20 septiembre, 2021

¡VENGA, AL AGUA, ES LA HORA!

-¡Venga, al agua, es la hora!-
El fiel mozo de espadas lo dice. Es hora de iniciar el ritual para vestir de luces, el joven novillero pega el salto de la cama para dirigirse a la regadera, la cuenta regresiva avanza y no hay vuelta atrás, el miedo le invade pero la ilusión supera al temor de la incertidumbre. El baño en el cuarto del hotel es amplio, de lujo, la ocasión lo amerita, es la presentación en la plaza más importante y grande que ha pisado, las de trancas han quedado en el pasado, grande la responsabilidad, grandes los sueños, grande la esperanza pero corta la preparación, mal común entre los maletillas sin contactos, sin padrinos.

-¡Venga, al agua, es la hora!-
El fiel mozo de espadas lo dice. Es hora de iniciar el ritual para vestir de luces, el joven novillero pega el salto de la cama para dirigirse a la regadera, la cuenta regresiva avanza y no hay vuelta atrás, el miedo le invade pero la ilusión supera al temor de la incertidumbre. El baño en el cuarto del hotel es amplio, de lujo, la ocasión lo amerita, es la presentación en la plaza más importante y grande que ha pisado, las de trancas han quedado en el pasado, grande la responsabilidad, grandes los sueños, grande la esperanza pero corta la preparación, mal común entre los maletillas sin contactos, sin padrinos. Casi sin esperanza de verse en carteles importantes, sabe a la perfección que de esta tarde depende su futuro, la suerte le tenía deparada la sorpresa que fuera incluido en esa tarde gracias a que quienes lo habían visto en un tentadero lo recomendaran, era hoy o nunca.

La liturgia de calzarse el desteñido azul y oro fue en silencio, si acaso el reclamo de quien le ayudaba para un… “…estira la pierna, la media esta arrugada”, o alguna palabra de aliento… “…tranquilo, sal a hacer solamente lo que sabes”. Rito siempre llevado con respeto, quien se viste esta por jugarse la vida, peccata minuta, el físico es lo de menos, los demonios del fracaso llevan siempre la delantera y no se escabullen hasta que el último de la tarde recibe el cachetazo final. No hay temor más grande que el del naufragio personal, que las ilusiones acariciadas por meses y meses se hundan y toquen un fondo tan profundo que lo anclan en el espantoso y oscuro anonimato del cual es casi imposible salir.

Primero las medias, el calzón torero solo es para otros, los humildes lo usan hasta que el éxito les acompaña, luego la taleguilla, después la camisa y enseguida la corta y pequeña coletita natural donde se asegura la coleta o añadido, mientras el joven abrocha los tirantes a los botones de la mencionada taleguilla. El mozo de espadas, por lo general un amigo de confianza, jala y dobla la punta de las medias y acerca las zapatillas, apretados los machos hasta donde se soporta la presión, se flexionan las piernas tratando de que el vestido quede montado sin estorbos a las extremidades inferiores, momento para que la faja enrede la cintura, el corbatín se anuda, el chaleco queda listo y así, antes que la casaca quede sobre sus hombros, la veladora se enciende para orar, para pedir que la luz de las alturas llegue y el entrenamiento y preparación anterior sean lo suficiente para salir avante. Al escucharse el… ¡suerte!, la casaquilla queda en su lugar y la habitación en silencio, el aspirante a figura se larga a encontrarse con su destino, la hora se acerca.

Sobre la plaza caen los rayos de un ardiente sol, aromas miles, los habanos, las femeniles fragancias, las delicadas emanaciones que desprenden los claveles que en las manos de guapas mujeres esperan el momento para caer a los pies de los triunfadores. El patio de cuadrillas comienza a poblarse, sedas multicolores aderezadas en oro y plata visitan la capilla, los subalternos platican y contrastan con la seriedad de tres jóvenes que agradecen la buenaventura que les desean quienes se dirigen al callejón. Los clarines, bien llamados “del miedo”, retumban por el aire, convocan y emplazan, literalmente, a zafarrancho de combate, a buscar el triunfo es una constante batalla por alcanzar la cima con la que se sueña, disputa que por lo general es con uno mismo, los nervios y la presión sanguínea a tope, el nivel bajara conforme pase el tiempo, el deseo de entrar en acción acelera la adrenalina, más de uno recapitula sobre sus deseos de volver a estar atrás del burladero de matadores para esperar su turno. Por increíble que pueda parecer después del primer capotazo todo vuelve a la normalidad, ya está haciéndose lo deseado, lo buscado, no hay vuelta atrás, lances, quites, banderillas, aciertos y errores, maromas, inclusive heridas, graves, leves y hasta funestas, es el riesgo y se toma con responsabilidad, en esto a nadie se le engaña, sin embargo hay un pensamiento… “La juventud prefiere ser estimulada a ser instruida”.

La tarde transcurre con altibajos, los participantes muestran su verdor y los aficionados lo comprenden, los ovacionan y animan, ellos perciben que el toreo es una profesión de resistencia, jamás de velocidad, imposible es avanzar sin preparación, un circulo vicioso, para ser programado por las empresas grandes que solicitan se haya actuado anteriormente en una similar, un circulo vicioso y sin embargo la lucha por lograr un sitio en plazas de cierta categoría es encarnizada, es constante. Es desgastante a pesar que las ilusiones son el principal motor de los que inician el camino. El festejo termina sin mayor suerte para los muchachos, los astados, por cierto de buena procedencia y buenos en general, fueron mucho para ellos que sin la debida preparación tuvieron que aceptar ser programados, oportunidad como un clavo ardiente, la artificial e inexacta esperanza del triunfo les volvió a la realidad, la falta de formación pone a todos en su lugar, esta vez no fue la excepción y hubieron de retornar a sus respectivas habitaciones rumiando su coraje, su disgusto, su desilusión, y conociendo que al despertar a la mañana siguiente tendrían que recomenzar el camino, el toreo es de resistencia, no de velocidad y no basta solamente tener ganas, en esto, ya lo decíamos en un principio, no hay mañana, es hoy o nunca, el tiempo no perdona, ojala supieran reconocer el tiempo para aceptar ser protagonista de empresas mayores, en el toreo no las hay “menores”. La pólvora no luce si se gasta en infiernitos, por lo tanto es que debemos ver a los jóvenes, no como botellas vacías que hay que llenar, sino como velas que hay que encender…

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