28 julio, 2021

MONUMENTAL TRIUNFO DEL ZAPATA: TRES OREJAS Y TABACO.

Domingo 26 de febrero del 2012.

Décimo octava corrida de la temporada de la Plaza de Toros México.

Toros: Dos de La Estancia para rejones (primero y cuarto), bien presentados y colaboradores. El que abrió plaza fue extraordinario.

Cinco de Marco Garfias, hubo un séptimo regalado por Fermín Rivera.

Domingo 26 de febrero del 2012.

Décimo octava corrida de la temporada de la Plaza de Toros México.

Toros: Dos de La Estancia para rejones (primero y cuarto), bien presentados y colaboradores. El que abrió plaza fue extraordinario.

Cinco de Marco Garfias, hubo un séptimo regalado por Fermín Rivera.

Desiguales en presentación y juego, mansos, débiles y sin raza.

Toreros: Diego Ventura, en su primero, rejonazo de muerte a medio lomo y dos descabellos: al tercio con división de opiniones. En su segundo, un pinchazo y rejón de muerte traserísimo y caído: oreja inexplicable con nueva división.

Uriel Moreno “El Zapata”, estoconazo y oreja en el segundo de la tarde. En el quinto, otro estoconazo cuando apenas podía sostenerse en pie por la cornada: dos orejas.

Fermín Rivera, en el tercero, estocada un poco trasera: al tercio con fuerza. En el que cerró plaza, pinchazo hondo y palmas. Regaló un séptimo al que mató de entera tendida y tres golpes de corta: ovación.

En una tarde incierta, de viento, lluvia, sol engañoso y algo de frío, se dieron cita en La México unas once o doce mil gentes para ver un mano a mano entre dos excelentes toreros de a pie, pues el caballista, si es Ventura, no compite en justa lid.

¿Qué apuntar sobre el controvertido Diego Ventura? Pues que no tuvo un momento de temple o de elegancia en sus dos toros. Claro, toreó para la galería, a la grupa, clavó miles de banderillas de todos tamaños, se lució a sombrerazos y mató fatal.

Si el infierno existe, para caballos y aficionados, debe componerse de tardes eternas viendo a Diego raudo y por doquier. Aunque para el relampagueante centauro lusitano avecindado en la Puebla del Río, ese martirio para algunos, debe ser la justa recompensa a sus titánicos esfuerzos.

Pasemos a la parte seria del festejo. Uriel Moreno fue el triunfador indiscutible de la tarde. En su primer enemigo, un toro potable y no mal presentado, Zapata lució en todos los tercios.

Comenzó con espaldinas en tablas, verónicas y recorte a capote vuelto. Llevó al de Garfias al caballo con suaves chicuelinas andantes y remató con otro lance lagartijero. Fermín Rivera entró al quite e instrumentó chicuelinas modernas no exentas de mérito. Zapata replicó con el increíble lance del imposible, demostrando sitio y entrega.

Uriel pidió los palos y cuajó un segundo tercio memorable. El primer par fue el Monumental, en un palmo, templado y exponiendo horrores. El segundo fue al violín aguantando todo, y el tercero fue por dentro en todo lo alto. No contento con lo realizado, Zapata recortó al burel con una maestría tal que hubiera puesto negro de coraje al Fandi. La gente le tributó una ovación de pie mientras el tlaxcalteca daba una apoteótica y panística vuelta al anillo.

Uriel brindó al cónclave y comenzó su faena de muleta con el muletazo de Antonio Campos “El Imposible”. Zapata se sentó en los riñones y toreó con gusto al derechazo hasta que el bicho claudicó, rodando por la arena y defendiéndose.

El coleta de la tierra de Dios y de María Santísima (Tlaxcala, para los neófitos) se perfiló como los buenos y pegó el estoconazo total. Dice Guillermo Sureda en su “Tauromagia” que: “Lo importante es entrar a matar con valor, rectitud y temple. Lo demás son cuentos chinos”. Así mató Zapata y la oreja fue poco premio para tanta verdad en el segundo y en el último tercio.

Salió el quinto, una res con ganas de embestir pero justa de fuerzas. Aquí hay que hacer un paréntesis para consignar una de las injusticias del público. Cuando un diestro está sobrado, con sitio y con ganas, todo se ve fácil y no se valora con generosidad. Así, los tres faroles de rodillas, con previo cambio y muy templados, no merecieron más que un tibio olé, cuando en un novillero hubieran hecho desmelenarse al más aburrido de los “sabios”.

Vinieron a continuación dos pares al quiebro en los medios. El segundo no se me olvidará nunca, por la magnífica ejecución: en cámara lenta y saliendo con garbo del embroque. Cerró Zapata el tercio con un par de jaras al violín y sesgando hacia tablas.

Parecía que el astado se dejaba, que tenía poco fuelle, pero se dejaba…

Después de un cambio de manos por delante, El Zapata comenzó a torear con sello, como para acallar a los cursis que le reprochan –absurdamente- que no tiene arte.

Ahí quedan los derechazos suaves, mandones y larguísimos, pero Uriel pensó que sería buena idea rematar una de las tandas con un cambiado por la espalda, y el morito lo cogió y lo caló fuerte. Con el tabaco a cuestas (veinticinco centímetros en la cara interna del muslo izquierdo), a punto de desvanecerse, el torero non desgranó más y mejores muletazos por el mismo pitón, rematando las series con desdenes viendo al tendido. Rechazando las súplicas de cuadrilla y alternantes para que se fuera rumbo al hule, Uriel Moreno se tiró a matar en corto y por derecho, como preconizaba el maestro Rafael Ortega (no el de Apizaco, sino el de La Isla de San Fernando) y tumbó al toro sin puntilla. La autoridad le concedió dos orejas de mucho peso y Zapata se fue a la enfermería ayudado por sus peones, oyendo el coro mágico de: ¡Torero, torero!

Ver torear a Fermín Rivera es siempre un placer. Pocos tienen el porte y la torería del nieto del gran maestro potosino de igual nombre y apellido. Desgraciadamente, volvió a enfrentarse a remedos de toros bravos, y así el triunfo serio es imposible.

No echaremos nunca en saco roto sus chicuelinas, sus cordobinas, sus revoleras, sus saltilleras; sus pases siempre completos, en un palmo, y con la estampa de torero grande. Pero, si tres toros nunca humillan, si saltan como pajaritos al callejón, si nunca repiten, la labor del torero es más ingrata que la de Sísifo. La gente le hubiera dado una oreja del de regalo, por la enjundia y los pasajes de toreo sin trampa ni cartón, pero el manso vendió cara su muerte.

Lo digo y lo repito, Fermín es uno de los toreros más importantes que hay en esta nueva baraja taurina mexicana, tiene madera de ídolo. Un día se las verá con el toro serio y bravo, y ese día la afición y él lo agradecerán en serio.

Visto lo visto en esta corrida, visto lo visto en esta temporada, debemos estar conscientes de que tenemos espadas mexicanos que van, como dice Sureda: “Por los caminos del arte, de la inteligencia y del valor.” Sólo nos han faltado –durante dieciocho tardes- los toros bravos.

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