CASTELLA DESOREJA A SU PRIMERO.

Fue la décimo segunda corrida de la serie en el coso mayor del DF, el cual presentó mucho menos que media entrada. Esto ayer tarde, para lo que la empresa compró un encierro más a San Isidro, cuyo dueño remitió siete bóvidos sobre-alimentados, algunos bien cortados pero con perfiles juveniles. Todos acudieron a los empetados y en lidia global dejaron estar sin exigencias a sus matadores –por ello buscan este hierro las comodinas figuras-. Resaltó el segundo y el sexto, incluyendo el no bien ganado arrastre lento a aquel.

Se anunció para despachar tal conjunto de reses al “Zapata” (pitos tras dos avisos), Sebastián Castella (dos orejas y palmas) y al “Payo (pitos tras aviso, oreja protestada y división en el de regalo).

No mal y con mucho tiento trató sobre mandiles al bicorne de la apertura “El Zapata”; luego apuntó en chicuelinas que, si no finas, si estrechadas, y antes de sacar la pañosa clavó banderillas con tanta variedad como desatino en la colocación.

Sin proyecto se presentó en el anillo y ello, mancornado a la sosería del ungulado, arrojó una intervención aburrida, cerrada con destanteos en la suprema suerte.

Ante la imposibilidad de quedar bien con el capote teniendo en el ruedo al cuarto, se esforzó con las banderillas. La clase no es una virtud que se le note, sin embargo esta ocasión expuso más y las dejó bien colocadas. Posteriormente complementó una faena desgraciada y enfadosa ante un rumiante desbravado y al que mató no sin pasar trabajos.

Con la suavidad del alabastro, la técnica y el sitio que da el curtirse en la fiesta profesional, Castella lanceó al segundo, un animal de tanta clase como nobleza, escasa raza y debilidad y al que aprovechó el galo para hacer una composición muletera templada, variada, por ambos flancos y llena de plástica. Todo sin fatigarse –solo la casta hace sudar-. Jugó cuanto quiso y firmó luego con una estocada pasada.

Tres piezas al modo de don Manuel Jiménez obsequió a la afición, como obertura de una obra fina, plena de buena planta, exquisito gusto y delicadezas, pero sin emoción, según lógica consecuencia de enfrentar animales sumisos, bobos y/o descastados, que solo tienen buen estilo, como fue ese quinto, segundo de su lote, al que despachó con medio acero tendido, contrario y trasero y un par de descabellos.

Fabuloso fue su entrenamiento para que dé la cara en las corridas de verdad.

Le zafaron las aldabas al tercero, un bovino claro, sin complejidades, virtudes que no utilizó totalmente Octavio García, “El Payo”, quien hizo las cosas bien, sin trazas populistas, empero exclusivamente pegando pases sin expresión y mucho menos sentimiento. Se olió la carencia del son y el plan definido. Por ahí se escuchó oportuno un canto de ¡toro, toro!

Mató de estocada tendida no sin escuchar una advertencia de la autoridad.

Quizás la mente del queretano esté ahora en otros proyectos.

Con un rodillazo abrió su segunda intervención en la que “hizo las cosas por hacerlas”. El joven como que ya no siente del todo el toreo. Hubo buenos instantes muleteros y desesperación en su actitud, pero dominaron en los que se embarulló de espacios y sentido. El sitio correcto lo trae extraviado y ello provocó que despreciara las cualidades del quizás mejor ejemplar del encierro. Eso sí, la estocada fue notada.

Endemoniada y desordenadamente enfrentó al de obsequio.

Vertiginosamente flameó ambos engaños en una muestra de su desesperación por agradar cuando la situación general ya no era propicia. Lo que si sacó fueron varios golpes aparentemente sin consecuencias.

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