBIÉN LA RISA ES LA ENVOLTURA DE UN DOLOR CALLADO?

“….tú hueles a tragedia, tierra mía, y sin embargo ríes demasiado”.
Absorto, sumergido en el íntimo ambiente de una tienta, a la cual acudí el miércoles pasado acompañando al matador Arturo Macías, y realizada en la finca del licenciado Gerardo Salas Luján, -gracias mil a su señora e hija por sus finísimas e inmerecidas atenciones- tuve tiempo para observar algunas de las singularidades que caracterizan a quienes están delante de la cara de una vaca, un novillo o un toro.
Y de las faenas camperas, interesantísimas todas ellas, el tren de la imaginación me trasladó a la solemne estación de las plazas de toros.
En la aventura del viaje mental me quedó claro que hay toreros que tiene el don de saber reír en tales circunstancias (delante de un toro, y en una plaza en la que rigor exige solemnidad y sobriedad). Y que también hay sonrisas, las que rematan a las actitudes, que a los profesionales mucho les sirve para ganarse la simpatía del espectador. ¡Qué bueno que así sea! Qué bueno que así suceda toda vez que hay ocasiones en las que los diestros no encuentran la sonrisa para usarla ni como una mascarada. Y lo celebro porque, habiendo tenido un servidor la oportunidad de experimentar situaciones en las que resulta imposible dibujar un rostro amable, parecido a la sonrisa, he comprobado que el semblante de los toreros también sabe vender, y en ocasiones hasta cautivar.
Y porque he tenido la oportunidad de convivir con los toreros en múltiples circunstancias, algunas salpicadas de aires optimistas, otras sobrecargadas de tensión y aflicción, creo estar autorizado para afirmar que los toreros no pueden, acaso porque no saben, reír de memoria, y que la risa no siempre es la fiel aliada de las situaciones favorablemente venturosas toda vez que también se puede reír de ansiedad y preocupación. La alegría no siempre es cómplice de la sonrisa.
Y porque lo he visto, y hasta sentido, también podría apuntar que la alegría, cuando no explota al exterior a través de la sonrisa, no comunica ni trasciende. ¡Alegría secreta, candela muerta!
Viendo realizar sus faenas en el tentadero a los matadores Arturo Macías, Víctor Mora, y el español José Moral, recordé que el primero, a pesar de sufrir los estragos de la violencia de las astas de los toros, y pese al miedo natural que goza y sufre a la vez, todavía sabe reír con altivez.
Pues sí amable lector, le platico que he visto la sonrisa en los toreros que, siendo alegres por naturaleza, les estimula la intensidad de la ilusión, y les alienta la firmeza y seguridad, traducida como confianza, en su convicción.
Lo paradójico es cuando, a pesar de la sonrisa, los toreros experimentan las graves sensaciones producto del “dolor” psicológico del compromiso –responsabilidad- y la incertidumbre. Ya lo dijo el poeta: “La risa en la envoltura del dolor callado”.
Lo cierto es que en el plano emocional es una experiencia única y excitante, como observador, ver cómo es que las caras risueñas de pronto se atiesan dando señales de una preocupación que punza y flagela a los toreros. Es una experiencia singular advertir que el rigor facial de los toreros se desentiende de las sonrisas cuando la responsabilidad y el miedo que experimentan con gozo –pues no llega al tormento masoquista- son un factor de carácter ético. ¿Será que presienten la tragedia?
Los aires campiranos, y el atardecer de una fría tarde de invierno, habiendo doblado capotes y muletas, subrayaron la convicción de que hay toreros cuya sonrisa espontánea, franca y alegre, hablando sin decir palabra, les resulta tan convincente que cautiva ganado simpatías a raudales. Lo cierto es que, a pesar de su increíble facilidad para sonreír, Arturo Macías no finca sus triunfos ni reconocimientos en la volatilidad de una sonrisa. Por lo menos está ya en proceso de convertirse en un torero tal que la sonrisa y la seriedad gesticular, alegría del alma, pasen a segundo plano.
arrastrelento@gmail.com

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