23 julio, 2021

LE ARRANCAN SEIS OREJAS A LA BUEYADA DE XAJAY.

Domingo 5 de febrero del 2012. Corrida del sexagésimo sexto aniversario de la plaza de la Plaza de toros México. Décimo quinto festejo de la temporada.

Toros: Nueve de Xajay (hubo un sexto bis), faltos de trapío y de bravura. Salvo el tercero -arrastre lento inmerecido- que tuvo algo de motor y raza, los demás fueron mansos, débiles y sonoramente pitados. El sexto tuvo que ser estoqueado por Manzanares porque no pudo reptar hacia chiqueros, parecía que al animalito le habían dado una dosis masiva de relajantes musculares.

Domingo 5 de febrero del 2012. Corrida del sexagésimo sexto aniversario de la plaza de la Plaza de toros México. Décimo quinto festejo de la temporada.

Toros: Nueve de Xajay (hubo un sexto bis), faltos de trapío y de bravura. Salvo el tercero -arrastre lento inmerecido- que tuvo algo de motor y raza, los demás fueron mansos, débiles y sonoramente pitados. El sexto tuvo que ser estoqueado por Manzanares porque no pudo reptar hacia chiqueros, parecía que al animalito le habían dado una dosis masiva de relajantes musculares.

Toreros: Julián López “El Juli”, al que abrió plaza le cortó dos orejas después de vergonzoso julipié. Al quinto le cortó el mismo número de apéndices, pero lo mató con mucha más verdad.

José Mari Manzanares, mató de estocada recibiendo y descabello al segundo de la tarde: oreja. Al sexto bis le liquidó de pinchazo hondo sin pasar y entera defectuosa: silencio.

José Mauricio, estocada caída y tendida en el tercero: oreja. Al séptimo le atizó una buena estocada, palmas.

Diego Silveti, en el cuarto pasó fatigas para despenar al torito: tendida recibiendo, tres descabellos, pinchazo y entera baja. Le mandaron dos avisos y salió al tercio a recibir merecida ovación. Al que cerró plaza le metió tres cuartos en buen sitio que no bastaron, le descabelló hasta en tres ocasiones y escuchó un aviso: silencio.

La Plaza México festejó ayer su cumpleaños número 66 y no se llenó. Ni siquiera numerado estaba de bote en bote, digamos que la tormenta previa ahuyentó a muchos eventuales y que el execrable Super Bowl nos libró de varios miles de villamelones.

La corrida se compuso de dos partes muy distintas. En la primera los toritos medio colaboraron, los toreros se lucieron y las orejas llovieron. En la segunda no hubo más que entrega por parte de los coletas y vanos intentos de hacerle faena a bichos inválidos muy, muy mansos.

Juli estuvo hecho un león en el que abrió plaza. Recibió al de Xajay con buenos lances y quitó por chicuelinas de gran exposición. El rumiante le exigió a Julián que se pegara un arrimón descomunal. Grande estuvo el madrileño con la muleta, logrando sensacionales muletazos por ambos pitones. Los naturales fueron largos y de mucho aguante; las dosantinas emocionaron al cotarro, y la consiguiente voltereta fue espeluznante. Don Julián volvió a la línea de fuego, a jugarse la vida como los buenos, rematando el trasteo con cambios de manos, desdenes y otros adornos. No mató a ley, pero la gente pidió la oreja y el juez –con muy mal tino- le obsequió dos. El único detalle que afeó su labor fue que se regodeó en propinarle manazos al toro en el pitón para provocar la embestida.

En su segundo Juli nos deleitó con variados lances: mandiles, una tafallera, larga cordobesa y un excelso quite por zapopinas (o lopecinas, según el país donde se ejecutan). Le brindó la muerte del burel a Diego Silveti en un gesto de gran compañerismo y cultura taurina. Luego Juli se entretuvo en torear largo y templado por derechazos y naturales, complementando el trasteo con cambiados por la espalda en un palmo. La estocada demostró que el de Velilla de San Antonio aun recuerda como matar con verdad. El juez –Gilberto Ruiz Torres- le premió con otro par de apéndices que Juli paseó feliz entre la algarabía generalizada.

Manzanares toreó al segundo del festejo como sólo él puede hacerlo, con esa elegancia colosal que le caracteriza. Mientras el morito colaboró, José Mari se gustó en tandas por la derecha y dosantinas que no tienen nada que ver con las de otros toreros por la clase con que las ejecuta el alicantino.

Estoqueó recibiendo casi en la puerta de toriles, con una gran paciencia y mucho valor, lástima que tuvo que descabellarle. Una oreja fue el merecido premio a su entrega y su arte.

En esa aciaga segunda parte de la corrida, Manzanares vio como le echaban al corral al sexto, aunque tuvo que matar al lisiado pues éste no podía ni arrastrarse para abandonar el ruedo. Le tocó a guisa de sexto bis un animal impresentable que no tuvo un pase: el famoso y sempiterno sofá con cuernos. Parece que José Mari tiene por ahí otra corrida firmada para esta temporada en el coso máximo; esperemos que le salga el toro bravo para verle en todo su esplendor.

José Mauricio fue nuevamente el torero cuña que tanto gusta al aficionado. El muchacho capitalino tiene mucho sello, mucho valor y se le ve feliz en todo momento, transmitiendo el gozo de torear a los tendidos. Al tercero le pegó un quite por gaoneras limpísimas cargando la suerte con majestad.

Con la muleta en la mano estuvo siempre toreando suave, largo y artista. Hubo unos naturales increíblemente estéticos, de mano muy baja y enorme gusto, rematados con trincherillas que pusieron al público de pie. Mató con decisión y eficacia y la gente pidió la oreja con fuerza. Todavía no comprendo por qué la autoridad decretó que el cornúpeta merecía los honores del arrastre lento, ya que fue mansito y débil…

El segundo de su lote fue un manso con guasa al que José Mauricio le plantó cara y le toreó con poder y entrega. Sobresalientes fueron los muletazos de pitón a pitón en tablas, y sensacional la estocada entera. La afición le acompañó al burladero de matadores con sonora ovación.

Diego Silveti realizó probablemente la faena más emotiva de las dos corridas del aniversario. En su primero, un manso de libro, se jugó la vida con tal de demostrar que Juan, Juanito, David y Alejandro –los incomparables Silveti- pueden estar orgullosos de él. Su labor muleteril no tuvo desperdicio, pues Diego conjugó el arrojo y el temple como un grande del toreo, aunque faltó continuidad por la mansedumbre del bicho.

Hubo tandas de derechazos rematadas con la zurda, desdenes, cambios de mano por delante, dosantinas prolongadas, y unas joselillinas cambiadas de enorme valor. Tanto expuso Diego en los muletazos invertidos que se llevó un maromón horroroso, pero ni se vio la ropa y continuó pasándose al toro por la faja en la mínima distancia.

Quiso tumbar al cornúpeto en la suerte de recibir y por poco lo logra, pero la espada sigue traicionándole. Descabelló fatal y todo quedó en una salida al tercio con fuerza. Del que cerró plaza más vale ni hablar, fue un animalito incierto, manso y de muy mal estilo. Ahí el nieto de El Tigrillo sólo pudo lucir en el quite por fenomenales gaoneras y en las manoletinas de quitar el hipo.

A manera de epílogo es necesario señalar que si con tan poca tela de dónde cortar los toreros hicieron maravillas ¿qué hubieran podido lograr ante un encierro de, por ejemplo, Torreón de Cañas, o cualquier casa ganadera de Tlaxcala? Mejor ni imaginarlo, pues hubiéramos muerto de estupor y júbilo en el tendido.

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