24 julio, 2021

ARRASTRE LENTO.

Qué conmovedor cuanto estimulante espectáculo resulta ver los tendidos de la plaza San Marcos, tal y como sucedió el domingo pasado, colmados de expectantes y animados parroquianos. El colorido y entusiasmo, precedentes a la dramática composición estética, y, ó, a la algarabía del triunfo de los toreros, le da a la función taurina un sabor sin igual, máxime cuando el sol, testigo mudo de las grandes tardes, enciende el escenario con la brillantez de la tonalidad de fiesta y de pasión.

Qué conmovedor cuanto estimulante espectáculo resulta ver los tendidos de la plaza San Marcos, tal y como sucedió el domingo pasado, colmados de expectantes y animados parroquianos. El colorido y entusiasmo, precedentes a la dramática composición estética, y, ó, a la algarabía del triunfo de los toreros, le da a la función taurina un sabor sin igual, máxime cuando el sol, testigo mudo de las grandes tardes, enciende el escenario con la brillantez de la tonalidad de fiesta y de pasión.

Niños, niñas, adolescentes de ambos sexos, jóvenes, adultos y adultas, más los catalogados como residuos humanos incorporados a una hipotética tercera edad, sumados a algunos –pocos por cierto- ancianos en verdad ancianos –casi ninguna anciana– compuso el conglomerado que alegre se dio cita a la San Marcos para ver el desempeño de tres mozalbetes con pasta adivinada de buenos toreros.

Desde luego que no todos los que asistieron al coso pueden ser tenidos como “aficionados” toda vez que, se intuye, muchos de aquellos son eventuales concurrentes en tanto que otros son curiosos o amigos de los novilleros. ¿Cuántos aficionados reales, en verdad aficionados, atestiguaron la luminosa presentación en su tierra de la tercia de tan jovencitos toreros?

Ante la vibrante explosión de entusiasmo que se dejó sentir, no pude sino evocar las grandes entradas que, hace cincuenta años, se registraban en el recoleto circo que, en tanto más viejo, más gratificaciones concede a la memoria latente de los taurinos de corazón.

Evoqué a los aficionados de hace cincuenta años.

La necesidad de explicarme el contexto en el que he vivido como aficionado me sugirió tomarle al pasado el paisaje que fue. No es historia, pero es verdad. Cuando recuerdo a los aficionados de antaño, tanto a los que me presentó la literatura envuelta en aromas de romanticismo poético, como a los que en realidad conocí y traté, los incorporo a un escenario donde el estremecimiento que sentían, inclinado hacia sensación de lástima, viendo la realidad patética de los toreros héroes de aquellos años. Subir de rango e incorporarse a la sociedad “respetable” era todo un heroísmo para el torero. Y se lo aplaudía y admiraba el aficionado.

Quién no se conmovería viendo que los harapos era el uniforme de todos los días de los maletillas, y las piernas temblorosas el báculo en el andar de su vida. Se decían descendientes de padres ayunos de lo elemental, laboriosos, pero insuficientes para dar de comer a la familia que, con dolorosas represalias, veía partir al héroe que se trasladaba emprendedor a ninguna parte soñando en alcanzar la gloria del toreo.

Salía a la calle: pantalones rotos, camisa sin botones, liada a la cintura que cual rama quebradiza en la esbeltez de la miseria, pálido el rostro, acusando con la mirada de los ojos vidriosos el voraz deseo y apetito del pan duro que los consumía.

Sin perder la vertical que enhiesta la dignidad y el orgullo, saliéndoles el mechón alisado con saliva debajo de una boina descolorida, y andando sin poder esconder los dedos curiosos que asomaban por entre los agujeros de los tenis remendados no sé cuántas veces, le presumían a la gachí aquella las glorias anticipadas de sus sueños.

Los aficionados, en directa relación con el drama existencial de esos grandes soñadores, completaban la coreografía mostrándose magnánimos en sentimientos piadosos pero parcos en el auxilio material a no ser brindarle algo que engañara los dolores del alma y los perrunos bocados del hambre.

Esos eran los aficionados de ayer, en realidad de muchos ayeres. Hoy, las condiciones son otras tanto para toreros como para aficionados. El romance se está escribiendo en otro abecedario.

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