24 julio, 2021

LOS TOREROS CON ENTEREZA, JUAN PABLO SÁNCHEZ, DEMUESTRAN QUE LA LUNA NI ES DE QUESO NI TIENE CUERNOS.

ARRASTRE LENTO… Quisiera referirme a una a realidad indubitable: el drama del toreo es sinónimo de grandeza. Quien no lo entienda así tiene mucho parecido con aquellos primitivos que, temerosos de correr riesgos, preferían, asombrados ante el gris espesor de las nubes, quedare al resguardo de las cavernas antes que arrostrar al sol y las estrellas. Pero hubo valientes capaces de destrozar tan timoratos actitudes con viril y natural osadía, tanta, que ahora todavía, transcurrido el tiempo, no se termina de elogiarlos.

ARRASTRE LENTO… Quisiera referirme a una a realidad indubitable: el drama del toreo es sinónimo de grandeza. Quien no lo entienda así tiene mucho parecido con aquellos primitivos que, temerosos de correr riesgos, preferían, asombrados ante el gris espesor de las nubes, quedare al resguardo de las cavernas antes que arrostrar al sol y las estrellas. Pero hubo valientes capaces de destrozar tan timoratos actitudes con viril y natural osadía, tanta, que ahora todavía, transcurrido el tiempo, no se termina de elogiarlos.

Desde luego que el drama del toreo es grandeza. Quien no lo entienda así tiene mucho de parecido con aquellos que, dominados por la angustia y la preocupación, creen injustificable el sacrificio de los toreros en el ruedo. Comprendo que por su debilidad y falta de arrojo es algo que no pueden entender. Les da miedo ver el sol de frente.

No así a los toreros de vocación.

Sabido es que los toreros de vocación –que para serlo nacieron- quieren tener delante de sí un rayo de sol aún corriendo el riesgo de enceguecerse con tanto brillo. Y para lograrlo, cual guerreros cuyo escudo de armas es el valor, lo hacen apoyados en la entereza, la disposición y el conocimiento.

Y son los propios toreros los que valoran los riesgos toda vez que han asimilado la cruda realidad: para tener delante de sí un rayo de sol –luz, fama, dinero, poder- deben preparase para el gozoso martirio de una vida que, entregada su propia beatitud, les hace entender que solamente a través del generoso sacrificio puedan aspirar a contemplar de frente la luminosidad de la gloria.

Hablo de realidades, y no de sueños. Sueño era la luna -¿ensoñación?-, y hubo valientes que, transportados en estruendosos y raudos vehículos osaron demostrar que la luna ni es de queso, ni tiene cuernos, como esos en los que, en sueños, se balancean los ilusos que no poseen lo que tienen los toreros: valor, arrojo, entereza.

Con ello demostraron los astronautas, incondicionales admiradores del valor de los toreros, que es el estoicismo y el martirio lo que hace subir en espiral vertiginosa al hombre más allá de las nubes.

De ahí que las multitudes se rindan ante el valor de los toreros. De ahí que la hombría se escriba con mayúsculas, dejando las minúsculas para los patanes bravucones y busca pleitos. Y es que tal hombría se admira, pues admirable es la entereza cuando se convierte en signo de hombría moral, entendida como una cualidad humana que gira en torno a tan indestructible atributo espiritual.

Por eso siento tan notable distanciamiento empático con los que, atribulados en su propia debilidad, se aferran tiernamente a sus mascotas pareciéndoles insoportable el virtual sacrificio de las reses bravas en los ruedos. A estos defensores de la crueldad animal les resulta preferible el martirio humano –guerras, penas de muerte-porque, seguramente, no se atreven, como prosaicos primitivos, ver al sol de frente.

Así las cosas, para nada me sorprende – algo previsto por razón natural-, el doloroso sacrificio de los toreros que, como Juan Pablo Sánchez –antes lo experimentó en la misma plaza José “ito” Guadalupe Adame- son capaces de demostrar que el bizarro espectáculo es una realidad viva que, retando a la muerte, es capaz de elevar al hombre mucho más allá de su propio universo, inocua –pero justificable- pretensión, que nada tiene de perversa, de equiparase a las mitológicas entidades divinas.

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