1 agosto, 2021

SE REEDITAN LOS PETARDOS EN EL COSO DE LA NOCHE BUENA.

Tarde desilusionante y agua la de ayer en el coso del viejo hoyo de las ladrilleras.

Por tan absurdo cartel nuevamente las gradas despostilladas de la querida y vejada Monumental México se vieron empapadas de la lluvia que se derramó en los momentos que se soltó al primer astado, pero no de público, a éste lo ha corrido de las plazas una sólida mafia.

Los antitaurinos potenciales están en las mismas células de la fiesta.

Tarde desilusionante y agua la de ayer en el coso del viejo hoyo de las ladrilleras.

Por tan absurdo cartel nuevamente las gradas despostilladas de la querida y vejada Monumental México se vieron empapadas de la lluvia que se derramó en los momentos que se soltó al primer astado, pero no de público, a éste lo ha corrido de las plazas una sólida mafia.

Los antitaurinos potenciales están en las mismas células de la fiesta.

A la ganadería de Arroyo Zarco se le apalabró un encierro claramente desentonado en tipo y en el que hubo algunos toros con edad manifiesta pero otros, por defectos zootécnicos –como aquellos viscos o aquel de la lesión en el lomo-, no dignos de ser soltados en un ruedo que está tasado como de primera… ahora ya solo teóricamente.

En juego no presentaron complejidades, con casta discreta permitieron que sus lidiadores estuvieran en los terrenos y hasta varios pidieron mejor suerte. Tuvo mala fortuna el cuarto, que al rematar en la madera de un burladero sacó la fractura del pitón siniestro en la parte de la pala, y luego de bárbaros desatinos de la autoridad que lo cambió cuando en su morrillo ya colgaban las banderillas, apareció un chiquitín sin trapío de La Punta que fue pitado justamente apenas asomada su humilde testa.

El paseíllo fue encabezado por Rafael Ortega (oreja protestada y división), diestro que enviciado ya nada ofrece útil a la dinámica del espectáculo y que hurta lugares, Fernando Ochoa (División tras aviso y pitos) y Angelino de Arriaga (Aplausos y silencio), joven que puede ser algo en la tauromaquia si con poderosa terapia es liberado de las cobas y las mentiras y se le forja el carácter.

Angelino, precisamente, ratificó su título según la norma protocolaria; después dio sentido a la ceremonia usando la muleta para burlar las embestidas de buen estilo de un torillo noble y con recorrido, concretando un trasteo de agradable estética, aceptable planta y temple, empero interponiendo visible distancia, espacio sofocante donde se ahoga la emoción.

En el ruedo el sexto, decorosamente empleó la capa y parece que sus alternantes le contagiaron la precauciones, ya muleta en mano.

Que desilusión fue el ver como se difuminaba la única esperanza de la tarde-noche entre un espectro de mediocridades que, tal veneno que se expande y penetra como incienso, contamina la virtud hasta hacerla sufrir la metamorfosis a deshonra.

El tlaxcalteca dio pases tediosos, desconcertado y sin planteamiento cuando tenía un toro sin problemas como para haberse comprometido en busca de la verdad de la fiesta; su verdad como profesional.

Por mero requisito presentó la capa en el ruedo Rafael Ortega para acoger a su primero; luego ofreció su número banderillero, cerrando con la muleta en un acto sin clase, con cierta prudencia, mucho en parte aprovechando el intermitente viaje del gordo, descastado y aplomado burel, y por pasajes templando, lo que gustó a pocos dentro del escaso cotarro que soportó la mediocre función. Después vino la eficaz pero muy baja estocada y el inentendible apéndice.

Complaciente con sus seguidores realizó una serie de feas chicuelinas culminándola con, si, buena revolera. Sin arte dejó se le vieran navarras carentes de son y acompañadas de horripilante revolera.

Sin exponer –aventando el par en el “violín”- clavó los zarzos. De la sarga, ni hablar; si alguien no ha entendido el ventajismo exaltado, el de Tlaxcala lo desmenuzó: “Pegó pases, nunca asumió la quietud, jamás penetró a la órbita de la suerte, usó hasta la saña el pico e interpuso toda la distancia que pudo, muchas veces haciéndose taco el engaño”. Todo en un paquete. Luego mató de media estocada tendida y caída.

¡Intervención más ordinara habrase visto! Fernando Ochoa tuvo todo para entronizarse como el mandón del toreo mexicano, pero hace años que perdió ese interés y no se le desarrolló la necesidad de esforzarse por conseguir una corona en la tauromaquia. A modo entonado con su intrascendencia muletera, pinchó varias ocasiones antes del espadazo bueno.

Con el defectuoso silleto, soso sin remedio, que le dio un susto exhibió otra hoja de precauciones. Aquello ya no tenía razón de ser y el de Michoacán adoptado por Aguascalientes, mató con habilidad.

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