LOS BRAZOS ABIERTOS DE LA AFICIÓN SERÁ EL MÁS CÁLIDO Y EFUSIVO RECEPTOR QUE VAN A ENCONTRAR EN LEÓN.

ARRASTRE LENTO… Así le sucederá, en todas las plazas, a la nueva generación de toreros encabezada por Juan Pablo Sánchez, Arturo Saldívar, Arturo Macías, José Guadalupe Adame, Mario Aguilar, Fabián Barba, El Payo, Víctor Mora, Fermín Rivera, entre otros.

Generación que le vienen demostrando a los aficionados “viejos”, los que en tiempo pretérito le dieron vida a la Fiesta con su fidelidad admirativa, casi de adoración, y a los que en las crónicas de los distinguidos revisteros distinguieron genéricamente con el calificativo de “respetable”, que son capaces de despertarlos del soporífero sueño que les invadía en los tendidos de los coliseos taurinos. Estos, en trance de decepción, vivían aburridos del insoportable aburrimiento.

Antes de ésta generación así era la Fiesta de toros en México. Un país que ha viajado en un dolorido proceso histórico por los extremos: ayer por la opulencia; mañana por la miseria: ayer por la ilusión; mañana por la desesperanza.

Su territorio, según consta en la narrativa de sus historiadores, estaba saturado de templos y confesionarios, de brujos y curanderos, de burdeles y cantinas, de leyendas y misterios, de mercados y panteones, y, para colmo, estaba abigarrado de puros fregones.

Y era tan típico que resguardó por siglos en la alcancía de sus piñatas el folclore y la tradición, y fue el mariachi el que cantó, en marejadas de relajo, los sentimientos que se desbordaban al ritmo del pulque y el tequila.

Cuentan los célebres estudiosos de nuestras raíces, imprecisas para declararse herederas de la Malinche y del aventurero Cortés, que ha sido un país dividido, explotado, tímido, temeroso de verse en la cúspide, dependiente, disfuncional, adúltero, insuficiente en su propio abastecimiento, corrupto, fácil e ingenioso para la trampa, negligente, operando en él como sistema el maniático sistema del ahí se va.

Una de sus características ha sido darse en generosa entrega al ritual caótico de sus temores, de su fe, y sobre todo, al celebrado festín de sus manifestaciones tumultuarias que, en su carácter de ceremonias, ritos y solemnidades, ha depositado en la pandereta de la alegría el alma misma. Bajo ese tenor el mexicano ha puesto su alma en la Fiesta de toros, y la ha puesto llena de optimismo, de esperanza y de entusiasmo. Y sueña que sueña, ha soñado cantando que…

“…habría de venir una generación de jóvenes capaces de generar expectación, animadora de grandes bullicios”.

Por fortuna parece que ya está aquí el grupo de toreros jóvenes que obligará a los restauranteros, cafeteros y tabernarios a poner agua extra en las cafeteras, y abrirle espacio a las tripas para que le quepa otro traguito de tequila. ¡Qué tanto es tantito!

¡Por fin!, las generaciones de gigantes del ayer –Gaona, Arruza, Armilla, Garza, El Soldado, Silverio, Procuna- las que inexplicablemente dejaron una descendencia de enanos, vuelven a dar frutos a niveles de prodigio.

Y eso lo verán, por lo menos parcialmente, los aguascalentenses que hoy, mañana, y el domingo, y todavía el 4, 5 y 6 de febrero, seguramente en serpenteante caravana de automotores, se dirigirá a León para ver la actuación de los chavales que promoverán el giro de ciento ochenta grados en la Fiesta de toros mexicana.

Pues sí, los aficionados tanto viejos como nuevos están seguros que estos diestros jóvenes harán encender en las audiencias de las plazas de toros los nuevos bríos del asombro torero. ¡Que así sea!

arrastrlento@gmail.com

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