MÁS SOBRE EL G10.

Cada vez tengo más clara mi postura con respecto al temita de las televisiones y el G10. No es que antes no la tuviera, que desde muchos meses antes de que el tema empezase a ser moda, dejé escrito lo que pensaba.

Es que con el paso del tiempo se van afianzando mis convicciones acerca de una historia que se está convirtiendo en una película en la que hay buenos, malos, y muy malos.

Sigo pensando, aunque cada vez más a contracorriente, que los toreros tienen todo el derecho del mundo a vender su imagen por sí mismos. A que no sean otros los que trapicheen con ella.

Es cierto, y el otro día alguien me rebatía con el argumento no exento de razón, que los toreros ya perciben hoy en día su parte, y que cobran tarifa diferente si la corrida es televisada.

Pero lo hacen en un proceso en el que el empresario hace las veces de intermediario. La conexión entre los toreros –máximos protagonistas del espectáculo- y las televisiones – máximos financiadores del espectáculo- no existe. Por tanto, tiene que ser bueno que esa situación se racionalice. Se modernice. Ahora bien, los toreros no han elegido correctamente ni el momento, ni la estrategia, ni las formas.

No han elegido bien el momento porque el mundo, y España, anda metido en algo llamado crisis que amenaza seriamente algunas cosas, como la Fiesta de los toros, por ejemplo. No era el momento de emprender una lucha que pone en peligro algunas ferias (la de Fallas, por citar una). No han elegido bien la estrategia porque el grupo de los diez toreros más sobresalientes ha emprendido la lucha sin contar aparentemente con los otros doscientos compañeros que, mucho o poco, también tendrán algo que decir. Y no han elegido bien las formas. Porque, por las formas elegidas, al final parece que su lucha es una lucha por la pasta. Y se están convirtiendo en los malos malotes del cuento.

Cuando la gente habla del problema en los corrillos –si es que la gente aún habla de toros en los corrillos cotidianos- sale siempre a relucir el peseterismo de los toreros.

Una consecuencia palpable es, ya, la exclusión de El Juli. A Julián siempre se le han tenido ganas. Es un pedazo de torero, de los más importantes de la historia reciente del toreo, al que empresas y público han maltratado desde que dejó de ser un chiquillo rubio que hacía gracia por su descomunal capacidad.

Y ahora, se le ha tomado como cabeza de turco. Creo las palabras de Roberto Domínguez cuando dice que hay la intención de derribar a El Juli, y espero que esta intención acabe pronto.

Creo firmemente en la necesidad de darle un vuelco a la forma de vender el producto por parte de los toreros, pero hay que hacerlo con mesura y con los pies en el suelo.

Un ejemplo de actitud es la de José Mari Manzanares. Un tío joven y adaptado a las posibilidades técnicas que su tiempo le ofrece. Y que tiene claro que un torero, además de un hombre artista que se juega la vida cada tarde, es también una marca comercial que debe publicitarse bien. Como se publicitó el otro día en la entrega de los premios Casino Antiguo– Porcelanosa, en los que ejerció de agente comercial de sí mismo, y se ganó unos cuantos adeptos.

Ni Julián ni José Mari estarán en Castellón.

Malas noticias para el toreo.

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