27 julio, 2021

LOS NOVILLEROS SIN PERSONALIDAD NO PUEDEN DESAFIAR LA SENSATEZ PUES SE LES MIRA CON BURLONA ESTIMA.

ARRASTRE LENTO… Reconocerlo no es ninguna novedad. Con suma frecuencia el aficionado se encuentra con la insana oportunidad, no deseada tal vez, sino de odiar, por lo menos de criticar a los toreros. Estoy en lo cierto si afirmo que el aficionado común ha experimentado, ante determinados toreros, algún tipo de complacencia cuando éstos sufren y padecen las consecuencias y los castigos de los resultados negativos, generalmente atribuibles a los perdedores.

ARRASTRE LENTO… Reconocerlo no es ninguna novedad. Con suma frecuencia el aficionado se encuentra con la insana oportunidad, no deseada tal vez, sino de odiar, por lo menos de criticar a los toreros. Estoy en lo cierto si afirmo que el aficionado común ha experimentado, ante determinados toreros, algún tipo de complacencia cuando éstos sufren y padecen las consecuencias y los castigos de los resultados negativos, generalmente atribuibles a los perdedores.

Ello sucede, por lo regular, cuando un torero, habiendo despertado ilusiones, no logra satisfacer las expectativas creadas. En consecuencia, las manifestaciones individuales y colectivas se expresan en sentido contrario: ¡los aplausos se tornan abucheos, y el reconocimiento en indiferencia!

Lo vimos el domingo pasado en la San Marcos: la postura altanera de un novillero, desafiando la sensatez, originó que la creciente pérdida de su pretendida grandeza se convirtiera en burlona estima.

En lo particular lo siento por él toda vez que no fue capaz de justificar el despilfarro de los adjetivos laudatorios que le antecedieron a su casi catastrófica reaparición en Aguascalientes.

Pero para quienes tienen sensibilidad torera fue una verdadera gala admirar –también el domingo pasado- la chispeante policromía expuesta en los añejos tendidos de la plaza, ocupados –faltándoles casi nada en sol- a su máxima capacidad. El centenario coliseo, verdadera reliquia con alma de pueblo, registró una entrada que si bien no fue tumultuaria ni desbordada, mucho menos desordenada, ha sido asombrosa para una novillada sin perfiles de extraordinaria.

Extasiado en el divertimiento, y embebido en el magnífico espectáculo del “lleno” en los tendidos, me dejé embelesar por ese rumor que cae como cascada desde lo alto del graderío cuando se abre espacio en el duro concreto de la esperanza. Estaba seguro que podría contemplar imágenes que por su contenido suelen ir de la mano con la exigencia ideal de ver en el ruedo lo que de sorprendente y deslumbrante tiene el toreo.

¡No hubo “suerte”! Y por añadidura no se cortaron orejas.

¡Hay pobre de la “suerte”! Cuánto la mal entienden.

Después de ver la disposición de los toreros me quedó claro que la “suerte”, sobre todo la ¡buena!, no es una institución de seguros para toreros incompletos, inmaduros, débiles, inseguros, y necesitados de apoyos. Al final de la función se consagró en el templo de mis ideas aquella que afirma que la “buena suerte” se implica mutuamente con el deseo de los toreros desde el principio de su concepción. Confirmé que sólo el torero es capaz de ser coautor de su “buena suerte”.

Así mismo tiempo comprendí que, como cuando lo reflexioné tardíamente alguna vez vistiendo el flamante y luminoso terno de luces, la “buena suerte” en el ruedo no siempre está a la vera de una devota plegaria.

Si lo sospechaba ayer, ahora estoy convencido: el destino, haciendo a un lado el protocolo fantasioso de la suerte, sigue fielmente la dirección de los acontecimientos que el torero, bajo la escrupulosa guía del espíritu, es capaz de trazar en el mapa de sus deseos –del torero- entendidos éstos como los únicos actos espirituales que logran dar definición a la arquitectura personal del torero mismo.

¿Y la mala “suerte”? Mala “suerte” fue para los extraordinarios novillos toros pues fueron lidiados por muchachos que no encontraron la manera de entrar en armonía con sus notables virtudes.

Ahora entiendo que la gloria sólo se alcanza mediante la correlación de causas: la colaboración e identificación activa con los sueños. Y soñar no siempre es cuestión de “suerte”.

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