28 julio, 2021

DE MANZANARES A GUERNICA, PASANDO POR PICASSO.

AUTOR: Julián Martínez Arribas. Componente del Internacional C. Club Andermatt Departamento de Historia.
La tragedia fue en abril de 1937 en Guernica, ese campo de experimento de la aviación cóndor alemana.
La revancha, se produjo en agosto de ese mismo año, esta vez, sería otra ingeniería aérea, (rusa) la que reduciría a escombros la ciudad de Belchite. En ambos casos, destrucción y muerte…mucha muerte. Pero los muertos ya se sabe, son distintos, depende de quien los produzca, y así, el gobierno republicano, silenciaba la matanza que sus tropas habían perpetrado en Aragón y al mismo tiempo enseñaba al mundo entero en la Exposición Internacional celebrada ese año en Paris, una obra encargada a Picasso que describiría para siempre el dolor d

AUTOR: Julián Martínez Arribas. Componente del Internacional C. Club Andermatt Departamento de Historia.
La tragedia fue en abril de 1937 en Guernica, ese campo de experimento de la aviación cóndor alemana.
La revancha, se produjo en agosto de ese mismo año, esta vez, sería otra ingeniería aérea, (rusa) la que reduciría a escombros la ciudad de Belchite. En ambos casos, destrucción y muerte…mucha muerte. Pero los muertos ya se sabe, son distintos, depende de quien los produzca, y así, el gobierno republicano, silenciaba la matanza que sus tropas habían perpetrado en Aragón y al mismo tiempo enseñaba al mundo entero en la Exposición Internacional celebrada ese año en Paris, una obra encargada a Picasso que describiría para siempre el dolor de los ciudadanos de la localidad vizcaína y se convertiría en un símbolo del horror de la guerra. El cuadro quedo bautizado como El Guernica, se hizo en Paris, pero, se había gestado tres años antes en Manzanares, gracias a un personaje que iremos descubriendo a lo largo de este texto.
Fue un dandy, un Howard Hughes a la española, por ello, con “menos posibles”, pero de parecida personalidad y de atractivo singular. Ambos eran guapos, arrogantes a plazos, excéntricos, deportistas, amantes del riesgo, y triunfadores en muchas facetas incluidas las mujeres.
Pero hay más, gozó del cariño del pueblo y del respeto de los artistas. No son pocos los que opinan que de haber nacido en Estados Unidos, ya tendríamos en España más de una película sobre su vida. Un conocido dijo de él, «Es un macho espléndido, una curiosa mezcla de hombría violenta y charmé casi femenina; es brusco, quizá un poco duro, pero al mismo tiempo también tierno y fino». Su última conquista, Marcelle Auclair, dijo que: «El, no era seductor; era la seducción misma».
Nació en 1891, en Sevilla, hijo de un médico que como todos los padres con buen oficio, pretenden que su retoño les continué su tarea. Pero la medicina no estaba en sus planes de futuro. Su afición como escolar era la de escapar de clase e irse a jugar con otros críos a la típica zona del arenal, junto a la Torre del oro, entre ellos, con José Gómez, quien llegaría a ser el torero por excelencia, con el apodo de Joselito, y se convertiría en el hombre que mas influiría en su vida.
Con o sin el consentimiento paterno, embarca en plena adolescencia con un “pasaje” de polizón a Nueva York. Allí es detenido en la aduana y gracias a que recurrió a un hermano que vivía en Méjico, pero vio muy cerca la prisión acusado de poco menos que de revolucionario y dinamitero que ya se sabe que los americanos son muy suyos en eso de que les violenten sus fronteras.
En 1913, con 22 años vuelve desde Méjico a Sevilla, tras algún tiempo de esquivar marido celosos, con pistolas de por medio, (motivos no les faltaron a esos “pobres benditos”) y después de haber aprendido un oficio, como él decía. Otros dirían que lo que aprendió no fue un oficio, si no un vicio que le costaría la vida. Con su regreso, vuelve a ver a su amigo José, ya figura del toreo, y también a Dolores, la hermana de este, casándose con ella dos años más tarde.
Su oficio, eso sí, muy bien aconsejado por su entrañable amigo y ahora cuñado le daba dinero suficiente para mientras tanto, tener otras aficiones o caprichos. Así, se hizo boxeador aficionado, piloto de avioneta, conductor de coches de carreras, jugador de polo, y de paso, hizo hueco en su tiempo para adquirir una finca, donde vivir con la familia.
En mayo de 1920, su vida vuelve a dar otro giro, Joselito muere en Talavera, víctima de una cornada de Bailaor. No le duele la muerte del cuñado, pero la muerte del amigo lo destroza, dicen las crónicas que estuvo velándolo toda la noche, dicen también las crónicas que estuvo llorándolo siempre.
Habría que preguntarse si fue por su propensión al devaneo, o porque su matrimonio estaba tan solo sujeto por la adoración que sentía por ese familiar y amigo de la infancia, el caso es que la tragedia, lo fue acercando a la desconsolada novia de Joselito. Se llamaba Encarnación López, La Argentinita, una guapa cantante folclórica y gran bailarina de la época, que compartió tiempo con Imperio Argentina o Concha Piquer, pero un tiempo limitado, pues a estas las adelantaba en quince y once años respectivamente, por lo tanto, llegó antes al espectáculo, y luego cuando las últimas despuntaban, la Argentinita se diluía, por el dolor acumulado quizá, y una gravé enfermedad que acabó con ella a los 48 años, tras una actuación en Nueva York.
Esta relación se intentó llevar siempre con la discreción que exigía la época, nunca se perdieron las formas en el matrimonio, fue una aceptación social y familiar, sin más fuegos de artificio.
Por lo general, cuando Encarnación, estaba de gira, él vivía en su finca de Sevilla con su mujer y sus dos hijos, pero en una habitación independiente, y cuando volvía la cantante, el viajaba a Madrid, se hospedaba permanentemente en un hotel, aunque realmente hacía vida en casa de ella. La Argentinita lo introdujo en el ambiente cultural del Madrid de la época, le presentó a García Lorca, que le ayudaba con algunos arreglos musicales y letras de canciones, y de paso se dio a conocer ante esos talentos amantes del culteranismo Gongorino como Dámaso Alonso, Jorge Guillen, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, y otros artistas contemporáneos.
Enamorado de la literatura, y metido en este maremágnum de acontecimientos, pone otra nueva ocupación en su currículo y pasa a ser un mecenas en la conocida como edad de plata de la literatura española. Subvenciona el viaje y de paso apadrina en Sevilla, concretamente en el Ateneo, la conmemoración del tercer centenario de la muerte de Góngora, ¡Que menuda gracia tenemos los españoles con festejar las muertes¡ Es lícito aclarar, que de hacerlo en Andalucía, lo normal era haberlo hecho en Córdoba patria de Góngora, pero es evidente, que quien paga elige y así lo hizo, distribuyendo a los poetas, algunos en ciernes, ricos en ilusión, y pobres en dinero, entre el hotel Pacífico y su finca de Pino Montano, bautizando de paso a esa generación cultural, con el año en que se celebro, 1927.
Ya metido en faena, dio rienda suelta a otra de sus pasiones, que era la de escribir. Su creación literaria se compone de: Sin razón, muy del 27, tirando al psicoanálisis y al surrealismo, Zaya, un tanto autobiográfica y metafísica; Ni más ni menos, inédita hasta 1979, Soledad, inédita hasta 1988 y Las calles de Cádiz, un musical para la Argentinita, con canciones populares de Lorca.
Aún así, no paró su carácter poliédrico, y a sus aficiones sumo la de actor y otros compromisos, como, recuperar el tiempo que perdió en la adolescencia y estudiar el bachillerato, ser presidente de la Cruz Roja en Sevilla y ¡asómbrense¡ Presidente del Real Betis Balompié.
Por entonces, fiel a su carácter de seductor, conoció en casa de Jorge Guillen, a una escritora francesa, era hispanista, por más señas, se llamaba Marcelle Auclair. No le importó que estuviera casada, para el caso él lo estaba dos veces, la oficial y la oficiosa. Quedó prendado de ella, de su personalidad, de su cultura, y la pasión los unió el tiempo que ella quiso. Haciendo gala de ese singular sentido suyo de las “posesiones” la siguió hasta Paris, sin preocuparle que estuviera casada y tras un viaje que en aquellos tiempos no debía ser nada placentero, pero Marcelle, no dio el paso. Mejor, la Argentinita era de armas tomar, ya perdió a un hombre y a este otro no lo hubiera dado por perdido tan fácilmente.
Entre tantas maneras de vivir, mantuvo intermitente la vuelta a su oficio, o al menos a lo que realmente le había dado fama, dinero y por supuesto más de un susto, muchos más que los amantes despechados. Así, en 1934 se marcha a “faenar” a Cádiz, y aprovecha el viaje, porque él tenía amigos en todos los estamentos, para visitar a SanJurjo prisionero en el Castillo de Santa Catalina, por atentar contra la republica, esa que el mismo general ayudó a instaurar dos años antes. Tal amistad le hubiera venido muy bien a Lorca en el 36, pero se desconoce si no supo esgrimirla o se fió demasiado de Rosales. Después de Cádiz, y casi por casualidad llega en Agosto, a Manzanares, y allí, granadino lo prende por el muslo, cercano a la ingle, mientras intentaba uno de sus pases característicos, sentado en el estribo del burladero. El empezó su carrera del toreo en Méjico y por ironía del destino, la acabó al lado de un mejicano, Armillita Chico, quien daría muerte al toro que lo había empitonado, tal como él, vengo a su cuñado, Joselito el Gallo, 14 años atrás. Siempre confesó en la intimidad que cuando mató a Bailaor, fue la única vez que miro a un toro con odio y amargura.
Empezó a vaciarse de vida, el 11 de agosto a las cinco de la tarde, según Lorca, nos ha dejado escrito para siempre. Se vaciaría del todo, el 13 de Agosto en una clínica de Madrid a consecuencia de una septicemia. La medicina todavía dejaba mucho que desear. Era cierto que los toreros ponían su vida al servicio del espectáculo. Su esposa lo estuvo acompañando en todo momento y su amante, no pudo ni siquiera estar en el entierro, y lloró sola en su piso de Madrid por que otro toro había vuelto a destrozar su corazón.
Sus amigos artistas se olvidaron del hombre polifacético y lo hicieron torero para siempre, mucho más torero de lo que llegó a ser en vida.
Ensalzaron su valor, su desprecio por el riesgo, hicieron que su muerte fuera más muerte y más triste. José Caballero la dibujo a su estilo en la portada del poemario Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías que Federico García Lorca dejó cómo inolvidable elegía en la literatura… (*).
Y Picasso… que siempre confesó que los toros era lo que más echaba de menos de España, de ahí sus muchas pinturas y grabados de tauromaquia. Picasso, decía, influenciado por toda esa literatura sobre Ignacio de sus comunes amigos poetas… quiso dejar su impronta sobre la muerte del torero y esbozó, una idea en distintos borradores que deja aparcados durante tres años.
Es en 1937, cuando a través del embajador español en Francia, recibe el encargo de una obra que representase a España en la Exposición Internacional del arte y la técnica en la vida moderna que se celebraría en Paris ese mismo año. Picasso, sin apenas tiempo para crear una idea desempolva los bocetos, y empieza su gran cuadro, mural, cartel o como quiera llamársele. ¿Qué otra cosa nos representaba y sigue representado aunque nos pese a los españoles, que la “tragicomedia” de capa, montera, toro y torero?
Acabado el trabajo o a punto de acabarse sucede el bombardeo en Guernica, y la propaganda republicana toma cartas en el asunto. El resultado ya lo sabemos.
Dice Aquilino Duque, escritor sevillano y estudioso de la figura de Ignacio Sánchez Mejías que: Pablo Picasso, metido de hoz en coz en su Tauromaquia, allá por 1934, bosquejó el gran cuadro que a la vuelta de tres años no tendría inconveniente en despachar como Guernica.
Ese encargo, se hizo con la mediación de José Bergamin, uno de esos amigos artistas del 27, sospechoso de ayudar a Picasso en este cambio del motivo inicial de la obra a su denominación última, no en vano Bergamín era radical, hasta el punto de terminar sus años en Guipúzcoa. En plena democracia española colaboró con prensa tan prestigiosa como Egin y se situó políticamente en la izquierda abertzale. Un madrileño al lado del independentismo vasco, ¡manda narices¡. Un elemento así, no me parece muy de fiar.
Ya sea porque le contaran o leyera en prensa, en Alberti o Lorca, lo acaecido en Manzanares, pero fuera por lo que fuera, Picasso esbozó y posteriormente desarrolló en un mural de 28 mts. cuadrados con técnica de dibujo y collage, la Muerte de Ignacio Sánchez Mejías.
Después, al autor, le pudieron las circunstancias y una obra que habla de la España más profunda, de la España torera, esa que él extrañaba, se llenó en la imaginación de cosas que no aparecen en el mural cubista, “roble milenario destruido” aviones, escombros, bombas, y gentes corriendo por doquier, para así hacer mención a un hecho ocurrido poco tiempo antes de su presentación en la Exposición Internacional. Todos debieron quedar contentos, él por sus ingresos y futuros premios Lenin de la Paz y el gobierno de España, por la ayuda a la causa. Todos contentos… menos la verdad.
(*)… No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de tu boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos
No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda.
Como un rio de leones
su maravillosa fuerza,
y como un torso de mármol
su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza
donde su risa era un nardo
de sal y de inteligencia
Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.
¡No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.
Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
abren con dedos seguros
la flor de su calavera.
Y su sangre ya viene cantando:
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos,
vacilando sin alma por la niebla,
tropezando con miles de pezuñas
como una larga, oscura, triste lengua,
para formar un charco de agonía
junto al Guadalquivir de las estrellas.

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