24 julio, 2021

FAENÓN GRANDE Y COMPLETO DE JOSELITO ADAME: DOS OREJAS.

Domingo 19 de febrero del 2011. Décimo séptima corrida de la temporada de la Plaza de toros México.

Toros: Siete de Julián Hamdan, uno de regalo para Manzanares que hizo octavo. Mal presentados, estrechos de sienes, mansos, inválidos y casi todos cubetos. Al primero le despidieron en silencio, a los siguientes cinco les pitaron en serio y al de regalo unos indocumentados le aplaudieron.

Uno de Montecristo, que regaló Zotoluco en séptimo lugar, fue un becerro con casta que tuvo a mal traer a su matador: división en el arrastre.

Domingo 19 de febrero del 2011. Décimo séptima corrida de la temporada de la Plaza de toros México.

Toros: Siete de Julián Hamdan, uno de regalo para Manzanares que hizo octavo. Mal presentados, estrechos de sienes, mansos, inválidos y casi todos cubetos. Al primero le despidieron en silencio, a los siguientes cinco les pitaron en serio y al de regalo unos indocumentados le aplaudieron.

Uno de Montecristo, que regaló Zotoluco en séptimo lugar, fue un becerro con casta que tuvo a mal traer a su matador: división en el arrastre.

Toreros: Eulalio López “Zotoluco”, en el que abrió plaza, dos pinchazos y bajonazo: al tercio con división. En el cuarto, pinchazo hondo, tres descabellos, aviso y bajonazo: silencio generoso. En el de regalo, dos pinchazos, estocada fantasma y descabello: pitos fuertes al torero.

José Mari Manzanares, en el segundo de la tarde, pinchazo citando a recibir y estocada recibiendo: al tercio. Al quinto le estoqueó con verdad, pero tuvo que descabellar hasta en tres ocasiones y oyó un aviso: silencio. Al de regalo le mató de entera al volapié: oreja.

Joselito Adame, en el tercero, estocada entera, tres golpes de corta y aviso: silencio. Al sexto le propinó una gran estocada casi sin vaciar, un poco atravesada. Descabelló con clase al primer intento y cortó dos orejas de mucho peso.

Para no forzarle a usted, amable lector, a seguir la crónica hasta el final, empezaré por lo realmente importante e iré desgranando lo anodino y triste hacia las postrimerías del texto. Cuando la gente (unos diez mil paganos) estaban en el quinto sueño del aburrimiento total, vino el milagro.

Joselito se fue a porta gayola en su segundo y cambió al de Hamdan con acierto y exposición. Siguió con otras tres medias largas de hinojos de mucho fuste, rematándolas con un lance a una mano que valió el boleto por elegante y lagartijero. Llevó al toro al caballo con chicuelinas andantes abrochadas con media revolera estupenda.

El muchacho de Aguascalientes quitó por zapopinas de ponerse de pie. Inclusive, en la tercera, tuvo la genialidad de prolongar el lance y darlo cambiado: un portento de aguante, arte y decisión. Clavó tres pares de figurón del toreo: uno de poder a poder y dos por dentro, todos en lo alto, todos asomándose al balcón, todos colosales.

Comenzó su faena de muleta con dos cambiados por la espalda –reales- en los medios y tres de pecho, más quieto y erguido que un poste. A continuación Joselito se gustó en derechazos a pies juntos, secos, juncales y totalmente templados. Los desdenes viendo al tendido fueron una pintura digna del maestro Ruano Llopis. Calculando perfectamente las rácanas embestidas del bicho del sobrino de Chafick, Adame se echó la muleta a la espalda y se fajó como pocos en las joselillinas, inventándose un forzado increíble y sedeño para rematar.

Se fue José Guadalupe tras el acero sin trampa ni cartón, encunándose, con hambre y oficio. El astado, sacando el cobre y la mansedumbre no quiso doblar, pero no contaba con la magnífica manera de descabellar de José: cerca, en corto y pa’ adentro: fácil, efectivo, torero. Yo le digo, paciente aficionado, que esta ha sido la mejor faena de la temporada, merecedora de todos los trofeos. Fue una obra de arte completa, muy de verdad y portentosa.

Loor a Joselito Adame, ya no una promesa, sino una fascinante realidad de la torería mundial.

Ahora hablemos de lo trágico, de lo impresentable, de lo que hace las delicias de los antitaurinos: del mal juego del ganado.

Si Zotoluco, Manzanares y Adame porfiaron en los cinco primeros, eso no exime al ganadero de nada. Pocas veces, y es mucho decir, habíamos visto animales tan mansos, débiles y sosos. De nada valieron los ¡dieciocho minutos sin aviso! de “faena” que Eulalio López le endilgó al primero de la tarde; de nada valieron las posturas elegantes de Manzanares frente a unos bovinos lastimeros; de nada vale el arte de Cúchares si no hay toros bravos para exponer la vida con arte y mando. ¿Y los inevitables regalos? Pues por partida doble. Zotoluco estuvo mal -y que me disculpe quien alguna vez mató la camada de Miura en España- pueblerino, sin sitio, sin oficio, pero tratando de vender tonterías al tendido. El séptimo se dejaba, pero tenía jiribilla, y Lalo nunca paró los pies, conformándose con pegar horrorosos y patéticos mantazos.

El que cerró plaza, para José Mari, era de Hamdan, y medio embistió. Ahí el ídolo de la afición ultramarina toreó en cámara súper lenta, por chicuelinas, dosantinas, cambios de mano y todo lo demás, reafirmando que es un fuera de serie, un coleta non, alguien que lleva el temple y el acompañar los lances y muletazos a otra dimensión.

La oreja fue indiscutible por la manera de estoquear de José Mari, siempre vaciando lo mínimo y dispuesto a todo. Agua de borrajas fue el triunfo, si usted conoce al hijo del maestro Dolls Abellán…

Nunca sabremos si el encierro lo pidieron los veedores de ultramar (los puntilleros de la Fiesta, aquí y allá), si Julián Hamdan mandó estas birrias como una pequeña venganza contra el empresario (ya que le habían rechazado sus toros hace un par de meses), o si ahora se busca por doquier la nobleza absurda y la idiotez en los bureles, para que todo aquel que se viste e luces esté cómodo.

Que no obste para que conste: nos fuimos de la pobre Plaza México con una lucecilla muy importante en el corazón, con el recuerdo de un torero sorprendente, enorme y honrado, con la faena más concisa y verdadera de la temporada (sin olvidar a Fermín Rivera), con el nombre de un Joselito a quien José Gómez Ortega no le hubiera reñido por ser su tocayo.

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