QUINTETO DE EXAGERADAS OREJAS EN LA SAN MARCOS.

Otra buena entrada recibió en sus gradas el rancio coso de la otrora calle democracia. La plaza San Marcos es el sitio al que hoy los aficionados quieren ir. El público está sediento de disfrutar la fiesta brava. Tres cuartos del aforo del inmueble se cubrieron por algunos miles de aficionados que vieron como exageradamente los chavales alternantes fueron premiados con orejas.

Los hermanos Rafael y Gabriel Arellano de sus potreros de La Providencia seleccionaron mal un encierro que fue como un amplio catálogo de tipos. Fueron cinco novillos de mala genética –sangre descastadas de Bernaldo de Quirós- (y uno de Ojo de Agua, el tercero) que sin embargo no evitaron que se observaran en el foro arenoso cosas muy toreras de los tres chavales que en esta función se presentaron ante sus paisanos.

Es honesto de cualquier modo acotar que el que cerró plaza manifestó cualidades para salvarlo de la crítica.

Encabezaron el paseíllo Nicolás Gutiérrez (oreja y oreja), Rafael Reynoso (al tercio y oreja) y Diego Emilio (al tercio y dos orejas).

Quieto, inerte se presentó con chicuelinas Nicolás Gutiérrez, prólogo de un trasteo muletero ardoroso, en el que arriesgó, aguantó y templó pases sobre ambos flancos, descifrando aquel novillito descastado que atento estuvo siempre al cuerpo del novel quien mató de espadazo tendido y contrario.

Hizo cuarto un cárdeno de buenas condiciones, acaso tardo, pero que cuando iba se extendía su embestida con clase y el aguascalentense en todo momento animoso nunca desarrolló el compás del toreo que requería la res y solamente se le vieron muletazos valiosos pero desarticulados por demás. Cerró su intervención con una estocada delantera y un descabello. Como seguimiento de una intrascendente acción capotera a Rafael Reynoso se le vio una lucha con la sarga en la que como milagrería extrajo algún pase valioso de un cuadrúpedo indeseable, descastado y de pretensiones desgraciadas, muerto que fue de un descabello luego de tres pinchazos.

Mecidos lances interpretó para corresponder bien a las dulzuras de las embestidas del quinto; y pese a que algo frustró la debilidad mostrada constó en temple de que es dueño el chaval. También buena fue su estocada.

Desvaríos con el engaño rosa antecedieron a tres parezasos de banderillas de Diego Emilio con los que hizo detonar la emoción general. Allá se fue tres veces, al compás de la arrancada para luego entroncarse en sitio de milagro, asomarse al balcón, dejarse tocar con los diamantes la corbatilla y clavar en lo alto; después develó ahínco y deseos muleteros con un utrero realmente convertido en complejo jeroglífico, del cual se deshizo de media estocada tendida y dos descabellos.

A la trágala capoteó el sexto y con salvaje arropón quedó trunco su deseo de lucir con las banderillas. Y se destapó el novillo de la tarde derramando fijeza, nobleza y clase, virtudes doradas que por su verdor de joven no supo dimensionar. Se le paladearon excelentes pases pero estos terriblemente desligados. El espadazo excelente hizo doblar al buen bovino que al desolladero se arrastró sin las orejas.

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